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En las hogueras gigantes
Hace dos o tres días volví a escribir una carta y pensé que estas son, en verdad, un objeto extraño.
17 de septiembre 2026
Una cárcel no es un conjunto cerrado, sino poroso —permeable y transpirante—. Por eso, los sistemas carcelarios se han ido expulsando de las ciudades y de un tiempo a esta parte se los desperdiga por el campo y solo logras verlos fugazmente y por la comisura del ojo en los márgenes de algunas autopistas. Los locales experimentan hacia las cárceles un rechazo similar al que se tiene a las centrales nucleares: el miedo a que una brecha los contamine y les pudra el organismo.
Un tópico común entre los presos es que uno puede salir de la cárcel, pero la cárcel nunca sale de uno. Yo no sé muchas cosas, pero por lo que sé, esto es cierto. Mis dieciocho primeros años de vida fui un elemento fijo del sistema penitenciario. Los cinco siguientes, una presencia intermitente, de vacación de navidad y veraneo. Por más tiempo que haga de esto, la cárcel nunca se va de mí.
Entre diciembre de 1992 y septiembre de 2004 habité una penitenciaría extraña y residual, pues continuaba integrada en un pueblo. Aunque yo era minúscula cuando llegamos, ya podía intuir que mi opción más inteligente, si quería tener alguna posibilidad de supervivencia, sería callarme el secreto de mi existencia. Por estrategia esquivé, durante años, los interrogatorios chismosos de las maestras. Salí airosa solo a medias, porque en las cárceles no se queda a hacer deberes ni se celebran cumpleaños con piñatas, y el engranaje de la infancia, para poder funcionar correctamente, requiere transacciones, pactos y reciprocidades.
Mi secreto se destapó de forma trágica en la adolescencia un día en que, al terminar las clases, vi clavado en la puerta del instituto a un tipo al que llamaban el Manquillo, un organismo reincidente, inerradicable de mi cárcel y al que conocía bien porque, como el apodo indica, tenía una mano amputada hasta mitad del antebrazo (y a mí me han fascinado siempre los tullidos).
La fascinación resultó ser mutua, porque el Manquillo decidió pasar ese y todos sus permisos esperándome en silencio a la salida, primero, luego chistándome como se chista a las ovejas o a las perras y carcajeándose mientras se pasaba el muñón con lascivia entre las piernas. Yo miraba al horizonte y seguía andando tiesa en dirección a nuestro mutuo domicilio, sin alterar el ritmo, con el estómago revuelto, pero digna.
La cosa se repitió durante un tiempo, hasta que comprendí que mi resolución engreída de no hacerle caso no iba a matarlo de indiferencia. Con esa revelación vino el miedo a que se le acabase la condena, y la autocontención con ella, y dejase de satisfacerse con orbitarme solo. Así que canté, por fin, sintiendo que al hacerlo desvelaba también una roña pegajosa de la que solo yo era culpable, y me lo desaparecieron.
El problema fue que el daño estaba hecho para entonces: me había convertido en material reactivo, una piedra fosforita de yodo-131 y cesio-90 rebotada de Chernóbil. Tóxica en el corto y largo alcance. Por fortuna —y porque la vida no es un audiovisual de Andrea Arnold— mi caída en desgracia coincidió con la llegada de internet a la cárcel. No todo sale mal siempre.
El internet del 2000 era, en esencia, lento y chisporroteante y una papilla amorfa de posibilidades a la espera de quienes decidiesen moldearla. No fui yo. Pero sí supe averiguar las mecánicas sociales y a pocos días de tenerlo en casa ya era miembro de decenas de comunidades de MSN donde hablar de cualquier cosa e inventar la pertenencia a ecosistemas distintos al carcelario.
De entre todas las salas, mis preferidas eran las que tenían algo que ver con la escritura. La dinámica, desde aquí, resulta rocambolesca y fascinante. Los participantes tomaban por turnos el panel central para escribir sus cosas. Era, ojo, un ejercicio de tecleo —no de copia-pega— que llevaba su tiempo, como lo lleva recitar poemas en un micro abierto. El resto iba leyendo —¿escuchando?— en silencio, y al terminar había ronda de aplausos, felicitaciones, pura kindness, lo juro, puro algodón suavísimo y caricia hacia textos que el internet de hoy despiezaría con saña y arrojaría a los cerdos.
