Libros

En la Feria del Libro con Pablo García Casado

Para mí podía ser más importante una canción de Juan Perro o de Golpes Bajos que 'Las soledades' de Góngora.

18 de junio 2026 · 2 comentarios


Es su primera vez en la Feria del Libro de Madrid. Casi treinta años después de la publicación de Las afueras, charlamos con Pablo García Casado (Córdoba, 1972) sobre la ambición en poesía, los materiales que llevamos al poema, la necesidad de salir de nosotros mismos para escribir o los caminos que explora la poesía española reciente. 


Ha venido a firmar Cada uno es mucha gente, su último poemario, que ha sido galardonado con el Premio de la Crítica de 2025. No son tan importantes los premios como la ilusión de niño por seguir escribiendo, por seguir encontrando materiales nuevos para traer a este «campo de juegos» nuestro, como él lo llama. 


Hemos quedado después de su firma, es el último finde de la Feria del Libro y está todo a rebosar. Hace muchísimo calor, pero encontramos una mesa de ajedrez en el parque, al lado del ir y venir de gente por las casetas, y parece el lugar idóneo para charlar.


A: Hace un momento comentabas que lo que no le perdonas a la poesía es que no sea ambiciosa: ¿a qué te refieres exactamente cuando hablas de ambición en la poesía?

P: A ver, lo que quiero decir es que nuestro negocio es otro. Yo trabajo en la Filmoteca, tengo un empleo público y mi vida resuelta económicamente. No necesito conformar una carrera para vivir de esto. A nosotros, los poetas, se nos exige otra cosa: una ambición estética, una voluntad de mirar hacia otro lugar. Un libro ambicioso es un libro que quiere contar otras cosas y quiere atrapar para la literatura una parte de la realidad y del mundo que antes no estaba en la poesía.

Eso es lo que hace Agustín Fernández Mallo. No voy a decir si es el mejor poeta, porque eso siempre es discutible, pero sí creo que es uno de los poetas relevantes de los últimos veinte o veinticinco años. Porque donde no había nada, él se ha traído a nuestro parque de juegos un montón de cosas.

Ahora mismo, en la antología Un estallido, veo muchas cosas que han llegado ahí porque Agustín ya las había traído antes. Igual que yo pude escribir determinadas cosas en Las afueras o en El mapa de América porque antes Manuel Vázquez Montalbán había escrito poemas como Conchita Piquer. Si en mi último libro he podido escribir un poema sobre Rocío Jurado, quien me está defendiendo por delante es Manuel Vázquez Montalbán. Él me abrió el camino para que yo pudiera escribir ese poema, para que tuviera la prestancia o la vocación de hacerlo.


A: El año que viene se cumplen treinta años de Las afueras. En aquel momento, ¿cómo percibías el debate entre la llamada poesía de la experiencia y la poesía del silencio?

P: Ese discurso era fundamentalmente filológico. Partía de una idea según la cual el principal alimento cultural de un poeta era la literatura española.

Pero quienes empezamos a leer poesía a finales de los años ochenta y principios de los noventa ya vivíamos en un ecosistema cultural mucho más amplio. Leíamos poesía traducida, veíamos cine, escuchábamos música, consumíamos cultura de muy distintos ámbitos. No había una jerarquía cultural.

Los novísimos habían abierto una brecha importante al incorporar referencias culturales que iban más allá de la tradición literaria española. Gracias a ellos, para mí podía ser más importante una canción de Juan Perro o de Golpes Bajos que Las soledades de Góngora. No porque fueran mejores, sino porque dialogaban más directamente con mi experiencia y con lo que quería contar. Con el tiempo vuelves a Góngora y entiendes su grandeza. Pero en aquel momento mi formación cultural era mucho más amplia y diversa.

Por eso nunca entendí las clasificaciones tan rígidas. Nosotros entendíamos que todo formaba parte del mismo ecosistema cultural. No había jerarquías entre el conde de Villamediana y Germán Coppini. Como decía Eduardo García: «La literatura española no es que no nos interese; es que no nos basta».

El ecosistema cultural de quienes habéis venido después es todavía más global. Eso hace que sea mucho más difícil establecer límites o categorías cerradas.

Yo hago una poesía realista, sin duda, pero me interesan muchos más ritmos, cadencias y tradiciones de las que caben dentro de una definición estrecha. Al leer poesía de otras lenguas descubres sonidos distintos, y eso modifica tu manera de escribir.

A: Hablando de traducciones, comentabas antes que a veces las versiones menos fieles pueden resultar más sugerentes.

P: Sí. Pienso, por ejemplo, en las traducciones de Cavafis. Durante mucho tiempo circuló una traducción indirecta, hecha a partir del inglés, que para muchos lectores tenía una fuerza extraordinaria. Luego apareció una traducción directa del griego, mucho más rigurosa filológicamente, pero que a mí me resultó menos atractiva. Había perdido algo de esa aura que tenía la versión anterior. A veces la primera traducción es la que construye nuestro imaginario y cuesta desprenderse de ella.

