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Arlt 4: Apocalipsis en Roberto Arlt: ¿Emancipación o barbarie?

Un universo de violencia presentado como el escenario inmediatamente anterior a la llegada del Redentor; un mundo de fieras y locos.

1 de agosto 2026


1.


Dice el farmacéutico Ergueta en Los siete locos: «Los tiempos han llegado, deben ocurrir cosas terribles. [...] Ahora vienen tiempos de sangre, che, de venganza. [...] Sí, es necesario que venga Cristo otra vez. Los hombres más perros, los cínicos más letrinosos sufren todavía. Y si él no viene, ¿quién nos va a salvar?» (Arlt, 1997). Desde este anuncio profético podemos leer la novela (y gran parte de la obra de Roberto Arlt) en clave mesiánica, donde un Apocalipsis de horror y barbarie es la antesala de la salvación emancipatoria.

Un universo de violencia presentado como el escenario inmediatamente anterior a la llegada del Redentor; un mundo de fieras y locos, ahogados en la ciudad expresionista de acero y cristal, a punto de salir a la superficie; una cárcel terrible y angustiosa, de la cual solo se podrá escapar rompiendo la cúpula celeste que los atrapa.

Porque, como nos dice nuestro protagonista Remo Erdosain en voz de los miserables y los oprimidos: «Es necesario que a nosotros nos sea dado el cielo. Concedido para siempre», pero: «Hay que agarrarlo al terrible cielo. [...] Es necesario odiar a alguien. Odiar fervientemente a alguien» (Idem). Y entonces, ¿es el mal una salvación? ¿La barbarie una forma de emancipación?

Dice Walter Benjamin en la octava de sus Tesis sobre el concepto de historia: «La tradición de los oprimidos nos enseña que el “estado de excepción” en que vivimos es la regla. Hemos de llegar a un concepto de la historia que le corresponda. Entonces tendremos que nuestra tarea es provocar el verdadero estado de excepción» (Benjamin, 2018). ¿Ahondar en el horror? ¿Revelar o develar el sufrimiento del subsuelo? ¿Sacarlo a la superficie?

De nuevo Benjamin, en la tesis 6: «Porque el Mesías no viene únicamente como redentor; viene como vencedor del Anticristo. [...] tampoco los muertos estarán seguros ante el enemigo cuando éste venza. Y este enemigo no ha cesado de vencer» (Benjamin, 2016).

Re-conocer el pasado, re-pensarlo como un lugar donde aún ocurre la batalla, re-velar lo oculto es la condición para que el ángel de la historia no siga devastando todo cuanto encuentra en su avance hacia el progreso dejando tras de sí «una única catástrofe que acumula incesantemente una ruina tras otra» (Benjamin, 2018). La condición para la humanidad redimida es «la clase obrera que lucha, y lleva hasta el final la obra de liberación, en nombre de todas las generaciones derrotadas» (Idem). Pues hay que agarrarlo al terrible cielo, debe provocarse la llegada mesiánica que rompa el tiempo histórico, actuar. Pero, ¿cómo? ¿Provocar la llegada del Anticristo para provocar la llegada mesiánica de salvación? Parece necesitar el camino revolucionario a la emancipación, como tantas veces se nos ha anunciado, un estadio previo indeseable.

El Astrólogo nos ofrece en la novela su desquiciado y confuso proyecto revolucionario para reventar el sistema, provocar el fin. Tomar la Argentina y después el mundo, haciendo «una ensalada rusa que ni Dios la entienda» (Arlt, 1997) con componentes fascistas, bolcheviques, militares, industriales. Un proyecto basado en el imperio de la mentira metafísica y la afirmación del hombre nuevo y su voluntad, justificado todo ello por el principio: «tan solo sustituimos un fin horrible por otro extraordinario» (Idem), o eso se nos dice él. Pero el programa se funda con el secuestro, extorsión y tortura de Barsut; se financia por la red de prostíbulos explotada por el salvaje Rufián Melancólico; y su brazo fuerte de la ley es el de las armas químicas diseñadas por nuestro pobre y angustiado protagonista, Remo Erdosain.

