Claudia Apablaza: «Descubrí que para llegar a esta novela necesitaba alejarme de mí misma»

No quise intelectualizar su deseo, sino ponerlo en acción.

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Claudia Apablaza publicó durante el verano de 2025 La siembra de nubes. La novela, que ha sido publicada en España por Almadía y en Chile por Seix Barral, me sedujo en cuanto la abrí. Sé que Jorge Burón dice que nunca estamos de acuerdo en nada, pero ha resultado que la novela de Apablaza ha sido una de esas excepciones. 

Tengo la suerte de poder charlar con ella en un bar de Carabanchel, de poder compartir una conversación sobre literatura con la autora de libros que han cosechado mucho éxito en Chile como Diario de quedar embarazada o Historia de mi lengua

Qué sugerente ha sido encontrar un libro en el que la política y la historia reciente conviven con naturalidad con la narración del trauma, el desplazamiento del hogar, la crisis de identidad o el cambio climático. La forma en la que Claudia Apablaza consigue que cuestiones aparentemente diferentes conecten con armonía: unos temas terminan por sugerir respuestas sobre los otros y abren camino. Apablaza se atreve a armar un personaje protagonista, Amelia, atrayente desde el primer momento porque es agente de su propio deseo. La imagen del proceso científico de la siembra de nubes y la pregunta de si la producción artificial de soluciones para nuestros problemas conseguirá orientarnos en el camino se quedaron conmigo varias semanas después de leerla. 

A: ¿Cuándo aparece en ti el deseo de escribir? ¿Fue temprano?

C: Es curioso, porque no sé si diría que quería ser escritora. Yo era, sobre todo, muy lectora. Desde muy niña leía muchísimo y escribía también, pero la escritura no estaba relacionada necesariamente al deseo de ser escritora. Al principio la escritura era una especie de plagio: imitaba cuentos que me gustaban, los hacía muy parecidos. Ya hacia los 16 o 17 años escribía mucho, de forma muy visceral. Cuando me fui a Santiago entré en un taller literario, pero tampoco tenía muy claro qué significaba “ser escritora”. Simplemente leía y escribía sin pensar en publicar ni en una carrera literaria.

A: ¿Qué leías en esos años?

C: Principalmente narrativa latinoamericana. Leía mucho a los del Boom: García Márquez, Vargas Llosa, Donoso… Leía por autores: agarraba uno y leía toda su obra. También leía mucha poesía chilena, pero curiosamente no tanta narrativa chilena. Había una especie de plan autoimpuesto: primero leer a Mistral, a Parra, a Lihn, a Teillier, luego a otros, me armaba una cronología,leí a de forma muy rígida. Además, siempre sentí una imposición muy fuerte hacia la lectura: no podía pasar un día sin leer. Iba a librerías de viejo, compraba libros siempre que tenía algo de dinero. A los 14 o 15 años iba a Santiago con una tía y volvía con diez o más libros que me duraban nada.

A: ¿Cuándo aparece entonces la idea de publicar?

C: Mucho después. Primero fue el deseo de leer, luego el deseo de escribir. La idea de “quiero ser escritora” llegó recién a los 21 o 22 años. A los 23 armé mi primer libro de cuentos y empecé a presentarlo a editoriales. Fue difícil: en ese momento en Chile había muy pocas editoriales, no como ahora. Lo presenté a todas las que existían y costó, pero ahí empezó ese proceso a ser más consciente.

A: Desde ese primer libro hasta La siembra de nubes, ¿notas una continuidad temática o un cambio radical?

C: Hay cambios muy grandes de forma. Empecé con el cuento, un género que para mí era muy festivo, muy irónico, el lugar de la risa, de la burla, del sarcasmo. Ese humor no está en mis novelas, lamentablemente veo las novelas con más solemnidad. Luego pasé a lo que llamo “novelas artefacto”: textos híbridos, más extraños, como Diario de las especies, Diario de quedar embarazada o Historia de mi lengua. Son libros fragmentarios, virtuales, muy ligados a blogs, cartas, bitácoras, simulacros de novela, fronterizos.

