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León XIV Drop 1: Una guía de lectura para 'Magnifica Humanitas'
En la encíclica, el límite representa todo aquello que nos hace falibles (humanos). El ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite.
1 de junio 2026
En la encíclica, el límite representa todo aquello que nos hace falibles (humanos). El ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite.
El papa León XIV nos sorprendía el lunes con la publicación de su primera encíclica, Magnifica Humanitas. Después de las célebres Laudato si’ (2015) y Fratelli Tutti (2020) del papa Francisco, el líder actual de la Iglesia Católica presentaba su primera carta pastoral larga. Me la envía Laura un mensaje: “empieza fuerte esta vaina”.
Según la ONG Manos Unidas, una encíclica es “es una carta solemne sobre asuntos de la Iglesia o determinados puntos de la doctrina católica, dirigida por el Papa a los obispos y fieles católicos de todo el mundo”. Es decir, en principio, un texto que no pretende tener interlocutores más allá de la comunidad católica. El mismo lunes de madrugada, Fer y yo nos pasábamos tuits como locos de la conversación entre agnósticos, ateos y creyentes que tenía lugar en las redes sociales.
He leído otras quejas en Internet, especialmente a mi punto favorito de la encíclica, el 25. Algunos dicen que Cristo no aparece lo suficiente, otros que abraza una postura excesivamente relativista. Llama la atención también la decisión de invitar al acto de presentación del texcto a Christopher Olah, cofundador de Anthropic.
Me pongo de fondo a Cameron Winter para seguir. Avanza la noche y Fer y yo seguimos enviándonos tuits que comentan la encíclica como locos. Le digo a Manuel que estoy entusiasmada leyendo el texto y leyendo lo que se va comentando en X. Sorprende, claro, la velocidad con la que algunos hacen análisis definitivos la primera noche sobre un texto más de 45.000 palabras. Mientras escribo esta línea el miércoles por la noche, el análisis se ha dado completamente la vuelta y algunos ya proponen que la encíclica ha sido íntegramente escrita mediante IA. He contado 3 erratas en el texto y me atrevo a decir (sin ser ninguna autoridad en la materia) que es rotundamente falso. Creo que está escrito con verdadera pasión humana.
Empiezo leyendo con entusiasmo los primeros puntos de la encíclica, que empieza con dos imágenes bíblicas que ilustrarán todo lo que vendrá después. La construcción de la torre de Babel (cf. Gn 11,1-9) sirve para ejemplificar el peor de los caminos en los que puede desembocar el momento presente y la influencia de la IA: “Cuando la ciudad se edifica sobre el orgullo y la pretensión de bastarse a sí misma, la comunicación se rompe, las lenguas se confunden y los seres humanos ya no se comprenden. El resultado no es la unidad, sino la dispersión”.
El contrapunto de Prevost es la reconstrucción de los muros de Jerusalén (cf. Ne 2-6): “El relato muestra cómo la ciudad renace no gracias a la iniciativa de una sola persona, sino a través de la responsabilidad compartida de todo el pueblo: sacerdotes, artesanos, jefes de familia, mujeres y jóvenes”.
Si antes comentaba que hay quienes consideran que la primera encíclica de León XIV adolece de imaginario cristiano, estoy segura de que se equivocan con mucho: la exégesis bíblica es el punto desde el que parte todo el análisis posterior. De esta forma se incorpora la calidez en la argumentación de Prevost. La disección impregnada de pasión en el subtexto es, seguramente, uno de los motivos por los que la carta pastoral ha trascendido al diálogo social.