Si en el primer momento soñamos con que el maquiavélico plan del Astrólogo sea al menos el camino de liberación para el oprimido, pronto iremos descubriendo que sus ideales son infernales. Que su empresa no es la del Mesías, sino la del Anticristo, pero un Anticristo colaborador, que conoce y asume su papel. No es él quien traerá de nuevo el Paraíso sino quien provoque el Apocalipsis anterior, consciente de la necesidad de este: «Lo sé. Sé que el amor salvará a los hombres; pero no a estos hombres nuestros. Ahora hay que predicar el odio y el exterminio, la disolución y la violencia. Él, que habla de amor y respeto, vendrá después. Nosotros conocemos el secreto, pero debemos proceder como si lo ignoráramos. Y Él contemplará nuestra obra y dirá: los que tal hicieron eran monstruos. Los que tal predicaron eran monstruos… pero Él no sabrá que nosotros quisimos condenarnos como monstruos, para que Él… pudiera hacer estallar sus verdades angélicas» (Idem).

Y Erdosain, símbolo del oprimido que en su angustia se convierte en fiera, en loco, quiere creer. Su alma y su cuerpo sufren, está muerto, pero quiere vivir. Solo le queda creer: «¿Sabe?... todavía no he llegado al fondo de mí mismo… pero el crimen es mi última esperanza… y el Astrólogo lo sabe» (Idem).

Sin embargo, el terror crece, y la duda también ante la visión del salvajismo que se nos presenta, que nosotros mismos hemos desatado. Esta es la duda de Erdosain, cada vez más descreído, que se dice: «puede ser que mañana mi vida cambie, pero es difícil [...] Soy un desgraciado» (Idem). Es la pregunta del hombre ante el horror, pero también la del revolucionario radical ante su incendio, enunciada en clave mesiánica como podría enunciarse de cualquier otra forma: ¿Llegará realmente la salvación? ¿Vendrá, con el final de los tiempos, un tiempo nuevo y mejor? Este incendio que hemos provocado, ¿sustituirá la cruenta ley de los hombre por el imperio de la justicia divina? ¿O provocando el Apocalipsis solo quedará Apocalipsis? Incluso el brutal Rufián Melancólico, descreído de todo y que solo actúa por su interés, se pregunta: «¿Dónde está esa luz? ¿Existe la luz o es una invención de los muertos de hambre? ¿Creen en la luz los que hablan de ella, por ejemplo, el Astrólogo?» (Idem).


2.


Roberto Arlt, nace en el 1900 en la ciudad de Buenos Aires, es periodista, narrador, dramaturgo y, en sus escasos tiempos libres, inventor extravagante que, como el desesperado jugador de loterías, sueña con un boleto ganador que resuelva por fin sus apuros económicos constantes. Su muerte prematura, en 1942, coincide con la explosión literaria de su contemporáneo directo, de mención tan indeseable como inevitable al hablar de Arlt, Jorge Luis Borges. La aparición de Ficciones, cuya primera parte se publica justo el año anterior, 1941, signa en el abrupto final de Arlt la asunción dramática y extrema de una derrota literaria.

Si bien no conviene caer en la maniquea contraposición de ambos literatos argentinos: el erudito y el analfabeto, el aristócrata y el malavida, el sofisticado y el salvaje, que tanto daño ha hecho a ambos y especialmente al que hoy nos ocupa, y que se mantiene aún a pesar de la empresa que pretende Piglia de desarticular esto; ni tampoco es en absoluto necesario vengar el nombre de Arlt frente al otro, o, por el contrario, reconocer resignados la superioridad de Borges sobre el uno, sí podemos aceptar la yuxtaposición de ambos para enfocar una primera imagen del escritor de los locos, las fieras y los monstruos.

