Exceso de ternura
Si nos preguntamos por las otras con honestidad y tratamos de conocerlas, quizá la literatura necesitaría menos grandes voces dispuestas a representarnos
17 de marzo 2026
Por Alejandra Arroyo
17 de marzo 2026Si nos preguntamos por las otras con honestidad y tratamos de conocerlas, quizá la literatura necesitaría menos grandes voces dispuestas a representarnos
No tengo claro que el lenguaje se renueve a fuerza de repetición. Me genera muchas dudas la insistencia en términos como ternura, dulzura o cuidados sin contextualizarlos, y me parece que muchas veces se van quedando vacíos de contenido. Terminan por ser útiles solo a un discurso metarreferencial, que nunca sabe muy bien a quién se dirige ni cuál es su intención.
La llamada a no renunciar a la dulzura en contextos de violencia política que hacía Sara Torres en entrevistas llegó hasta el punto de que lamentase la pérdida de la capacidad de lo tierno en la clase obrera: “pensar que la clase trabajadora no tiene acceso a la dulzura es terrible porque la clase trabajadora ha sostenido el mundo con su dulzura y su trabajo. Entonces me sorprende como que sea una pregunta recurrente, porque ¿de verdad creéis que vuestras abuelas, vuestras madres, la gente que trabaja cada día no sostiene el mundo creyendo en la vida?”. Según el DEL, dulzura es afabilidad, bondad y docilidad. Docilidad. Aquí hay que tener mucho cuidado, porque afirmar que la clase trabajadora sostiene el mundo a través de, ya no su capacidad, si no su deseo de poner la otra mejilla es más que reaccionario. Ha sido la fuerza de trabajo de la clase trabajadora la que ha sostenido un orden que no era el suyo, ni para ellos, y no es la cualidad de la obediencia la que históricamente ha mejorado sus condiciones materiales.
No obstante, Rosa María García hacía una lectura de estas palabras mucho más lúcida que la mía solo en un par de tuits:
Es cierto que cuando leemos la palabra cuidados solo como un puñado de sentimientos y no como el trabajo que históricamente han realizado las mujeres (un trabajo de tipo circular, que no deviene en una obra, y que termina siempre para volver a empezar), terminamos por caer en la trampa de la que aparentemente creemos huir.
Añadía Anna Pacheco en sus stories, con motivo del 8M: “por mucha * gracia* que puedan hacer ciertas palabras por sentirlas ya muy usadas, demasiado woke, tendencia, lo que queráis, no desechemos tantas militancias y legados que nos preceden y trascienden y que van más allá de las palabras o los egos, que son praxis. La alternativa es el cinismo, la autocensura, la hipervigilancia paralizante, lo postpostpostirónico, el horror”. Es decir, no desechar la palabra ternura (por ejemplo) a priori, no asumir frivolidad en la forma en la que la autora está utilizando esas palabras en un corte descontextualizado. Pero, ¿es solo el corte? ¿se repiten las palabras dulzura, cuidados, ternura, de un modo también burgués? ¿se han ido vaciando de su contenido?
Me interesa el término obediencia. Es el siguiente que te propone el DEL cuando buscas docilidad. En español no existen los sinónimos absolutos, pero unos términos se encadenan con otros para matizarlos infinitamente. La cadena que elijo seguir yo hoy para escribir este artículo es igual de maleable que otras. Pero obedecer, que hoy en día remite a la sumisión “especialmente en las órdenes regulares, precepto del superior”, etimológicamente significa “escuchar” o “dar oídos”. Que sería bueno escucharnos más está claro, igual que está claro que pedirle siempre al oprimido que siga escuchando y opte por lo dulce, solo nos deja igual que estábamos.
