Libros

Por dentro y por debajo de la piel

Rousseau y un truco estético, performático, para borrar la culpa.

27 de agosto 2026


«No es mentira, es ficción»

Quatrième promenade, J. J. Rousseau



Como toda cobarde patológica, tengo tendencia al desliz. Por eso miento más de lo que quiero, casi nunca doy la cara, cedo cuando debería plantarme y, en fin, se me puede acusar de porquería de la buena, pero no de ser dualista. Es curioso que en mi museo de terrores no esté ese miedo narcisista a deshacerme en polvo; si puedo elegir, prefiero mil veces la nada a duplicar el cosmos.

Si tuviera que jugar a la doble sustancia, en uno de esos juegos de sobremesa, por ejemplo, rodeada de comensales más audaces que yo, diría que mi cuerpo tocó el fondo de la vergüenza una noche de invierno de 2010 en Madrid, cuando resbaló en la hierba mojada al atajar las Vistillas por la ladera y cayó bocabajo en un charco humeante. En lo que toca a mi espíritu, la elección es más compleja; la confesión de la culpa, más humillante y dolorosa. Pero… ¿dónde duelen los dolores de lo intangible? ¿Será esa la refutación definitiva del materialismo?


La cronología es la siguiente: a causa de una apoplejía, esa acumulación de energía que fue el individuo-Rousseau se dispersó un 2 de julio de 1778 y siguió su ciclo, se transformó en otros cuerpos. Cuatro años más tarde, con sus despojos bajo suelo, se hizo pública la parte I de su obra más húmeda: Les Confessions. En 2026, desnuda sobre el colchón, transpirando las sucesivas olas del verano más caluroso de mi historia, con las fuerzas justas para pasar de página, he experimentado el furo gozo de leerlas. No es una dicha que me resulte extraña; ¿no os pasa? Siento debilidad por la autoficción.

Quiero pensar, no obstante, que mi paladar es fino y no degluto cualquier cosa. En la era del fast food, yo solo como good shit. Se trata esta de una pasión monotema, ineludible. Me intriga el género en sí, no sus lectores adictos al voyeurismo. Es más bien la exactitud, o no, del nombre, sus fronteras —si las tiene— y, sobre todo lo demás, el impulso de escritura: ¿qué mueve al autonarrado a exhibirse así? Más allá de egocentrismo o ansia de publicar fácil, se entiende. Ya os he dicho que me gusta lo gourmet.

Va casi para un cuarto de milenio del momento en que Rousseau decidió su experimento: hacer de su vida un relato, mastodóntico y explícito al sonrojo, con el que descubrirse a sus semejantes para que estos lo conozcan intus et in cute, hasta el fondo, por dentro y por debajo de la piel. Antes de la suya hay ejemplos notables de narraciones intimistas basadas en la bio propia; después de ella (y con toda probabilidad bajo su influjo) la corriente ha sido constante, a pesar de su intuición: «Emprendo una tarea de la que jamás hubo ejemplo y que no tendrá imitadores». Juas.

No me extraña, la experiencia de lectura enloquece por momentos. Desfilan por sus páginas un conjunto de tipos de lo moralmente abyecto y la sexualidad oscura encarnados en un mismo personaje: solo él («Yo solo. Siento mi corazón y conozco a los hombres: no soy como ninguno de cuantos vi, y aun me atrevo a creer que como ninguno de los que existen»). Algunos de los hitos del defensor del buen salvaje ya son fósiles, anécdotas: el abandono de sus hijos a la entrada del hospicio o el robo de la cinta rosa y plata del que culpa a una criada para sacudirse el muerto —triste Marion, ya sabes, no te fíes de un filósofo—. Otros no me los podía ni imaginar.

Tres chucherías de muestra, para abrir boca:


A veces, en su misma presencia cometía extravagancias que sólo el más violento amor parecía capaz de inspirar. Un día, en la mesa, en el momento en que había llevado un bocado a la boca, exclamé que había visto en él un cabello; ella lo dejó caer en el plato, y entonces yo lo cogí con avidez y me lo tragué.

*

Veo el objeto y me atrae; pero si sólo percibo el medio de conseguirlo ya no lo deseo. Por consiguiente, he sido ratero y aún lo soy en la actualidad alguna que otra vez de minucias que me seducen y que prefiero coger a pedirlas.

*

Buscaba pasadizos oscuros, sitios ocultos donde pudiera mostrarme, de lejos, a las miradas de las mujeres en el estado en que hubiera querido verme a su lado. No era el objeto obsceno lo que veían, ni yo pensaba siquiera en ello, sino el ridículo. Es imposible describir el placer imbécil que experimentaba ofreciendo este espectáculo a sus ojos.


Eh, no juzgo, cada uno es como es. Tengo el convencimiento de que los puros no existen y, por eso, no voy a ser yo quien repudie al cleptómano, moroso, cobarde, aprovechado, embustero, masoquista, vanidoso, parafílico de Rousseau. Si es que hay algo condenable, no es que Rousseau no sea recto, sino ese empeño en justificar sus torceduras de carácter en heridas de la infancia, qué bajón.