Roberto Arlt es por tanto un escritor no contracultural, pero sí del margen, y es desde su posición bisagra, con un pie en cada mundo, que le es dada la posibilidad de trasladar o presentar la realidad de arrabales y bajos fondos a la clase media bonaerense. Empezando por sus trabajos periodísticos, fuente indispensable para la comprensión de su obra y espacio de entrenamiento para la misma, Arlt adopta la figura de un flâneur rioplatense que, por medio del lunfardo y su afilada mirada, traduce el spleen de París a sus Aguafuertes Porteñas, breves piezas periodísticas de gran popularidad en su época donde sintetiza con la agresividad y fuerza del grabado con ácido el detalle urbano que revela una realidad social de gran profundidad, oculta u ocultada, por una cúpula de cristal, la cual se dedicó a resquebrajar en cada uno de sus escritos. Es premonitorio de este empeño por alumbrar lo oculto su primer texto publicado de cierta extensión, Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires, en un temprano 1920.

Ya en 1926 publicará su primera novela, El juguete rabioso, título regalado por su prestigioso y acomodado amigo Ricardo Güiraldes, nueva prueba de su condición no tan excluida. Y en 1929 se consagrará con el mencionado Los 7 locos, si bien, no exento de las críticas puristas contra su ortografía y redacción, a las que responderá en el prólogo a la segunda parte, Los lanzallamas: «Estoy bastante contento de haber tenido la voluntad de trabajar, en condiciones bastante desfavorables. [...] Escribí siempre en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna diaria. [...] Orgullosamente afirmo que escribir, para mí, constituye un lujo. [...] Se dice de mí que escribo mal. Es posible. [...] Para hacer estilo son necesarias comodidades, rentas, vida holgada. [...] Mas hoy, entre los ruidos de un edificio social que se desmorona inevitablemente, no es posible pensar en bordados. [...] Han pasado esos tiempos. El futuro es nuestro, por preponderancia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un “cross” a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y que los eunucos bufen» (Arlt, 1997).

En la década del treinta sus intereses literarios se volcarán en su narrativa breve, ya iniciada en sus primeros años de escritor, para finalmente volcarse en el teatro hasta su muerte, donde ahonda en su observación de la crueldad y el horror, disciplina, la dramaturgia, en la cual muchos coinciden en pensar que habría sido el maestro de haber podido proseguir su tarea, sin desvalorar obras como Trescientos millones en 1932, o Saverio el cruel en 1936.


3.


Este escritor, atrevido, radical, obrero, encuentra en ese mundo tabernario, lunático y cruel, pero también utópico a su manera, delirante y frenético, un paisaje de transición, un purgatorio donde pueda saltar el coraje, y nacer quizá de un final, de un Apocalipsis, un mundo nuevo y mejor, pero solo quizá.

Si ya hemos visto en su novela este fin del mundo como horror de los bajos fondos donde salta la chispa de una revolución con pretensiones emancipatorias, es en su narrativa breve donde encontramos los ejemplos más explícitos y clásicos de una literatura del fin del mundo. Para acercarnos a su figuración del fin, tomaremos mano de tres cuentos fantásticos: “La luna roja” de 1932, “La muerte del sol” de 1934 y “La ola del perfume verde” de 1937, todos ambientados en Buenos Aires o trasunto de ella, presentando así un Apocalipsis urbano, de claras resonancias expresionistas, pero donde irrumpe lo sobrenatural.

Empezando por “La luna roja”, quizá el más conocido y el único recogido después en sus colecciones de cuentos, en El jorobadito, escribió David Viñas: «La poética del espacio jugada por Arlt [...] entre los habitantes de algún “cielo privilegiado” y los hundidos en el pringoso infierno definido por los trabajos rutinarios, es desdibujada por la catástrofe natural que se sitúa (y envuelve) los conflictos de clase. Aunque las miradas autoritarias y desde arriba-abajo prosigan tensando subrepticiamente el clima general de abstracto iluminado trágicamente por “La luna roja”» (Arlt, 2002).