Una guía de lectura
19 al 45: El papa León XIV comienza su texto realizando un repaso por la evolución del papel social de la Iglesia en diferentes momentos históricos. Resume varias encíclicas clave de sus predecesores y observa de qué forma dialogan entre sí o cómo ha ido cambiando el rol de algunos elementos como la caridad y cómo ha sido entendida a lo largo de la historia. Pasa por el Concilio Vaticano II y llega hasta nuestro tiempo con el objetivo de señalar que la carta ha tenido como objeto acercarse a las cuestiones sociales clave de cada momento en el que se producían: “asumiendo los retos de su época e interpretando los cambios históricos a la luz del Evangelio”. Destaca entre estos puntos el 25, que sitúa una novedad esencial para comprender, me parece, el carácter de Prevost: “La comprensión de la verdad como un don que hay que compartir y no como una posesión que hay que reclamar, libera a la Iglesia de la tentación de añorar formas de presencia basadas en el poder”. Y sigue: “lo importante no es, ante todo, ocupar puestos de poder o controlar bastiones culturales, sino iniciar procesos de bien y dejar que maduren; así, la verdad del Evangelio no se impone desde lo alto, sino que crece con el tiempo, en el entretejido concreto de las vidas, las comunidades y las culturas. Es una verdad que no teme a la diversidad, sino que la acoge y la ordena”.
Aparece aquí, entonces, un tratamiento nuevo de la verdad. Prevost no pide caer en el relativismo, como veremos también en otros puntos “lo importante no es, ante todo, ocupar puestos de poder o controlar bastiones culturales, sino iniciar procesos de bien y dejar que maduren; así, la verdad del Evangelio no se impone desde lo alto, sino que crece con el tiempo, en el entretejido concreto de las vidas, las comunidades y las culturas. Es una verdad que no teme a la diversidad, sino que la acoge y la ordena”. Pero pide que esa verdad hacia la que la fe desea dirigirse no se imponga ni se utilice para dominar. Si plantea este tratamiento de la verdad mientras va introduciendo su crítica a la relación histórica de la Iglesia con estructuras de poder, parece que sí hay un posicionamiento, heredero del papado de Francisco pero creo que incluyendo algunos matices que iré analizando.
46 al 85: En estos puntos, Prevost se centra en la definición de lo que debe ser la doctrina social de la Iglesia. Realiza también un recorrido por algunas palabras de sus antecesores poniendo el foco en lo social. La gran cantidad de puntos dedicados a esta cuestión, teniendo en cuenta además, que este análisis se realiza antes de entrar en materia de IA, nos hace ver que al papa le interesa que este sea el punto desde el que partamos para entender todo lo que va a decir a continuación. Le importa que su análisis no esté alejado del mundo, que esté inmerso en las intermitencias de aquello que contempla y describe. Prevost desea dejar claro en todo momento que no está siendo un intelectual “de escritorio” y que el análisis intelectual y la realidad social pueden estar perfectamente equilibrados. En esta declaración de principios resulta complicado no pensar en sus dos predecesores: Joseph Ratzinger, considerado por muchos como el mejor teólogo de su tiempo. Bergoglio, en cambio, con una faceta social y comunicativa mucho más desarrollada que la intelectual. Pareciera que en Magnifica Humanitas, León XIV también estuviera tratando de decirnos que él quiere ser ambas cosas y que no desea privilegiar el análisis intelectual sin acompañarlo de una mirada social potente. Las referencias a la teología de la liberación o a una mirada de corte más jesuítica sobre el sacerdocio empujan el subtexto, que comienza (con gran acierto, me parece), explicando que la mirada social de la fe es esencial, precisamente porque: “el ser humano está llamado a la comunión con Dios y «no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo»”.
“Cuando hablamos de dignidad no siempre usamos la palabra de la misma manera; en ocasiones nos referimos a la dignidad moral, es decir, al modo en el que la persona orienta sus propias decisiones y su propio obrar; otras veces pensamos en la dignidad social, es decir, en las condiciones de vida de la persona y en el respeto concreto que le es reconocido por la sociedad; en otros casos indicamos la dignidad existencial, que alude al modo en el que una persona percibe el valor de sí y de su propia vida. Estas dimensiones de la dignidad pueden crecer o disminuir. Pero más allá de estos significados hay un nivel más profundo, el más importante, que consiste en la dignidad ontológica. Es la dignidad que pertenece a todo ser humano simplemente por el hecho de existir, de haber sido querido, creado y amado por Dios”.