A: La siembra de nubes parece marcar un giro.

C: Sí, completamente. Es la primera vez que siento que escribo una novela en el sentido más clásico del término. Me tomé mucho tiempo para escribirla y eso fue clave. En mis libros anteriores había una relación muy directa conmigo misma, con mi vida, con mis problemas. Aquí hubo una distancia consciente: nouería que el foco fuera mi vida. Descubrí que para llegar a esta novela necesitaba alejarme de mí misma.

A: ¿Ese distanciamiento te ayudó a encontrar tu escritura?

C: Absolutamente. Siento que aquí encontré la escritura. Durante años di muchas vueltas, tenía miedo, no me daba el tiempo para trabajar los textos. En esta novela me entregué al proceso. Me gusta mucho una idea que atraviesa el libro: todo lo que ocurre antes del viaje, esa preparación, ese tiempo previo que suele quedar fuera de la narrativa.

A: Amelia es un personaje muy singular: agente de su deseo, sin culpa, sin pausa vital.

C: Quise construirla así deliberadamente. Pensé sus vínculos amorosos como distintas emocionalidades: ternura, amor, deseo, compañía. Ella no se limita frente a esas posibilidades. Entiende que eso es parte de su sentido vital. No quise intelectualizar su deseo, sino ponerlo en acción. Que el discurso apareciera a través de lo que hace, no de lo que piensa.

A: Además, el deseo convive con una vida intelectual y familiar muy rica.

C: Eso me interesaba mucho. Amelia, el personaje principal, es una mujer intensa, que vive al límite, conversa con su abuela, investiga, ama, recuerda intensamente, se droga. Todo está integrado. Es una mujer intensa y porosa, que ha procesado muchas cosas en su vida, y por eso vive estas dos semanas con tanta intensidad y sin culpa, con búsqueda, con deseo.

A: La novela también está atravesada por la memoria familiar y política.

C: En el caso de Amelia era indispensable. Su historia familiar está cruzada por la historia política de Chile. Yo nací en dictadura y para nosotros la memoria es un tema central. La memoria política nos cruza, nos atraviesa, nos identifica. Nuestra memoria familiar y afectiva está atravesada por nuestra memoria política. Todos tenemos historias de exilio, tortura, silencios. Como chilena, no puedo obviar eso. La literatura chilena está profundamente anclada a esa memoria.

A: Sin embargo, la novela no se convierte en una novela histórica.

C: No quería eso. No quería que la política se comiera el texto. Me interesaba que estuviera de fondo, integrada, mientras el foco seguía siendo el personaje. Conectar los distintos mundos que atraviesan a una persona: el deseo, la familia, la política, los objetos y la memoria.

A: ¿Cómo nace la idea de la investigación sobre la lluvia?

C: Al principio no quería que Amelia fuera escritora. Pero después quise alejarla de lo literario. Pensé en una científica y empecé a rastrear mi propia historia familiar: mis abuelos se dedicaban a los cultivos y dependían absolutamente de la lluvia. Si no llovía, se veían sumergidos en angustias, problemas económicos y afectivos. La lluvia está en la poética familiar. Luego apareció el cambio climático y la idea de la siembra de nubes como algo profundamente metafórico: ¿podemos fabricar lo esencial?, ¿manipular lo natural?

A: Para terminar, ¿qué papel crees que han tenido las mujeres de tu generación —y las posteriores— en la elaboración de los traumas familiares?

C: Creo que más que generacional es algo de época. La última ola del feminismo marcó un antes y un después. Fue un movimiento colectivo bellísimo que permitió verbalizar traumas que llevábamos siglos cargando en silencio. Mujeres de todas las edades hablando, cantando, denunciando abusos personales y colectivos. Eso transformó las relaciones entre madres e hijas, la forma de narrarnos. Tenemos la responsabilidad de mantener ese legado y transmitirlo.

A: Hay algo muy luminoso en ese cierre.

C: Sí, pese a todo, es profundamente esperanzador.