Esta marcada estructura social, donde la ciudad se dibuja a partir de la división entre el cielo privilegiado y el pringoso infierno, prefiriendo siempre el narrador atender a los de abajo, es la que en los cuentos del Apocalipsis arltianos se rompe, o al menos se disuelve, en una catástrofe mayor, cosmológica, que viene a amenazar la Tierra en su conjunto, siendo esa inminencia destructiva amenaza explícita también para la estructura de oprimidos-opresores.

En este cuento son primero los músicos de un burdel de los suburbios los que sienten la llamada de la luna roja y como autómatas o animales, guiados únicamente por su instinto, salen a la calle. Antes hay toda una presentación de la ciudad como máquina infernal donde los altos rascacielos y «la majestuosidad de sus fachadas fosforescentes, recortadas en tres dimensiones sobre el fondo de tinieblas, intimidó a los hombres sencillos» (Idem), una clara alusión al progreso como catástrofe. Un mundo de cristal, sombras y aristas, un mundo del futuro y dominado por magnates como dioses, oprime a los arrabaleros que parecen pertenecer todavía a un tiempo más antiguo, donde hay carne y olores y fango.

Pero la luna roja, como un ojo de sangre, anuncia y desencadena un final, ricos y pobres, humanos y bestias, hombres y mujeres, «todos aparecían igualados y ensombrecidos por la angustia» (Idem). El fin de los tiempos acaba con las diferencias sociales, es de alguna forma el triunfo de una revolución que llegaría de afuera, que de forma sobrenatural negaría la mayor. Pero en esa liquidación total del sistema de los hombres destruye por completo, y en este sentido la fuerza astrológica y apocalíptica es, más que una liberación de las cadenas, una condena aún mayor de la que no escapa ninguno, ni los del cielo privilegiado ni los del pringoso infierno. Tan claro era el anuncio de un final de espanto, que «parecía verse aparecer sobre la terraza más alta un terrible Dios de hierro» (Idem).

Al final del relato, conscientes ya de encaminarse hacia un apocalipsis provocado por el propio progreso, algunos personajes buscan el consenso, intentan poner a la masa de acuerdo. No desean el final al que se abocan y exclaman: «¡No queremos la guerra!», pero ya saben que es demasiado tarde, «que nadie se salvaría» (Idem).

El segundo de los cuentos, “La muerte del sol”, presenta la misma ciudad sombría y expresionista, llena de rascacielos y aristas, y la misma opresión sobre los desfavorecidos, en este caso en clave laboral e individualizada. Un trabajador nocturno, que no soporta su absurda vida, suspira desesperado, necesita un trabajo de día, pero sabe que no es libre, que los de su situación no pueden elegir: «es un disparate, ¿dónde voy a encontrar un trabajo hoy?» (Idem) se pregunta frustrado. La noche, el lunfardo, los trabajadores trasnochadores como zombis o lobotomizados, es el escenario típico de las narraciones arltianas, el hábitat de los que están ocultos en esa gran ciudad, que en teoría es toda luz y máquina, pero que tiene un subsuelo primitivo, opresivo y bestial.

Es entonces cuando irrumpe el elemento fantástico, que en un primer momento el protagonista achaca a un error de percepción suyo provocado por su agotamiento de obrero exhausto que le hace perder el juicio: el sol no sale por la mañana. El día no comienza a la hora en que debería hacerlo. Los minutos avanzan y ya parece ineludible asumir que algo extraño ocurre, y es aquí donde Arlt, por ser un cuento menos sutil o menos depurado, nos manifiesta explícitamente lo que se figura en esa subversión de las normas establecidas, aun siendo las de la astrofísica, el movimiento de rotación terrestre. Cuando ya es evidente la ruptura de la realidad, el protagonista primero siente pánico: «Ninguna sensación terrorífica semejante a la que apareja la posibilidad de la muerte del mundo» (Idem), pero acto seguido, pocos párrafos más abajo: «su mente recibió una descarga de optimismo: despertaban en otro planeta, en otro planeta que, a pesar de llamarse Tierra, no era ella».