86 al 89: Tres puntos que son oro antes de empezar a hablar por fin de Inteligencia Artificial. En este breve apartado titulado “Un examen para la Iglesia”, León XIV explicitará esa preocupación que ya habíamos intuido antes, centrada en la coherencia de la postulación de principios sobre justicia por parte de una institución, que él lidera, que no siempre ha sido coherente con aquello que postulaba. Es decir, que sabe perfectamente que todo lo anterior no sirve de nada si no se lo aplican: “la escucha de las víctimas de abusos espirituales, económicos, institucionales, sexuales, de poder y de conciencia es parte integrante de un camino de justicia, que comprende el reconocimiento del daño, la reparación justa y la prevención”.
90 al 117: A lo que hemos venido. En estos puntos empieza a suceder lo inesperado: lo que empezaba siendo un texto dirigido a la comunidad católica consigue trascender su propio objeto. Desconozco si León XIV tuvo la intención de que su encíclica se convirtiera en uno de los textos contemporáneos de mayor interés para comprender el papel de la IA, pero según avanza la noche encuentro en X mayor cantidad de agnósticos, creyentes y ateos comentando la carta.
Ocurre también que la crítica del Papa al uso de la IA es perfectamente análoga a una crítica sobre el funcionamiento del mercado: “en muchos casos, en el contexto digital, el control de las plataformas, las infraestructuras, los datos y la capacidad de cálculo no es prerrogativa de los estados, sino de grandes actores económicos y tecnológicos que, de hecho, determinan las condiciones de acceso, las reglas de visibilidad y las mismas posibilidades de participación. Cuando un poder de tal magnitud se concentra en pocas manos, tiende a hacerse opaco y a eludir el control público, y crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades”.
El análisis del ensimismamiento al que conduce la conversación con la IA es de los puntos más necesarios, una continuación perfecta a la Fratelli Tutti del Papa Francisco, en la que abogaba por la necesidad de la amistad en el mundo contemporáneo. «Toda la Ley alcanza su plenitud en un solo precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo»(Ga 5,14). Provost señala: “entonces el riesgo no es tanto que una persona crea que está hablando con otra persona, sino que pierda el deseo mismo de buscar realmente al otro”.
104. Uno de los más relevantes de Magnifica Humanitas: “no podemos considerar a la IA como moralmente neutra. En realidad, todo artefacto técnico lleva consigo decisiones y prioridades: lo que mide, lo que ignora, lo que optimiza y el modo en que clasifica personas y situaciones”. La moral (como ocurre con la ideología) ocurre en el durante, y no tanto en términos maniqueos sino en una pregunta por la dirección y los criterios que mueven los instrumentos que utilizamos en nuestro día a día. De esta manera también nos pide el Papa que no seamos sujetos pasivos de las herramientas que se van poniendo a nuestra disposición y llama a la construcción de criterio y al espíritu crítico.
En toda la encíclica hay, además, una pregunta sobre el progreso. Qué es progresar, cuáles son las implicaciones y consecuencias de los avances técnicos y cuál es el papel de la ética en este punto.
107. “Quien controla la IA impondrá su propia visión moral”. Aquí Prevost pide que no olvidemos que las máquinas están movidas por manos humanas, igual que ocurre con el mercado y su famosa mano invisible, de la que también hablará en los puntos 157, 158, 162 y 163. La IA no es inocente, obedece a los intereses de las manos que las mueven: “No servirá de nada una IA más moral, si esta moral es decidida por unos pocos. Se necesita una política más presente”. No es cuestión de cantidad ni de maniqueísmo, sino de dirección. A lo largo de toda la encíclica se repite con insistencia la idea de que es la política la que debe orientar el progreso técnico y el mercado, y no al revés.
118 al 126: Sobre El límite, el corazón, la grandeza del ser humano. Este apartado comprende los puntos del 118 al 126 del texto, y es una de sus partes más bellas, más centrada en la espiritualidad desde un punto de vista humanista.
Dice Simone Weil en sus Cuadernos: “Comprender (en cada cosa) que hay un límite y que no se lo rebasará , o casi, sin ayuda sobrenatural, y pagando a continuación el precio de un terrible rebajamiento. No olvidarlo en ningún caso”. “Allí donde hay límite, las reacciones compensan a las acciones. Allí donde están «los seres» hay límite”. “De límite no se escapa si no es subiendo hacia la unidad o descendiendo hacia lo ilimitado. El límite es el testimonio de que Dios nos ama”.