A: En esa idea de que cada uno es mucha gente hay ecos de Whitman. Manuel Mata me comentaba que después, en la Generación Beat, aunque había una idea de grupo, cada uno escribía más pendiente de sí mismo. ¿Percibes esa tensión al escribir?

P: Yo creo que el poeta está más cerca del dramaturgo de lo que suele pensarse. En mis poemas no habla simplemente Pablo García Casado. Hablan distintos personajes, distintas voces. Uno de los problemas de la poesía es que ha estado demasiado preocupada por la lírica entendida como expresión de lo que me pasa a mí. Sin embargo, el problema casi siempre está fuera de nosotros.

Por eso me interesa construir sujetos colectivos, múltiples perspectivas. Para mí, el verdadero problema de la poesía no es la forma ni el contenido, sino el punto de vista. Cuando reunimos distintas miradas sobre una misma realidad, comprendemos mejor el mundo.

La tradición romántica y gran parte de la poesía moderna parten de la idea de un individuo solo frente al mundo. Yo me siento más cerca de una concepción colectiva del sujeto. En Cada uno es mucha gente cada sección aporta una mirada diferente sobre una misma realidad. Siempre he defendido la pluralidad de perspectivas. Si observamos algo desde un único ángulo, nuestra comprensión será limitada. Cuantos más focos de visión incorporamos, más rica será nuestra lectura del mundo. Por ejemplo, yo soy un hombre heterosexual, ¿eso me impide escribir desde la voz de una mujer?

Shakespeare escribió personajes femeninos memorables. Almodóvar lo hace constantemente. Un buen guionista puede construir personajes creíbles muy distintos de sí mismo. La literatura siempre ha funcionado así. Las novelas pastoriles estaban llenas de hombres escribiendo desde voces femeninas. Durante siglos nadie vio un problema en ello. Yo he escrito con materiales que proceden de otros. Tengo una deuda con Luis Cernuda, con Federico García Lorca, con Rocío Jurado y con todas las personas, canciones, programas de televisión y experiencias que han formado parte de mi educación sentimental. No es una deuda que me pese. Es una deuda que quiero pagar. Todo eso también soy yo.

Si un poeta no puede permitirse habitar otras voces, entonces estamos limitando radicalmente la libertad de la literatura. Todo esto afecta también a la literatura. Sin embargo, creo que seguimos pensando demasiado en términos binarios. La voz poética no tiene por qué coincidir con la identidad sexual del autor.


A: ¿Crees que hay una crisis en la voz masculina en la poesía?

P: No sólo en poesía. Creo que existe una crisis más amplia relacionada con qué significa ser hombre hoy. Tengo la sensación de que muchas mujeres, con todas las dificultades que arrastran, saben mucho mejor dónde están situadas. En cambio, muchos hombres jóvenes viven una sensación de desorientación.

Además, me parece injusto responsabilizar a chicos de dieciocho o veinte años de cosas que no han hecho. Evidentemente conocen los límites y deben respetarlos. Pero no se les puede exigir que carguen con culpas ajenas.


A: ¿Hay referencias no literarias con las que sientas una deuda especial?

P: El cine, sin ninguna duda. No solo por la iconografía, sino por la manera de construir relatos. El montaje cinematográfico, los saltos temporales, la evolución de los personajes o la elipsis han influido muchísimo en mi escritura. La poesía española ha sido poco agradecida con todas esas herramientas narrativas. Sin embargo, el cine nos ha enseñado formas muy valiosas de mirar y de contar. La elipsis, por ejemplo, es fundamental. Lo importante muchas veces es lo que no se muestra, lo que queda fuera del encuadre. Ahí el cine ha sido decisivo para mí.


A: ¿Piensas en el lector cuando escribes?

P: Te lo voy a explicar de una manera muy sencilla. Yo creo que la única obligación que tenemos los escritores es recuperar lectores. Eso me lo enseñó mi maestro, Pedro Roso. Me dijo una vez: «Si vas a dedicar los próximos cincuenta años de tu vida a escribir poesía, tu trabajo es recuperar lectores». Y a mí esa idea se me quedó grabada.

Por eso publico poemas todos los días en mis redes. Creo que es mi obligación compartir algo que me emociona. Quiero que la poesía llegue a gente que no son poetas. Porque la poesía no está solo para los poetas. Eso sería un desastre.

Y además creo que a veces hemos hecho las cosas mal. Hay muchísima gente que lee novela, ensayo, historia, pero no lee poesía. Y algo habremos hecho nosotros para que eso pase. No digo que sea culpa de un poeta concreto, pero sí del género en general.