Ahora vivirán en un nuevo mundo, piensa el protagonista, lo que significa que han escapado de este, donde no hay libertad y el trabajo nocturno y las deudas le aplastan. La primera reflexión que hace el personaje muestra su desahogo ante el cataclismo: «No pagaré mi deuda del banco. […] Tampoco iré mañana a trabajar». Así, en un instante, ha escapado a dos grandes problemas del capitalismo que antes le angustiaban y le hacían sentir que su vida era absurda, todo gracias al fenómeno catastrófico.

También las discriminaciones sociales parecen desaparecer: «Los vagabundos que se habían dormido en los zócalos despertaban azorados, miraban al horizonte, y luego se aproximaban a los grupos de gente, en los que eran recibidos, como si el trastrueque celeste hubiera también determinado un cambio en la conciencia social de los habitantes de la ciudad» (Idem). De nuevo, el Apocalipsis supone una ruptura total del sistema de los hombres, pero al contrario que en el relato anterior, se ofrece una liberación en vez de una condena, todo un nuevo mundo de posibilidades y la esperanza de que, tras “la muerte del sol”, nazca una sociedad más justa, sin angustias laborales ni discriminaciones sociales.

El fin del mundo aquí opera de forma ideal, como una revolución puramente emancipatoria, sin más destrucción que la de la injusticia, eliminando solo lo negativo del sistema anterior y preservando a la humanidad e incluso abriendo nuevas posibilidades a la tolerancia y la libertad.

Sin embargo, hacia el final, el personaje sufre un viraje en su ánimo. Su visión del futuro se torna pesimista, vislumbra un mundo subterráneo donde el fenómeno solar ha acelerado el avance de la tecnología y del sistema en vez de haber acabado con él. Otros personajes de la calle imaginan una regresión primitivista y caníbal, que es otro elemento habitual en el fantástico de Arlt, el futuro como un retroceso hacia lo peor de nuestra condición animal.

De esta forma, Arlt plantea uno de los tópicos fundamentales del género, central en su visión del fin del mundo: la incertidumbre ante lo que vendrá. El Apocalipsis en Roberto Arlt siempre tiene una carga subversiva, no obstante, se corre un gran peligro: que el fenómeno cosmológico acabe con este mundo, pero traiga uno de mayor horror y dolor, en vez de liberación y justicia. De esa incertidumbre surge la angustia por el final en la narrativa breve de Arlt.

Finalmente, esta narración se resuelve como una pesadilla del personaje protagonista que se ha quedado dormido en la cafetería tras salir del trabajo justo al rozar el alba, y cuya fantasía onírica revela, de nuevo, los problemas y angustias generadas por el trabajo nocturno y el agotamiento y enajenación que le produce.

En el último relato de nuestra serie, “La ola de perfume verde”, una vez más aparecemos en la noche, entre borrachos y marginados, en la ciudad de electricidad y cristal, una ciudad del futuro que habitan pero que no les pertenece, que les ciega, pero no les ilumina.

En esta ocasión, un gas maloliente empieza a inundar la noche de Buenos Aires, despierta a todo el mundo, y se expande, provocando terror y somnolencia, hasta ocupar toda Sudamérica, con la significancia que tiene que sea precisamente este su alcance. Esta vez resuelve el enigma sin mayor incidencia, sin catástrofe. El gas pasa, y el profesor Hagenbuk, presentado al principio del cuento como investigador, pero también como jugador de naipes y habitante de los bajos fondos, explica que él lo había previsto, pues el gas ha sido causado por la cola de un cometa que la Tierra acababa de atravesar.

El relato de “La ola del perfume verde” es explícito en su significación política y las posibilidades emancipatorias de la catástrofe, cuando hacia el final del cuento, sin ninguna conexión ni implicación en la trama, y de forma de nuevo un tanto burda, expone Arlt su programa en una fábula celebradora de la subversión y el triunfo del débil sobre el fuerte. Dice el narrador: «Las únicas que parecían insensibles a la atmósfera del perfume clavel-petróleo eran las ratas, y fue la única vez que se pudo asistir al espectáculo en que los roedores, saliendo de sus cuevas, atacaban encarnizadamente a sus viejos enemigos los gatos. Numerosos gatos fueron destrozados por los ratones en ese tiempo» (Idem).