Las herramientas que necesitamos entre iguales para convivir mejor no necesariamente tienen que ser las mismas (o no en la misma proporción) que necesitamos para cambiar nuestras condiciones materiales. Sí, es importante que un adolescente que acaba de descubrir el marxismo-leninismo tenga la capacidad de escuchar a su madre y ser más dulce con ella y no convertirse en una persona insoportable que en cuanto algo no le gusta, amenace con reventarle la puta cara, igual que es importante que entendamos que es el enfado y no otra cosa lo que le va a permitir continuar con su camino militante.
Es importante saber escuchar en una asamblea, por ejemplo. Es importante entender que tus prioridades con 20 y pico no son las mismas que las de una señora mayor que lleva 20 años más que tú peleando y que lo mejor que puedes hacer es aprender algo de ella. Es importante tratar con respeto a las personas con las que te organizas, porque de lo contrario es muy tentador convertirse en alguien que tiene mucho que decirles a los demás sobre lo que tienen que hacer y cómo deben hacerlo, en vez de estar dispuesto a aprender algo de vez en cuando. Cuando la única herramienta que tienes es el enfado y amenazar con pegar, es fácil que sencillamente te conviertas en un estúpido. No pretendo decir que Sara Torres y Juana Dolores estén en la misma trinchera y que tengan que escucharse la una a la otra. No conozco a ninguna de las dos, pero me parece que dulzura y rabia son herramientas necesarias para momentos diferentes.
Al margen de esto, Sara Torres y Juana Dolores representan figuras muy diferentes en el campo literario. Sara Torres no es, efectivamente, la persona más adecuada para echarse a la espalda la representación de la clase trabajadora. Pero no puedo evitar preguntarme por el deseo de representación de un autor sobre todo un colectivo, esté más legitimado o menos para hacerlo, en base a su situación real. Cuando alguien escribe, ¿no es precisamente porque quiere evitar que hablen por él? Juana Dolores puede tener unas condiciones materiales (no las conozco) con mayor legitimidad para representar a las autoras de clase obrera. ¿Las autoras de clase obrera deseamos que nos represente alguien acaso? Aunque en este punto es cierto lo que me señala Paloma González: “la definición de ser una autora de clase obrera es, seguramente, que cuando llego a casa no tengo fuerzas para hacer nada”.
Juana Dolores publicó en 2020 un poemario que acaba de sacar traducido al español, nada menos que La uÑa RoTa, con el título Bisutería. La autora y militante entra en el campo español literario por la puerta grande para, en pleno momento de promoción del libro, detenerse un segundo para amenazar con reventar la puta cara a Sara Torres, por haber hablado de la dulzura en la clase obrera. Es curioso, además, que alguien que acaba de entrar en el campo literario español y que, una vez más, nos hace preguntarnos si su libro se edita por el peso de su figura pública o por su calidad literaria, tenga después el valor de preguntar si existen lesbianas escritoras de clase obrera en el mismo campo en el que acaba de presentarse. Puedo reconocer lo reaccionario de las declaraciones de Sara Torres igual que no puedo evitar preguntarme si el fin al que sirve amenazar a alguien con el lugar que ostenta Torres en el campo literario, no obedece tanto a un fin militante como al marketing. Estos días me venía a la cabeza aquel momento en el que Federico Jiménez Losantos no paraba de atacar a Iñaki Gabilondo con el objetivo de mejorar su propia audiencia.
Por otra parte, analizar las condiciones materiales de un autor antes de publicar un libro resulta complicado. Puedes estar pasándolo fatal para pagar el alquiler de una habitación enana y sin luz pero tener un gran número de seguidores de Instagram que llaman la atención de un grupo editorial, por ejemplo. Existe, además, algo llamado vergüenza de clase, que hace que muchas veces sea endiabladamente difícil saber con quién hablamos.
Por eso creo que hay que ser prudente antes de convencernos de que sabemos cómo es la vida de aquellos a los que no conocemos de nada. Los estudios culturales y la crítica postcolonial hicieron su trabajo, sí, un trabajo imprescindible para que nos planteásemos si acaso el subalterno podía hablar. A ver de qué vas a hablar cuando te estás muriendo de hambre, o a ver de qué vas a hablar cuando te echan de tu casa. Escribes en el móvil (la que pueda), en el autobús (la que pueda). Así que sí, estamos constreñidas a nuestras condiciones materiales. Menudo descubrimiento.