Mira, el otro día me pasó una cosa. Yo voy cada tres o cuatro días a una charcutería a comprar pavo. Siempre compro pavo, porque a mi hijo le gusta mucho y a mí también. Y después de verme varias semanas seguidas, la mujer que me atendía me dice: «Bueno, Pablo, enhorabuena por el premio». Yo le di las gracias y seguí con lo mío: «Sí, sí, muy bien, ponme tres cuartos de pavo». Y entonces ella me dijo: «Que sepas que te leo todos los días. Te sigo en Facebook. Me leo el poema a las siete de la mañana antes de ir a trabajar y ya tengo algo para empezar el día». Y pensé: pues ya está. Esa señora no tiene nada que ver con el mundo literario. No es poeta, no es crítica, no va a congresos de poesía. Pero lee un poema al día y le sirve para arrancar la mañana. Y eso me parece maravilloso. O la vecina de mi madre. O una profesora que va en tren al instituto y lee un poema mientras va de camino. A eso me refiero cuando hablo de recuperar lectores. No hace falta que alguien se lea una obra completa de mil páginas ni que se convierta en especialista. A veces basta con que un poema le acompañe cinco minutos.

Y para eso hay que confiar en el lector. Mucho. Porque el lector entiende más cosas de las que creemos. A veces los poetas escribimos como si nos dirigiéra­mos únicamente a otros poetas o a filólogos, y yo creo que ahí nos equivocamos. Hay que ser exigente, claro que sí, pero también generoso. Hay que dejar una puerta abierta para que la gente entre. Porque, si no, al final hablamos solo entre nosotros.


A: Hablábamos antes de salir de uno mismo y escribir desde otro punto de vista, ¿te sorprendes durante la escritura? ¿Llegas a lugares que no esperabas o aprendes cosas sobre los demás desde ahí?

P: Hombre, claro. Porque también la escritura es una aventura, ¿no? Tú empiezas con una proyección, con una idea de adónde quieres llegar, y luego pasan cosas. A veces te sorprendes y a veces también te decepcionas a ti mismo. Porque creo que los poetas tampoco somos omnipotentes. A veces nos creemos que podemos llegar más lejos de lo que realmente llegamos. Y escribir también consiste en encontrarte con tu propia limitación. Eso forma parte del trabajo.

Mira, te cuento una historia. En 2004 me llamaron de PHotoESPAÑA. Yo estaba trabajando, pero tampoco me sobraba el dinero, estaba pagando una hipoteca y me venía muy bien cualquier encargo. Me dijeron que necesitaban un poema breve para acompañar una fotografía y que me iban a pagar cuatrocientos o quinientos euros. Para un poema de cuatro versos era un dineral.

Me mandaron la foto y yo la puse delante del ordenador. Y no pude escribir nada. Nada. La foto era tan buena y decía tantas cosas por sí misma que yo no tenía nada que añadir. Al final llamé y dije: «No puedo hacerlo». Y devolví el encargo. También hay que saber eso. Hay veces que no llegas. Hay veces que no tienes nada que decir. Y no pasa nada. Además, la literatura está llena de eso. De gente que no te lee, de premios que no ganas, de libros que no salen como querías, de poemas que no funcionan. Forma parte del oficio.

Yo me acuerdo de que con veinticinco años quedé finalista del Premio Nacional de Poesía. Y una funcionaria me llamó por teléfono y me dijo: «Me alegro mucho de que no hayas ganado». Imagínate la cara que se me quedó. Y luego añadió: «Te va a venir muy bien». Con los años entendí lo que quería decirme. Que siempre estamos empezando. Que no llegas a ningún sitio definitivo. Que da igual que tengas veinticinco años o que acabes de ganar el Premio de la Crítica: al día siguiente vuelves a sentarte delante de la página y tienes que empezar otra vez. Por eso sí, escribir te descubre cosas. Te descubre cosas del mundo, pero también te descubre tus límites. Y eso, aunque fastidie, también es una forma de conocimiento.


A: ¿Y qué ha supuesto para ti ganar el Premio de la Crítica? ¿Crees que también había ahí un reconocimiento a toda tu trayectoria?

P: Pues a lo mejor es posible, pero tampoco lo sé. Tengo la sensación, por cómo funciona el premio —o por lo que creo que sé de cómo funciona, porque tampoco lo tengo muy claro—, de que al final son muchísimos críticos votando. Me enteré hace poco de que hay como trescientos miembros, cada uno propone libros, luego hacen una selección, se reúnen… No sé exactamente el mecanismo, habría que preguntárselo a ellos.