En compensación por la flojera autocompasiva, nos regala una concatenación de aventuras por la Europa central coloreadas con mimo, es jugón con las temporalidades, gracioso en la autoparodia y el patetismo. Y, lo mejor, confecciona en filigrana:


En la empresa a la que me he lanzado de mostrarme enteramente al público es preciso que no quede oscuro u oculto nada mío […] Ya doy bastante materia de crítica a la malignidad de los hombres con lo que refiero, para darle más aún con mi silencio.


¿Por qué siente Rousseau el impulso de escribir su autoficción porno? Él no rehúye la pregunta, si bien trampea la respuesta. Dice a veces, como arriba, que se trata de corregir su descalabro entre los enciclopédicos; otras, de desvelar la humana esencia: «Quiero descubrir ante mis semejantes a un hombre con toda la verdad de la naturaleza, y este hombre seré yo» (¿pero qué utilidad científica podría tener el estudio si alardea de caso único en la especie?); incluso, una excusa hortera, que estas memorias son su equipaje afterlife: «[...] puse mi alma de manifiesto tal y como Tú la has visto, ¡oh Supremo Hacedor!».

Llevamos tiempo conviviendo, no me engaña. Más bien —perdón por el psicoanálisis de banco del parque y pipas Tijuana— me parece que a esta obra se le filtran por las grietas toneladas del disfrute líquido y viscoso que segrega la exposición pública. Hay un placer acuoso en revelar la culpa. Desocultar el crimen. Diseccionar, detallar, anticipar la indignación del lector y revolcarse en ella. Alguien podría objetar que no hay nudismo real en la publicación post mortem. Pero es que Rousseau, según documenta la correspondencia de los asistentes, organizó varios eventos en salones de París durante los años de escritura para recitar su manuscrito en sociedad —con el esperable revuelo, que acabó en veto policial a las reuniones—. Lo específico del caso impide la extracción de conclusiones universales a la pregunta con la que empezó todo esto: ¿es el motivo último de la autoficción de Rousseau su filia exhibicionista? Es plausible. ¿Son todos los autonarrados un poquito perversos? Quiero pensar que sí, pero me temo que no está claro. En cualquier caso, el que guste o no su autor de airear la lencería no desmerece la obra.

A estas alturas pensarás —estoy segura— que mi afición a las memorias no es nada primorosa; lo que ocurre es que me muero por el chisme y, si es mórbido, mejor. Lo niego: el contenido, para mí, es meramente comestible; es la forma la que nutre. Tan cierto es que Rousseau, en general, es flemático, ególatra, con intereses espurios tras el disfraz confesional, como que en ocasiones muestra una capacidad de autoanálisis delicada y, me atrevería a decir incluso… ¿honesta? Si no con la realidad, con su modo de entenderla. En esa brecha está la piedra de toque.

No pretendo hacer exégesis. Solo diré que, como ocurre casi siempre, el brillo es perceptible cuando escribe para sí, olvidando el maquillaje, la cita con el lector. Es incomprobable, claro. Habrá que seguirme a ciegas o leerlo y bajarse al barro conmigo, pero diría que se ve, por ejemplo, cuando explica la vergüenza que lo lastra desde niño. Le creo porque estoy ahí, con los vergonzosos y los avergonzados, nos reconocemos de lejos.

Hay bastantes candidatas, pero así, a bote pronto, diría que el fondo de la vergüenza corporal lo toqué en Madrid, esa noche de invierno en que caí de boca en un charco tibio. Al levantar la frente, vi en lo alto a dos amigas en cuclillas con las bragas por los tobillos, cogidas de la mano, meando al unísono sobre mí. Esta vergüenza de mi cuerpo, no obstante, no me resulta gran cosa, no me avergüenza realmente. Es fácil de confesar. En lo que toca al carácter, en cambio, soy flojita, me abandono y hago cosas bochornosas que jamás recitaría por los salones (o escribiría por aquí).

Es paradójico con la premisa del proyecto que Rousseau se defina retraído una y otra vez, y vuelta a empezar, en su autobiografía obscena, al tiempo que declara que ese rasgo de carácter le coarta la escritura, pues le impide relatar con precisión:


La exactitud en escribir ha estado siempre por encima de mis fuerzas; cuando empiezo a dejar pasar tiempo, la vergüenza y la dificultad de reparar mi falta me la hacen agravar, y ya no escribo.


Sorprende y no, porque lo que Rousseau hace aquí no es confesar los hechos en honor a la verdad. Ni conciliarse con quien fuese, ni hacer ciencia. Ni perseguir siquiera ese picor genital de mostrar su intimidad «de lejos, a las miradas», aunque este plus hedónico digo yo que algo le renta. Lo que le mueve a iluminar sus bajezas y escribirlas en detalle es el deseo irrefrenable de registrar lo que pasó y, al ficcionarlo, hacerlo historia, convertirlo en otra cosa más pasable. ¿Pues qué es una ficción sino la destrucción del vínculo entre discurso y referente? Del resto se encarga el tiempo: el texto fijo en papel, objetual y perdurable, acabará por suplantar lo que fuera que hiciese su autor en vida. Porque la autobiografía —que es siempre autoficcional— no es verdadera ni falsa, sino amoral e irresponsable. Un truco estético, performático, para borrar la culpa.

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