En la encíclica, el límite representa todo aquello que nos hace falibles (humanos): “Todo lo que representa un “límite” —incapacidad, enfermedad, ancianidad, sufrimiento, vulnerabilidad— tiende a ser leído principalmente como un defecto que hay que corregir, más que como un espacio en el que el ser humano madura y se abre a la relación. En cambio, debemos recordar que el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite. Una visión de la realidad a la luz de la fe ayuda a reconocer lo que llamamos “contingencia” de las cosas de este mundo”. Lo brillante de este apartado de la encíclica, a mi juicio, es que no se queda en belleza espiritual con la que gozar en oración, sino con que consigue acercar la experiencia de Dios a la realidad social. El límite es el dolor de nuestras vidas, el límite es todo aquello que violenta la fe, pero también aquello susceptible a arrebatarnos nuestra dignidad, porque nuestro límite es susceptible de ser obviado en un sistema capitalista que solo nos quiere productivos. Aquello que nos hace humanos puede también ser el argumento que utilicen otros para despojarnos de nosotros mismos.
120. “Aun cuando el límite se manifiesta como dolor interior, la sensatez humana enseña a no negarlo ni eliminarlo, sino a integrarlo. Para eliminar totalmente el dolor sería necesario, a fin de cuentas, apagar también el amor y el deseo”. Es la incorporación del análisis social y político lo que nos permitirá no idealizar el límite.
Hay en toda la encíclica una máxima que subyace y que se hace especialmente tangible en aquellos puntos dedicados al análisis de la IA y el mercado: “se necesitan leyes justas e instrumentos de redistribución que corrijan los desequilibrios” y también se insiste en los “sistemas fiscales que alivien la carga sobre los más débiles y exijan más a quienes disponen de mayores recursos”. La carta de Prevost critica abiertamente la concentración de riqueza y medios de producción tecnológicos en pocas manos, afirma que la IA no es neutral, critica la estructura económica neoliberal e insiste en la importancia de la política como reguladora del mercado. Un análisis económico que no firmaría un marxista, pero sí un keynesiano.
127 al 130: Cuatro puntos preciosos sobre humanismo cristiano y la gracia. “la tradición cristiana afirma que el ser humano no está encerrado en los límites de la propia naturaleza, sino que está llamado a trascenderse a sí mismo; no para huir de la realidad o despreciar el límite, sino para realizarse en el amor”. Esa realización en el amor nos lleva al Otro. Prevost insiste en estos puntos en la importancia de escapar al ensimismamiento. Lo que garantiza nuestra humanidad es ese error con el que somos descartados en sistemas de productividad.
Ha habido bastantes memes en los que aparecía el papa León XIV como un líder en una cruzada neoludita, pero en realidad hay, en toda la encíclica, una insistencia por encontrar lugares intermedios. La clave está en el cómo: “En este sentido, la verdadera alternativa no está entre el entusiasmo y el miedo, sino entre dos modos de construir: un progreso que sirve a la persona y a los pueblos, o un progreso que los doblega a lógicas de poder”.
131 al 181: En el capítulo cuarto de su encíclica, Prevost se ocupa de cuestiones como la democracia, el rol de la escuela en sociedad, el trabajo y llego hasta el 165. A estas alturas estoy entusiasmada: discurso pastoral potente, crítica social, análisis del campo contemporáneo con un rigor inesperado, notas místicas bellísimas, anticapitalismo moderado. ¿Pero qué pasa con el colectivo LGTBIQ+? El papa Francisco hizo algunas incursiones prudentes, pero muy bien intencionadas en esta cuestión, sobre todo exponiéndose a la conversación por fin (como en el documental de Disney+).
En el punto 165, Prevost define la familia: “Fundada en la unión estable entre un hombre y una mujer”. Si nos detenemos a leer el punto entero, hay una intención clara de realizar esta definición. Lo que sabemos es que el papa todavía no se ha posicionado con respecto a las bendiciones de parejas del colectivo, que sí fueron promovidas durante el pontificado del papa Francisco.
