Ficciones

Serpientes en Formentera

Solo unos segundos después una culebra saltó disparada hacia el pecho del pobre Julio José.

18 de agosto 2026


Una entre las serpientes 


Queridísima Mina:

Aún no te he contado la verdadera historia de nuestras vacaciones en Formentera.

Una nube de polvo nos recibió a la salida del puerto y, conforme se asentaba sobre el suelo y nuestras chanclas en una pátina blanca, se revelaban los colores del mar azulísimo, las lagartijas verdes, la arena arena arena… Solo Benja había oído hablar de la plaga de serpientes.


—En Ibiza está siendo terrible. Llegaron a las islas dentro de los olivos que se traen los pijos para sus chalets. Son una invasión.


—Si veis alguna yo no quiero saberlo, por favor. Me dan pánico en serio —dijo Coral, que también se reía de su miedo.


La presencia de culebras se convirtió en una broma recurrente en los siguientes días. Cuando caminamos desde el coche hasta la playa entre matorrales, al atardecer entre los riscos a los que nos asomamos para ver la caída del sol, alguno de los tres gritaba: ¡Cuidado con essssssssssssa sssssssssssssserrpienteeeeeeeeeeeeee! El efecto sorpresa se fue desgastando con el uso, porque lo cierto es que no vimos ninguna hasta la última noche.


Coral fue quien propuso que fuéramos a la fiesta. De los tres es quien mejor se mueve en ese ambiente frívolo y distendido sin sacrificar su amor propio, sin plegarse ridículamente al deseo de los demás. Te parecerá estúpido pero es difícil en los lugares donde ricos e imitadores se juntan para divertirse en un juego de máscaras idénticas y espejos. ¿Recuerdas cuando se hablaba de ‘gente guapa’ sin burla ni sarcasmo? Eso sigue un poco vivo ahí.


Llegamos al ‘Barracuda’ en las primeras horas de la tarde, con un sol feroz en nuestras nucas recién perfumadas y ya acechadas por el sudor y la arena. Es un chiringuito carísimo, nos dijeron, pero nosotros aceptamos pagar el ticket para vivir la experiencia y porque por fin podíamos permitirnoslo este año, aunque el sueldo flaqueara cada mes por culpa del alquiler. Ahora tengo trabajo y, si no puedo comprarme una casa, al menos puedo pasármelo bien, pensé.


La dinámica es parecida a la de un banquete de bodas. Comes y bebes mientras bailas en el sitio y la gente jalea a tu alrededor. Puede que alguien grite porque le ha gustado mucho una canción o porque su mejor amiga se casa. La diferencia es que, por suerte, no lo hará en esta noche resbaladiza y de culto a la heterosexualidad. A nuestro alrededor, corrían por las mesas platos de cualquier cosa coronados con caviar y casi todos bebíamos sangría. La metaparodia nos divertía tanto, ¡habíamos pagado por ella! Sueltas, sueltas, sueltas nuestras lenguas viperinas.


Cuando la esfera del sol ya se enmarañaba entre los árboles y se acercaba la noche, el comedor sobre la arena se transformó en una pista de baile para incitar que los grupos, habitualmente diferenciados entre chicos y chicas, se mezclen y socialicen, lo que en inglés se llama mingle. A Benja y a mí nos llamó la atención una chica de ojos azules con un pareo cubista —como su cara— anudado en la cadera, el pelo recogido en un pañuelo y una sombra incierta en el bigote que la diferenciaba de todas las demás. Pero el azaroso mingleteo nos llevó al séquito masculino de una modelo con algo de fama en internet.


—¿Dónde vais luego, dónde vais luego? —preguntó rápido un hombre bajito y peludo, interesado en continuar la noche más allá de los dominios del Barracuda.


—La música está baja, ¿no? —continuó su amigo rubicundo para apoyar la moción y seguidamente explicar— Antes la podían poner más alta, pero lo prohibieron por los pajaritos.


—¡Por los qué?


—¡Los pájaros!


—Ah, claro, sí, la fauna —respondí, y por primera vez reparé en la duna salvaje que nos rodeaba.


Pero nuestro entorno más cercano animaba a pedir otra copa. En el camino a la barra, me crucé con dos mujeres uniformadas en beige que ofrecían masajes a algunos hombres con camisa de lino y bañador. Uno, que había aceptado, lo recibía en el cuello, sentado en la misma silla que sirvió durante la comida. La escena escalofriante me hipnotizó y fue en ese momento cuando me pareció ver por primera vez la sombra de una serpiente cruzando por debajo de la mesa, pero en ese momento ya no podía dar crédito a mis ojos. Pedí tres mezcalitas.


Al volver con el grupo, me encontré con Coral enzarzada con Julio José, el hombre bajito, y peludo, sobre su modo de vida en Dubai como abogado financiero.