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Claudia Apablaza: «Descubrí que para llegar a esta novela necesitaba alejarme de mí misma»
No quise intelectualizar su deseo, sino ponerlo en acción.
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Claudia Apablaza publicó durante el verano de 2025 La siembra de nubes. La novela, que ha sido publicada en España por Almadía y en Chile por Seix Barral, me sedujo en cuanto la abrí. Sé que Jorge Burón dice que nunca estamos de acuerdo en nada, pero ha resultado que la novela de Apablaza ha sido una de esas excepciones. 

Tengo la suerte de poder charlar con ella en un bar de Carabanchel, de poder compartir una conversación sobre literatura con la autora de libros que han cosechado mucho éxito en Chile como Diario de quedar embarazada o Historia de mi lengua

Qué sugerente ha sido encontrar un libro en el que la política y la historia reciente conviven con naturalidad con la narración del trauma, el desplazamiento del hogar, la crisis de identidad o el cambio climático. La forma en la que Claudia Apablaza consigue que cuestiones aparentemente diferentes conecten con armonía: unos temas terminan por sugerir respuestas sobre los otros y abren camino. Apablaza se atreve a armar un personaje protagonista, Amelia, atrayente desde el primer momento porque es agente de su propio deseo. La imagen del proceso científico de la siembra de nubes y la pregunta de si la producción artificial de soluciones para nuestros problemas conseguirá orientarnos en el camino se quedaron conmigo varias semanas después de leerla. 

A: ¿Cuándo aparece en ti el deseo de escribir? ¿Fue temprano?

C: Es curioso, porque no sé si diría que quería ser escritora. Yo era, sobre todo, muy lectora. Desde muy niña leía muchísimo y escribía también, pero la escritura no estaba relacionada necesariamente al deseo de ser escritora. Al principio la escritura era una especie de plagio: imitaba cuentos que me gustaban, los hacía muy parecidos. Ya hacia los 16 o 17 años escribía mucho, de forma muy visceral. Cuando me fui a Santiago entré en un taller literario, pero tampoco tenía muy claro qué significaba “ser escritora”. Simplemente leía y escribía sin pensar en publicar ni en una carrera literaria.

A: ¿Qué leías en esos años?

C: Principalmente narrativa latinoamericana. Leía mucho a los del Boom: García Márquez, Vargas Llosa, Donoso… Leía por autores: agarraba uno y leía toda su obra. También leía mucha poesía chilena, pero curiosamente no tanta narrativa chilena. Había una especie de plan autoimpuesto: primero leer a Mistral, a Parra, a Lihn, a Teillier, luego a otros, me armaba una cronología,leí a de forma muy rígida. Además, siempre sentí una imposición muy fuerte hacia la lectura: no podía pasar un día sin leer. Iba a librerías de viejo, compraba libros siempre que tenía algo de dinero. A los 14 o 15 años iba a Santiago con una tía y volvía con diez o más libros que me duraban nada.

A: ¿Cuándo aparece entonces la idea de publicar?

C: Mucho después. Primero fue el deseo de leer, luego el deseo de escribir. La idea de “quiero ser escritora” llegó recién a los 21 o 22 años. A los 23 armé mi primer libro de cuentos y empecé a presentarlo a editoriales. Fue difícil: en ese momento en Chile había muy pocas editoriales, no como ahora. Lo presenté a todas las que existían y costó, pero ahí empezó ese proceso a ser más consciente.

A: Desde ese primer libro hasta La siembra de nubes, ¿notas una continuidad temática o un cambio radical?

C: Hay cambios muy grandes de forma. Empecé con el cuento, un género que para mí era muy festivo, muy irónico, el lugar de la risa, de la burla, del sarcasmo. Ese humor no está en mis novelas, lamentablemente veo las novelas con más solemnidad. Luego pasé a lo que llamo “novelas artefacto”: textos híbridos, más extraños, como Diario de las especies, Diario de quedar embarazada o Historia de mi lengua. Son libros fragmentarios, virtuales, muy ligados a blogs, cartas, bitácoras, simulacros de novela, fronterizos.