Me temo que aquí el papa León va peor encaminado que su antecesor. El entusiasmo que me despierta el resto del texto me lleva a querer saltarme esta cuestión y disculparle, pero creo que no debo.
Sí que creo que hay a lo largo de la encíclica un tono en el que la Iglesia se presenta por primera vez en mucho tiempo como una institución responsable de su autocrítica (insiste en el punto 138) y que debe escuchar para crecer. Precisamente si existe esta inclinación deben hacerse las críticas (en mi caso, como cristiana) para procurar que podamos seguir avanzando. Hay ideas brillantes en Magnifica Humanitas que no deben hacernos olvidar la plancha que todavía le queda a la Iglesia católica.
Esta idea vuelve a aparecer en el punto 177, en este caso, hablando de la esclavitud:
“Si no queremos pedir perdón en el futuro por no haber sido fieles al tesoro de la dignidad humana que contiene nuestra fe, hoy nos corresponde ser directos y firmes a la hora de denunciar la trata en sus múltiples manifestaciones y de apoyar, paso a paso, junto con todos aquellos que se comprometen con esta causa, caminos reales de prevención, protección, liberación y rehabilitación”.
182 al 245: el papa León XIV finaliza su primera encíclica con un capítulo dedicado a la cultural del poder y la civilización del amor, citando a Pablo VI, que en el contexto de la Guerra Fría: “indicaba un camino alternativo a la oposición ideológica entre sistemas, imaginando un orden social en el que la justicia y la caridad se entrelazan y el amor se convierte en principio de organización de la vida económica, política y cultural”.
Continúa Prevost con un llamado antibelicista y una preocupación por la creciente pérdida de memoria histórica que lleva hasta la condena de los extremismos religiosos en el punto 206: “Así, la diversidad del otro se vive cada vez más como una amenaza, alimentando el deseo de posesión, la voluntad de dominio, las ambiciones hegemónicas, los abusos de poder y el miedo a la diferencia, y preparando un terreno en el que pueden madurar nuevos conflictos sin apenas darnos cuenta”.
Aparece también entre estos puntos la cita a Tolkien, en el 213: “Un escritor católico del siglo XX, John Ronald Reuel Tolkien, por boca de uno de los protagonistas de una de sus novelas, describió así nuestra responsabilidad: «No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza»”. Desde aquí, el papa propone cinco elementos esenciales para la construcción de la llamada civilización del amor: “desarmar las palabras, construir la paz en la justicia, asumir la mirada de las víctimas, cultivar un sano realismo y relanzar el diálogo y el multilateralismo”. Termina por tanto con una propuesta de futuro, que pasa necesariamente por la autocrítica, la humildad y la empatía.
214. Un matiz sobre la paz, palabra desgastada hasta el extremo y convertida en una masa informe: “De hecho, no buscamos una paz cualquiera, una ausencia de conflicto a cualquier precio, sino esa paz verdadera que nace de la justicia”. Lo seguirá matizando en el punto 216: “Cuando nos enfrentamos a bombardeos contra civiles, a ataques contra hospitales, escuelas o infraestructuras vitales, a abusos que afectan a los niños, nos encontramos ante escándalos que hieren a la humanidad misma. Por eso no podemos quedarnos a nivel de análisis abstractos”.
En el punto 233 de las conclusiones aparece un pasaje que me parece el centro mismo del espíritu de la encíclica:
“La dignidad que el Espíritu Santo esculpe en cada uno de nosotros se reconoce también en la capacidad de reflexionar críticamente, de elegir y amar gratuitamente, y de establecer relaciones auténticas”.
Han pasado unos días y la Magnifica Humanitas sigue viva en Internet. Veo en stories las primeras fotos del texto editado en la Feria del Libro de Madrid. Me pregunto si se convertirá en la encíclica más vendida de la historia. Este texto se publica, para los tiempos que corren, tarde. Deseando que podamos seguir siendo críticos también con aquello que amamos, igual que deseamos ser tratados con menos condescendencia. Y seguir escribiendo textos tarde.
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