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La miseria como forma de la locura; el crimen como respuesta divina

Lo ve todo y, en vez de formularlo límpido y de forma concisa para advertir al gran público burgués, lo codifica en el lunfardo, en los límites del lenguaje.

31 de julio 2026


Se me ocurre ahora que hay una serie selecta de autores que son más oráculos que literatos. Son autores de una gran radicalidad, frecuentemente atípicos, con una cojera muy visible que les saca del canon más normativo, más estandarizado, pero que inevitablemente se alzan sobre la media musculosa con su gesto revolucionario, casi antisistema. Roberto Arlt pertenece a ese club en el que la imagen esperpéntica, estridente y confusa de sus paisajes (con frecuencia paisajes muy locales) se convierte en fotografías documentales del mundo de unas pocas décadas después. La forma en que Kafka es capaz de captar el horror y la torsión del ser humano, de su cuerpo y de su alma, en relatos escritos una década antes de la segunda guerra mundial y el horror del nazismo es prácticamente un juego de espiritismo que inquieta cuando uno repara en que realmente eso ocurrió en el mundo real, pero después. Céline, Fante, Artaud... En Arlt se produce ese mismo fenómeno angustioso al percibir una serie de dinámicas de la sociedad años antes de los grandes eventos que pusieron de manifiesto esas dinámicas, esas tensiones, esas vías. La precisión en su diagnóstico de las dictaduras del capitalismo, la fábrica y el vil metal antes del crack del 29’ o de la sociedad de consumo de los años 50’ o la globalización de los 90’ es un ejemplo. La ansiedad sobre el sexo en el mundo de la erotización que hoy habitamos, la creación de dioses ante el sentimiento de desamparo y abandono del Dios verdadero, la rabia y el acto radical de los marginados, los oprimidos, los no escuchados es una pulsión de los años 30’ pero también de los años 10’ del nuevo milenio. Arlt lo ve todo y, en vez de formularlo límpido y de forma concisa para advertir al gran público burgués, lo codifica en el lunfardo, en los límites del lenguaje, lo escribe para los límites de la sociedad. Porque no hay nada que Arlt odie más que la burguesía, porque no hay nada más límite que Arlt. Es realmente un oráculo, un profeta, un espiritista de los apestados, los marginados y los descerebrados. Es un escritor brutal, con una prosa brutal, un artista de la desmesura, un radical como sus personajes, más preocupado de grabar en hierro candente, como en un aguafuerte, la realidad de un mundo, un sector de la sociedad al que nadie nunca hace caso pero donde las cosas ocurren antes, más preocupado de fijar una época del mundo que de poner bien las comas o emplear la palabra precisa, él prefiere inventarse los términos, ¿cómo va a describir ese mundo nuevo con las palabras de antes?. Arlt es capaz de ver eso, de mostrar la tortura del suburbio y que pronto se revelará como la gran problemática del mundo contemporáneo y hace que el argentino llegue hasta nuestros días como un escritor de una gran modernidad y originalidad. Y de paso inventa el idioma argentino.

No creo que haya en Arlt una reivindicación de la locura. Creo que lo que hay es un tratamiento del tema, una investigación de la cuestión, una asunción de la problemática social, habla de la problemática social del loco: que se convierte en el marginado, en el miserable. No digo que rechace al loco o lo desprecie. Arlt parece opinar con Foucault que el loco es el saco donde la sociedad coloca sus traumas, sus complejos, tabúes y prejuicios. Todo lo que a la sociedad le da miedo ser lo llama locura. Arlt habla de eso que somos aunque no lo reconozcamos en público, habla de los locos, de los que no pueden escapar de ello, los que inevitablemente lo son y no pueden ocultarlo. Y no los mitifica, no los convierte en el gran artista libre, en el minotauro-artista, encerrado, como Cortázar, puro y poderoso, liberado de las losas del orden social aún en su encierro. No son ángeles o demonios superiores al ser humano terrenal y vulgar. Nada más terrenal y vulgar que el loco. Pura tierra, barro, lodo. Lo muestra como el miserable, el desgraciado condenado al ostracismo. Porque la sociedad vence, la sociedad al final siempre vence al marginado, al distinto.