En esa, como en tantas ocasiones, yo mentía con vileza, porque mentir y ocultar —ya se ha visto— han sido mi estrategia adaptativa de preferencia, mi cimentación biográfica. Como no sabía escribir, pero estaba viciada de embuste, en lugar de conformarme con espectar salía a escena y plagiaba ruinmente, con modificaciones ligeras, textos que me gustaban y que consideraba suficientemente oscuros como para dar el pego —no lo eran—. Hoy podría defender que esto que hacía se llama intervención, fanzineo, pero en el 2000 estaba en déficit de aura y no conocía estas palabras, así que escribía culpable y enralada de excitación por terror a que alguien me descubriera, me denunciara al moderador y me cerrasen la puerta en la cara.
Los procesos de las comunidades literarias de MSN no se diferenciaban en nada de las de los jugadores de Los Sims o las tanatofílicas enamoradas de Kurt Cobain. Al menos en lo que toca al tratamiento de las usuarias con tufo a púber y nn inequívocamente femenino: al poco de estar ahí recibías solicitudes privadas y, si te enredabas con ellos (masculino intencionado) no tardaban en proponerte la transición —la foto, la llamada, la cita— a un plano cada vez más físico.
[O tal vez no fuese una cosa sexual, o no del todo —sexualidad había, y pedofilia—, sino el propio internet del 2000, esa potencia pura, rebosante, queriéndose salir de la pantalla.]
Lo que sí vi exclusivo de los grupos de escritores fue la propuesta de volcar ese surplus de intimidad en correspondencia a la Madame de Sévigné. La de confidencia y desahogo en papel, tinta y matasellos sobre cara de monarca.
El tema de la correspondencia era para mí un problema, de nuevo, de revelación de identidad, de derrumbe de una farsa edificada con esmero y fantasía; pero también un deseo incontenible de objeto, táctil y olfativo; del rastro desvirtualizado de mis correspondientes.
En la puja entre el miedo y el deseo yo cedo siempre a este último, así que accedí. Con timidez primero, luego obsesa. Es un lugar común de la ficción cinematográfica el de la correspondencia en el presidio. El condenado a muerte por delitos mórbidos y salvajes que colecciona cartas de admiradoras fascinadas por su halo y por la fantasía gelatínica de redimirlo. Relaciones inconcebibles en el mundo normo se toleran en el medio diferido de la escritura. Yo no sé mucho de nada, pero por lo que sé, esto también es cierto.
A nadie pareció importarle el detalle de mi residencia. O pudo ser que: les importara mucho y fuese ese el motivo de verme inundada de correspondencia que llegaba y salía con frecuencia diaria, y no solo cartas, paquetes de dibujos, películas, discos, cómics, pulseras de hilo, conchas de playa, bibelots extrañísimos, tiernos exvotos que sorteaban los controles de estupefacientes antes de acabar en la garita donde los recogía cada tarde a la vuelta del instituto y donde dejaba, a la mañana siguiente, mis reciprocidades listas para su envío.
Al contrario de lo que tendía a ocurrir si compartía mi número, jamás intuí obscenidad (sí amistad, y erotismo) en mis conversaciones epistolares, y eso que me escribía con un grupo extensísimo y diverso de personas que incluía, también, a hombres mayores y solitarios. Siempre fue medida y delicada. El placer volcado no tanto en el receptor como en el contenido y su receptáculo.
Hace dos o tres días volví a escribir una carta y pensé que estas son, en verdad, un objeto extraño. Como el habla, como las palabras que salen de mi boca cuando estoy frente a frente con el hablado, será irrecuperable una vez la envíe. Perderé mi derecho de propietaria de mi porción de diálogo. En tanto que las palabras salen de mis dedos, sin embargo, la carta es también proyectable, monumental y permanente. ¿Es una simpleza esto que digo?
Luego por la noche leí que, poco antes de morir, atormentado por el futuro de su imagen, Henry James encendió en su jardín, dice él, a gigantic bonfire donde quemó sus archivos, incluida la correspondencia recibida a lo largo de una vida. Después (o antes, me lo invento) escribió a sus colegas de pluma para pedirles el favor de ser discretos y de que hiciesen lo mismo con la suya. Quería ser dueño de sí después de muerto.
Poco antes de salir de la cárcel, en un intento de sacarla de mi organismo, de purgarme para ser dueña de mí en vida, hice algo similar. Me deshice de mi archivo de cartas y de mis correspondientes. Ignoro si alguno de ellos guardará todavía las mías.
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