Lo que me pregunto es si la deriva de lenguajes vacíos no depende tanto de las palabras concretas que repetimos, sino del fin con que las usamos. Me da igual que sea el lenguaje de los cuidados o el de la militancia. Además, otro punto que podríamos considerar es que los lugares de enunciación, que pueden llegar a legitimar la veracidad u honestidad desde la que nos aproximamos a un tema, no garantizan nuestra calidad literaria. Por supuesto que es más difícil llegar a publicar un libro con todo en contra, pero eso no garantiza que hayas publicado un buen libro. Puede ser un libro flojo, mediocre, incluso pésimo, que se ha publicado por motivos de lo más variopinto. Una pregunta que también debemos hacernos es a cuántas personas dejan las editoriales sin responder durante meses, incluso años, para darle prioridad a la celebridad de turno.
La rabia y el enfado no sólo son importantes, son absolutamente necesarios. Pero me temo que si son las únicas herramientas que tenemos, terminaremos por ser menos amables con las trabajadoras de las librerías a las que vamos a presentar nuestros libros, o dejaremos de escuchar a aquellos a los que decimos dar altavoz.
Tampoco tenemos por qué saberlo todo y además, sí, estamos cansadas. Las trampas elitistas del mundo de la cultura ya las conocemos. Pero, ¿no hay en la pregunta de si acaso existen escritoras lesbianas además de Sara Torres cierto deje de soberbia?
Las hay. A veces hay que pararse a hablar con ellas para saber de dónde vienen. A veces una tiene prejuicios sobre alguien y cuando se para a conocerlo descubre un punto de partida más complicado que el que imaginó. A veces es al revés.
No me importa que estemos de acuerdo con Sara Torres, con Juana Dolores o con ninguna de ellas, no es el punto. Pero sí que hay que estar muy ciego para no ver qué grandísima parte del campo literario español actual está sustentado por ellas. Recordaba estos días la maravillosa antología elaborada por Marta López Villar para la editorial Bartleby en 2016 en la que 29 poetas que escribieron de 1980 a 2016 demostraban la altísima calidad literaria de unas poetas que para muchos críticos del momento ni siquiera existían. Solo por eso quería mencionar hoy a algunas de ellas, no porque tengan que estar de acuerdo con este artículo, ni muchísimo menos.
Sara Abad Reguera
Lara Alonso
Aurora H. Camero
Paula C. Chang
Sofía Crespo
María de la Cruz
Elizabeth Duval
Déborah García
Sara A. Garrido
Aida González Rossi
Paloma González
Tania López García
Carla Lora López
Carla Lora Pérez
Paula Melchor
Nerea Magdalena
Violeta Niebla
Lupe Pinar
Nadia Risueño
Laura Rodríguez Díaz
Amaya Sánchez
Brigitte Vasallo
Quizá escribir tenga algo que ver con resistirse a la representación ajena. Y, si es así, flaco favor nos hacemos cuando disfrutamos de nuestros propios escenarios de enunciación (presentaciones, talleres, eventos literarios) pero evitamos acercarnos a los de las demás. No se trata de negar la enunciación individual, sino de evitar que la voz propia sustituya a otra. Estos lugares son susceptibles de servir solamente a la afirmación individual. Si nos preguntamos por las otras con honestidad y tratamos de conocerlas, quizá la literatura necesitaría menos grandes voces dispuestas a representarnos. ¿Lo colectivo se construye cuando una voz habla por el resto, o cuando esas voces están dispuestas a reconocerse entre sí?
Un agradecimiento especial a Tania López García, Paloma González y Nadia Risueño por sus comentarios al artículo.
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