Los locos son los que no pertenecen al sistema establecido, los que no funcionan con las lógicas sociales establecidas, los que no entran en el patrón y representan los complejos, los vicios y tabúes de la sociedad establecida. Son locos porque no tienen las barreras mentales de la sociedad, están afuera de esas lógicas. Por eso se mitifica la locura, por esa posibilidad de huida, de salir del mundo social y reprimido, de ser completamente libre de las cargas que impone el grupo, especialmente las psicológicas.

El problema del loco no es que viva afuera, esa es la parte ideal y seductora. El problema del loco es que, aunque viva afuera de esas lógicas mentales, está forzado a existir dentro de las mismas. Que aunque en él no opere el razonamiento del sistema social, debe entrar en ese sistema social, económico, de ocio y consumo. Y es entonces que se vuelve disfuncional, inútil, rechazado y marginado. Como dice el Joker, lo peor de tener una enfermedad mental es que la gente espera que actúes como si no la tuvieras. Eso es lo que convierte al loco en un pobre despreciable, repudiable, que no tiene otro destino que la miseria.

Ese fenómeno de transición locura-miseria, y los motivos que lo explican, las características que lo definen, es lo que Arlt identifica tan lúcidamente, y dedica su literatura a tratar ese fenómeno social que suele quedar oculto, marginado por omisión. No estudia el aspecto psicológico o moral o artístico o trascendental del loco. No ataca las lógicas o las posibilidades mentales del loco. Ataca las consecuencias, la problemática social. Busca lo que le pasa al loco por el hecho de serlo y de tener que operar dentro del sistema social. Que no puede, básicamente. Y finalmente la retroalimentación. La locura que lleva a la miseria, pero también la miseria que acrecienta o potencia la locura.



Los personajes de Roberto Arlt se definen por la locura y la miseria. La pobreza extrema y la enajenación de la conciencia marcan sus conductas y sus patrones mentales. Son dos polos que se retroalimentan y generan una simbiosis irremediable de crimen y crueldad. En Arlt la locura es una forma de la miseria y viceversa, pero ¿dónde se produce el origen?

Su pobreza, su marginalidad, les hace sentir que Dios les ha abandonado, su silencio es sordo y atronador, eso les lleva a la locura. La pobreza es la condición de partida; la locura la consecución del sinsentido, del dolor por no recibir la misericordia de Dios, el resultado a una vida sin respuestas, ¿por qué tanto dolor? Y la cobardía, la enfermedad, el vicio de la ciudad, expresionista y punzante, un amplificador de ese dolor ante el abandono, si Dios es despiadado, si nos ha abandonado y debemos continuar sin él, ¿cuándo saltará nuestro coraje? Esa incapacidad de actuar, de avanzar, de ser el superhombre nietzscheano es el picor en la herida que te obliga a rascarla y romper más carne y hacer más sangre.

El crimen y la crueldad son la respuesta final a ese sinsentido, a ese silencio en el desierto de la pobreza y angustia, la forma que toma la locura en el mundo arltiano. La miseria toma forma de locura, la locura forma de perversión cruel y criminal.

El robo, el daño, el horror ejercido sobre el otro responde entonces a las necesidades que Dios no atendió. El crimen responde de tres formas a las tres cuestiones que plantea la miseria.


uno) El crimen es primero y ante todo una respuesta material. El crimen resuelve el problema material, de dinero, comida, estatus social… La obsesión en la obra de Arlt no sólo por el robo sino por el juego o el dinero como objeto que puede aparecer en cualquier lugar es una ansiedad por solucionar la problemática de partida. Es una salida fácil de la miseria, una respuesta evidente a la pobreza, y de paso a la humillación. Una forma de resarcirse de la humillación una vez ya no se es el humillado.