4.


En la narrativa breve de Roberto Arlt, el Apocalipsis urbano es una irrupción de lo sobrenatural (saber oculto y supersticioso, patrimonio de los oprimidos) en el orden establecido (acomodado, industrial y científico-racional, propio de clase acomodada). De alguna forma, en los cuentos igual que en Los 7 locos, el cataclismo toma la forma de una ruptura del sistema opresor del capital, una ruptura que por fin libera a los oprimidos. Pero esa liberación, mesiánica por la vía revolucionaria o fantástica como fenómeno paranormal, está mediada por el imperio apocalíptico del Anticristo o del horror.

El escenario del argentino es siempre el de esa transición, ese momento apocalíptico intermedio, que constantemente anuncia la llegada de lo mejor, revolución activa o salvación externa, pero que no termina de concretarse, y ante la imagen brutal del Apocalipsis, que no acaba, el sujeto tiembla.

Por esto, en Arlt, este Apocalipsis subversivo y emancipatorio en el que se derroca el sistema opresor del capital para liberar a los oprimidos y permitirles recuperar su “naturaleza” primitiva, anterior a la imposición de la máquina y el trabajo, tiene un riesgo: desatar a “las fieras”; pues si no llega el Mesías que resuelva la angustia, su imperio puede ser el del verdadero terror.

Hay, entonces, un miedo ante lo que llegará tras el Apocalipsis, y ese es el tema central de Arlt, clásico por otra parte en las narraciones del fin del mundo, pero que en este autor tiene siempre una clave política-revolucionaria: derrocamos este sistema, que es malo, pero lo que vendrá después, ¿puede ser peor? El riesgo es que la liberación del orden establecido establezca un desorden atávico tan salvaje y violento que nos haga añorar la opresión anterior.

Vemos por tanto en Arlt dos formas diferentes de presentar el Apocalipsis. Si en su novela fundamental Los 7 locos, es el delirante proyecto revolucionario del Astrólogo y la acción directa del hombre sobre su mundo lo que provoca un Apocalipsis de corte expresionista; en su cuentística la narración del fin tiene su disparador en el exterior, en concreto en el espacio exterior, en forma de fenómeno fantástico y sobrenatural, ante lo cual al hombre, al sujeto oprimido de bajo fondo es pasivo, solo le queda observar expectante el terrible espectáculo y confiar en que termine y traiga un mundo mejor.

Pero en todo caso, ambas formulaciones del final, desde sus marcadas diferencias, plantean una pregunta idéntica: ¿será ese fin de los tiempos la llegada de un reino de justicia, sin desigualdades ni opresión; o desatará esta caída de la ley y del sistema, el imperio, aún más salvaje y cruento de las fieras, enfermas de una angustia sin respuesta?

Será, entonces, el Apocalipsis, ¿emancipación o barbarie?


Madrid, 2021


Bibliografía


Arlt, R. (1997): Obras, Tomo I. Novelas, ed. Losada, Buenos Aires.

— (1998): Obras, Tomo II. Aguafuertes, ed. Losada, Buenos Aires.

— (2002): Obras, Tomo III. Cuentos completos, ed. Losada, Buenos Aires.

— (2011): Obras, Tomo IV. Teatro completo ed. Losada, Buenos Aires.

— (2013): Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires, ed. Drácena, Madrid.

Benjamin, W. (2018): «Tesis sobre el concepto de historia» en Iluminaciones, ed. Taurus, Madrid.

— (2018): «París, capital del siglo XIX» en Iluminaciones, ed. Taurus, Madrid.

— (2018): «El narrador. Consideraciones sobre la obra de Nikolái Léskov» en Iluminaciones, ed. Taurus, Madrid.

— (2020): Crítica de la violencia, ed. Biblioteca Nueva, Madrid.


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