A: La siembra de nubes parece marcar un giro.

C: Sí, completamente. Es la primera vez que siento que escribo una novela en el sentido más clásico del término. Me tomé mucho tiempo para escribirla y eso fue clave. En mis libros anteriores había una relación muy directa conmigo misma, con mi vida, con mis problemas. Aquí hubo una distancia consciente: nouería que el foco fuera mi vida. Descubrí que para llegar a esta novela necesitaba alejarme de mí misma.

A: ¿Ese distanciamiento te ayudó a encontrar tu escritura?

C: Absolutamente. Siento que aquí encontré la escritura. Durante años di muchas vueltas, tenía miedo, no me daba el tiempo para trabajar los textos. En esta novela me entregué al proceso. Me gusta mucho una idea que atraviesa el libro: todo lo que ocurre antes del viaje, esa preparación, ese tiempo previo que suele quedar fuera de la narrativa.

A: Amelia es un personaje muy singular: agente de su deseo, sin culpa, sin pausa vital.

C: Quise construirla así deliberadamente. Pensé sus vínculos amorosos como distintas emocionalidades: ternura, amor, deseo, compañía. Ella no se limita frente a esas posibilidades. Entiende que eso es parte de su sentido vital. No quise intelectualizar su deseo, sino ponerlo en acción. Que el discurso apareciera a través de lo que hace, no de lo que piensa.

A: Además, el deseo convive con una vida intelectual y familiar muy rica.

C: Eso me interesaba mucho. Amelia, el personaje principal, es una mujer intensa, que vive al límite, conversa con su abuela, investiga, ama, recuerda intensamente, se droga. Todo está integrado. Es una mujer intensa y porosa, que ha procesado muchas cosas en su vida, y por eso vive estas dos semanas con tanta intensidad y sin culpa, con búsqueda, con deseo.

A: La novela también está atravesada por la memoria familiar y política.

C: En el caso de Amelia era indispensable. Su historia familiar está cruzada por la historia política de Chile. Yo nací en dictadura y para nosotros la memoria es un tema central. La memoria política nos cruza, nos atraviesa, nos identifica. Nuestra memoria familiar y afectiva está atravesada por nuestra memoria política. Todos tenemos historias de exilio, tortura, silencios. Como chilena, no puedo obviar eso. La literatura chilena está profundamente anclada a esa memoria.

A: Sin embargo, la novela no se convierte en una novela histórica.

C: No quería eso. No quería que la política se comiera el texto. Me interesaba que estuviera de fondo, integrada, mientras el foco seguía siendo el personaje. Conectar los distintos mundos que atraviesan a una persona: el deseo, la familia, la política, los objetos y la memoria.

A: ¿Cómo nace la idea de la investigación sobre la lluvia?

C: Al principio no quería que Amelia fuera escritora. Pero después quise alejarla de lo literario. Pensé en una científica y empecé a rastrear mi propia historia familiar: mis abuelos se dedicaban a los cultivos y dependían absolutamente de la lluvia. Si no llovía, se veían sumergidos en angustias, problemas económicos y afectivos. La lluvia está en la poética familiar. Luego apareció el cambio climático y la idea de la siembra de nubes como algo profundamente metafórico: ¿podemos fabricar lo esencial?, ¿manipular lo natural?

A: Para terminar, ¿qué papel crees que han tenido las mujeres de tu generación —y las posteriores— en la elaboración de los traumas familiares?

C: Creo que más que generacional es algo de época. La última ola del feminismo marcó un antes y un después. Fue un movimiento colectivo bellísimo que permitió verbalizar traumas que llevábamos siglos cargando en silencio. Mujeres de todas las edades hablando, cantando, denunciando abusos personales y colectivos. Eso transformó las relaciones entre madres e hijas, la forma de narrarnos. Tenemos la responsabilidad de mantener ese legado y transmitirlo.

A: Hay algo muy luminoso en ese cierre.

C: Sí, pese a todo, es profundamente esperanzador.

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