dos) La segunda respuesta que ofrece el mundo del lumpen y los arrabales de fieras es una venganza, una restitución del daño. La mayor condición del pobre no es su pena, su dolor, su angustia… su condición básica es la de humillado. Su sentimiento básico es el rencor. Pero curiosamente el marginado que ha escapado de su cárcel de pobreza y miseria no se dedica a torturar al torturador previo, al burgués, quizá por imposibilidad, quizá por su condición de enajenado, el miserable tortura a los otros miserables. El loco maltrata a los otros locos pobres que aún no han podido huir del agujero. Es una especie de sadismo adquirido durante su tortura: ejercer la tortura que se ha experimentado. Como un fetiche por ver desde afuera el horror que se ha vivido desde adentro. Es la mayor condena de los miserables, ejercer la tortura entre ellos mientras los poderosos siguen dominándolos a todos. Como si la sociedad hubiera vencido al fin y los hubiera pervertido y también hubiera introducido en ellos esa inhumanidad burguesa explotadora. Como si finalmente el capitalismo atroz hubiera contaminado incluso a los perdedores del sistema, y cuando estos creen escapar de la opresión se convierten en nuevos opresores. Como si el sistema evidentemente hubiera vencido, como de hecho ocurrió, como de hecho ocurre, porque el sistema siempre vence. En Arlt y en el mundo que premonizó con admirable acierto. Es como si el crimen, que en teoría debía ser una herramienta de liberación, de forma terrible se convierte en una forma de entrar en ese sistema, como una rata estúpida que cae en la trampa, en ese mundo capitalista del que pretendían huir. Como si el crimen fuera la forma de acceder al capitalismo al final.


tres) Y finalmente es una fe. El hampa, el daño y el abuso es una forma de trascendencia. Una respuesta espiritual al mundo previo vacío de sentido. El criminal es poderoso, es una forma de ese superhombre nietzscheano, que supera la moral débil cristiana y con su fuerza y valentía resuelve sus necesidades. Un hombre que es un Dios en sí mismo, una manera de trascender. El crimen como un acto místico, un nuevo Dios en el que creer; el hampa como una iglesia, una comunidad donde vivir esa trascendencia.

Sin embargo, todo esto no dejaría de ser un estudio sociológico, un análisis científico más o menos preciso, más o menos lúcido, si no estuviera el genial prosista, el grandioso escritor que está ahí detrás. ¿Qué es lo que hace a Arlt un gran escritor?


Lo increíble en Arlt, lo que sigue deslumbrándonos, es que todo esto que él refleja en sus narraciones, todo ese fenómeno de contorsionismo sobre el cuerpo y la mente de los marginados, esa opresión de la nueva ciudad moderna que les lleva de la locura a la miseria y de la miseria al crimen, estaba pasando justo en ese momento. La ciudad acaba de nacer, los arrabales acaban de nacer, Buenos Aires acaba de nacer. Y él parece inventarlo, él parece verlo antes que nadie. Él graba en el instante con una precisión científica.

En su prosa todo está en estado latente, en un rabioso presente. Percibe esa realidad en el instante, según está ocurriendo está en su literatura, en ocasiones parece que incluso se anticipa. Eso se ve en su oralidad y en su estilo salvaje; en su articulación del nuevo lenguaje argentino y en sus incorrecciones que nunca revisa; en el uso del lunfardo, en su construcción siempre teatral, en su poética fragmentario, en su expresionismo que refleja el carácter de la ciudad moderna, que está justo naciendo, en trabajar con la ciudad y no con el campo. Su trabajo del tono, la inmigración, el crimen, la agresividad, su conexión con el método del periodismo, los aguafuertes. Sus relatos son grabados hechos con ácido de la sociedad justo en el instante en que están sucediendo. Eso es lo que convierte a Arlt en un genio único de la literatura. Lo que se graba en ese ácido, en ese instante, es lo relatado anteriormente sobre locura-miseria-crimen, pero podría haber sido cualquier cosa, lo mágico es el proceso de captación. El modo de expresión. Aunque pensándolo bien, quizá no sea posible efectuar un gesto artístico tan radical como lo es su prosa, sin abordar un mundo tan radical como lo es el suyo.

La forma de captación periodística, en presente absoluto, antes de que se dé cuenta nadie.

La forma de plasmación expresionista, radical, fragmentaria y esquizofrénica como sus personajes.


Madrid, 2021


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