—Nooo, no es lo que esperas. Tenemos todo lo que nos gusta aquí: comer, beber, compras… ¡Es la misma vida!


—Lo siento, pero no es lo mismo —insistía ella, que no cede un milímetro de verdad bajo ninguna circunstancia—. Como mujer, yo no creo que pueda vivir igual en Dubai que en Europa.


—Que sí. ¡Aquella! Ella es mi mujer y puede hacer lo que quiera también allí.


—¿Y si fuéramos dos mujeres de la mano?


—Ah no, eso no. Pero lo que te digo es que si te mueves en privado, puedes hacer lo que quieras.


—Ves, pero la ley no lo permite.


—Bueno, una cosa es la ley-ley, el papel. Otra cosa es la práctica —zanjó el abogado— ¿Dónde vais luego?


Yo observaba la entretenida partida de pádel dialéctico cuando un camarero que recogía copas en una esquina se abrió camino a empujones entre la gente.


—¡Sssssssseeeeeeeesserpientes!


La primera reacción, aunque me avergüence, fue la risa. Pero solo unos segundos después una culebra saltó disparada hacia el pecho del pobre Julio José. Juraría que la bestia le atravesó el pecho porque solo recuerdo un agujero oscuro de sangre bajo su cuello. Corrimos despavoridos y al abrirse un círculo a su alrededor quedó al descubierto el nido de cuerpos escamosos y brillantes cuyas testas boqueban buscando presas con los dientes. Eran cientos.


—¡Serpienteeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeees!


Me agarré a Benja y Coral y conseguimos huir hacia una esquina lejos de la primera guarida, pero pronto nos dimos cuenta de que los demonios reptaban desde todos los flancos del chiringuito. El camarero que alertó primero nos extendió la mano para subir a la barra del bar. Dijo que se llamaba Antonio y que era Virgo, mientras nos repartía unos sopletes con los que suelen terminar la presentación de los platos frente al cliente. Ahora, con las mismas llamas, mantenía a las serpientes lejos de nuestra atalaya.


—Fuera, joder, fuera.


—Tenemos que salir de aquí o nos comerán también vivos.


El chiringuito se había convertido en un grumo de arena y sangre. La música ya no se oía, tapada por los gritos que sin duda espantaron a los últimos pájaros de las dunas. Quizás más tarde las aves puedan disfrutar los frutos de la venganza que se han cobrado los reptiles, pensé.


—Si añadimos alcohol y luego flambeamos, podemos abrirnos un camino entre las serpientes. Necesitamos licores con mucha graduación, así que no uséis Jägermeister, que prenderá mal —dijo Antonio, sin perder en la histeria su compostura profesional. 


—Al menos tres botellas cada uno, necesitaremos recambios. Son muchos metros hasta el parking.


No sé por qué elegimos esa dirección, pero nos salvó la vida. Quienes huyeron hacia el mar no corrieron la misma suerte; las serpientes los devoraron en el agua. Coral, Benja, Antonio y yo intentábamos avanzar juntos a la salida, aunque cada uno debíamos manipular nuestras tres botellas, mientras los sopletes prendían un ambiente ya de por sí caluroso y húmedo. Fue por culpa del sudor que la de whiskey que guardaba bajo el brazo se me resbaló y rodó hasta las narices de una culebrilla. El vidrio le había cortado el paso y ya no podía seguir a otras más grandes que reptaban por delante. Vi el miedo en sus ojos negros y en sus movimientos torpes por la confusión. Si fuera del todo sincera, te diría que noté timidez y cierto orgullo en el animal de piel reluciente. Me inspiró ternura y la suficiente confianza como para levantarle la botella para que pudiera reunirse con lo que —decidí— era su familia. Cuando mi mano se acercó, intentó morderla, pero yo, que era mucho más grande que ella, también fui más rápida. Salí corriendo de allí sin atacarla con el lanzallamas. 


A la salida del chiringuito, nos esperaban perplejas las patrullas policiales y el Seprona. Ellos tampoco se atrevían a entrar, pero nos aseguraron que habían controlado ya el perímetro. Pasamos toda la noche respondiendo a sus preguntas e intentando comprender qué había pasado, mientras reconocían los cuerpos de las víctimas y atendían a los heridos. Dicen que la vibración de la música atrajo a las culebras hasta el lugar. ¿Serán sensibles a alguna canción en concreto? Paradójicamente, su acumulación maníaca en este punto de la isla facilitará el control de la plaga. Las serpientes invasoras también eran un problema para las lagartijas oriundas de la isla. Les pobres sargantanes, los pobres pájaros, la pobre culebrilla, el pobre Julio José.


Tu amiga, que calurosamente te espera,

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