Yo sabía que se fallaba ese día porque, claro, uno juega a la lotería todos los años. Como he estado muchas veces cerca, finalista de cosas, nominado, en listas y demás, pues siempre miras un poco de reojo. Pero nunca piensas que te va a tocar. Y cuando pasó, la verdad, me sentí como un niño pequeño. Pensaba: «¿Pero esto por qué me toca a mí?». Porque además Cada uno es mucha gente no era un libro que yo identificara como un libro para ganar premios. Es un libro raro, a su manera. No es un libro especialmente acomodaticio.

Ahora, también te digo una cosa: ha gustado mucho. Ha gustado a lectores, ha gustado a críticos, ha gustado en sitios muy distintos. El libro ha tenido una recepción muy generosa y no me puedo quejar en absoluto. En general, la gente lo ha tratado muy bien. Pero lo normal no es eso. Lo normal en literatura es otra cosa. Lo normal es escribir, publicar si puedes, que te lean unos cuantos, seguir trabajando y volver a empezar. Por eso me hizo ilusión, claro que sí. Muchísima ilusión. Pero tampoco me cambia demasiado la película. Porque al día siguiente vuelves a sentarte delante de la página.

Y luego está otra cosa. A mí me gusta mucho el caso de Miriam Reyes. Cuando ganó el Premio de la Crítica pensé: «Hay que tener valor para darle el premio a este libro». Porque era un libro arriesgado, poco convencional. Y eso me gusta de este premio, cuando es capaz de reconocer libros que no son necesariamente los más evidentes.

Si hay un reconocimiento a la trayectoria, pues no lo sé. Puede ser. Llevo muchos años escribiendo y supongo que la gente sabe quién soy y lo que he hecho. Pero prefiero pensar que el premio se lo han dado al libro. Eso me parece más sano. Además, tampoco le gusta mi poesía a todo el mundo. Hay gente que la lee y dice: «Eso no es poesía». Lo ves continuamente. Subes un poema y aparecen comentarios diciendo que eso es prosa cortada, que eso no sé qué… Bueno, pues estupendo. También forma parte del juego. Por eso me hizo ilusión el premio, claro. Pero no porque piense que ya he llegado a ningún sitio. Más bien porque, durante un momento, sentí que un libro al que le había dedicado mucho tiempo había encontrado lectores. Y eso sí que importa.


A: ¿Hay algún libro de poesía reciente que te haya sorprendido o que te haya hecho sentir que estaba abriendo un camino distinto?

P: Bueno, puedo decir el tuyo, ¿no? Porque yo he defendido mucho tu libro y creo que ahí están pasando cosas. Creo que estás trayendo materiales que no estaban en otros sitios. 

Acabo de presentar el libro de Alba Moon, Hambre en Manhattan. A mí me ha gustado mucho ese libro. Y además creo que la propia Alba es consciente de ello. Hay una lectura muy interesante, muy contemporánea, que mezcla feminismo, precariedad, sillas, hambre, pobreza, cultura pop… Y además relee Sexo en Nueva York desde un lugar completamente distinto. 

También me ha interesado mucho el libro de Lola Ruiz. Y luego hay gente de otra generación, como Antonio Luis Ginés, que ha publicado cosas extraordinarias. El problema es que en cuanto empiezas a dar nombres te dejas fuera a un montón de gente. Me interesa mucho lo que hace Ana Castro. Me interesan Juando Aguilar, Félix Moyano. Hay muchísima gente haciendo cosas valiosas ahora mismo.

Pero, en realidad, más que los nombres, lo que me interesa es otra cosa. Me interesa cualquiera que esté dispuesto a asumir riesgos. Cualquiera que intente traer a la poesía materiales que todavía no estaban ahí. Todo el que esté buscando fuera de la poesía me interesa. Todo el que intente ampliar el campo de juego. Luego me puede gustar más o menos cómo lo haga, pero ese gesto me interesa siempre. En cambio, toda esa poesía que se limita a repetir fórmulas ya consolidadas, aunque esté muy bien hecha, me interesa bastante menos. Puede estar perfectamente escrita, puede ganar premios, puede funcionar muy bien dentro del sistema literario, pero a mí me mueve poco.

Yo estoy atento a cualquiera que quiera buscar en otro lugar. Me da igual que venga del irracionalismo, de la narrativa, del cine, de la música, del dibujo o de donde sea. Por ejemplo, estoy muy atento a todo lo que pasa alrededor del mundo Ultramarinos, pero no solo ahí. También hay gente en Visor, en Pre-Textos y en otras editoriales haciendo cosas muy interesantes. No es una cuestión de sellos, sino de actitud.

Y, de hecho, una cosa que me parece muy esperanzadora es que, en la poesía española joven, tengo la sensación de que hay más gente buscando fuera que buscando dentro. Y eso me parece una magnífica noticia. Porque cuando la poesía deja de mirarse sólo a sí misma es cuando empiezan a ocurrir cosas interesantes.

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