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Luis Chaves (los tres editores)
Este verano es el tiempo de ponerse al día con estos dos. Agónicos pero vivos.
11 de agosto 2026
Este verano es el tiempo de ponerse al día con estos dos. Agónicos pero vivos.
Libro: anotaciones mientras leo Salvapantallas:
Es como la poesía, hay que leerlo despacio, volver, fijarse, pero con alegría liviana, no con esfuerzo.
Digo, la poesía alegre de América Latina, de Nicanor (el otro Parra), de Gonzalo Millán, de Lihn, de Carlos Pardo, nuestro (hablo desde España) poeta latinoamericano.
Esta es la novelita del poeta. Novelita > Novela.
Hay una idea de Ignacio Echevarría, creo que leyendo a Rilke, en que habla de la novela lírica como una de las principales vías de salida del asco de narrar —concepto que comienza con Flaubert pero que al parecer fue Musil el que le puso la etiqueta. La otra vía, para salir de ese bloqueo narrativo, la de Musil precisamente, sería la novela del pensamiento, la épica de las ideas —y esta etiqueta en cambio es de Valéry, quien decía que la gran novela moderna era el Discurso del método de Descartes.
Perdón la digresión. Chaves, por lo de novela lírica era.
El libre uso emocional y narrativo de la gramática en Chaves. No es una frase grandiosa, es flexible, libre, alegre y muy muy precisa, con soltura anti-natural, no con esfuerzo rigorista. Esta frase flexible en la prosa española no la encuentras ni a golpes. (Quizá Pardo, de nuevo; recordatorio: tengo que leer su prosa).
Ligereza traviesa tierna sonriente.
La alegría libre de lo poético latinoamericano frente a nuestro rigorismo grotesco, cursilería, o solemnidad; el agotamiento de la poesía.
No hablamos, y deberíamos, del agotamiento de la poesía. Y recuperar la ingenua y caprichosa pero con el tiempo muy certera frase de Roberto Bolaño: La mejor poesía del siglo XX está escrita en prosa, en Joyce, en Faulkner, en Woolf, en Proust.
Hoy, en el XXI, podríamos decir: la mejor poesía está en ensayo, en crónica, en no-ficción, en alguna autoficción, en definitiva en la memoria. Por eso la mejor no-ficción la están escribiendo las poetas (Maillard, Gorría, Nieto, Fernández Lao, Miguel).
Eso no lo vio Bolaño pero también lo dijo sin querer: Al final es el ejercicio de la memoria, pero no el ejercicio de la memoria como dietario autocomplaciente, sino como ejercicio muy trabajado sobre el material narrado y el texto. ¿No es acaso Anatomía de la memoria, de Eduardo Ruiz Sosa, la mejor novela de lo que va del XXI? Ahí está todo.
Salvapantallas y Vamos a tocar el agua son una novela y una crónica de viaje de Luis Chaves. Publicados en 2014 y 2017 respectivamente, han sido al fin editados en España, en el 24 y 26 respectivamente, por una de esas pocas y pequeñas editoriales (los tres editores) que hacen que nuestro sistema literario siga vivo. Agonizante, pero vivo.
Me consta y lo publico porque sé que es público, que en septiembre publicarán también la nueva novela de Chaves, por fin en directo en España y no como rescate. Podemos celebrarlo. Este verano es el tiempo de ponerse al día con estos dos, antes de la fiesta. Agónicos pero vivos.
Solo se puede escribir el sexo como chiste. ¿No es un chiste en sí mismo “escribir el sexo”?
Zambra sea quizá el primero en sintetizar esto, quizá con el antecedente prehistórico de Levrero, este aún sin darse cuenta. Luis Chaves es una versión menos sentida y más: única? libre? seca y chistosa? radical? racional?
En un punto perfecta en sus errores e imposibilidad únicas.
Combinatoria? moderno? Qué horrible palabra “moderno”, qué inútil se ha vuelto, pero peor es “contemporáneo”. Sí: más contemporáneo hoy ya ahora fuf.
Sutilidad: un concepto de radicalidad poco valorado (por mí mismo al menos) quizá debido a lo fácil que es fingirla mal. Pero cuando se hace bien sutilidad=radicalidad.
Y la tristeza igual.
“Movimientos raros que nadie ha documentado, no tienen categoría, no tienen nombre”, dice Chaves en un momento de su texto. Esa frase vale para su género literario. Para adjetivar su texto. Para designar lo que escribe: “Movimientos raros que nadie ha documentado, no tienen categoría, no tienen nombre”.
Sintaxis Chaves, ejemplo 1: “Cosas pasaban en el mundo, incluso en el país”.
ejemplo 2: “VIERNES 18 DE OCTUBRE
Apenas volvíamos a la vigilia, con medio pie en el umbral del sueño, dice Mariajo: «Ese pájaro no canta: estornuda». Y es así, amiguitos, como se construye buena parte de la poesía universal; bueno, occidental; ok, regional. En fin, la que trato de escribir.”
Cuaderno: reflexiones al terminarlo:
Ha costado mucho integrar ese invento de los viejos maestros, Baudelaire y Rimbaud, que llamaron “poema en prosa” (jodiendo el asunto con tan lábil nombre). Ha costado mucho integrar el alcance y profundidad de su transformación, muchas veces reducida a la simple prosa poética o a los aires líricos en la narración. Ha costado mucho sacar a la luz la transformación radical y estructural de la escritura de esos dos poetas, que no ofrecen nada parecido al lirismo superficial para la novela sino que mueven las placas tectónicas de la prosa occidental. Flaubert es una conclusión de algo, un funeral. Estos dos fundan, germinan. Está luego en Brecht, en Gide, en Duras, en Lowry, en Nelson.
Creo que hace ya décadas algunos escritores latinoamericanos han consolidado ese quiebre y llevan a cabo poéticas/escrituras que se hacen cargo de veras del cambio. Sus prosas son de verdad poesía, no porque sean poéticas, sino por cómo miran, por lo que ven. El ojo del esplín, las visiones del infierno.
Lo que nos cuesta todavía mucho es verlo a los lectores, entender qué está ocurriendo en el terreno de la prosa a la que aún no sabemos llamar de otra forma que novela. Nombrarlo, ese es el gran problema. Cómo nombrar esto, que ya lleva siglo y medio ganando terreno.
Nicanor Parra con ciertas escenas de los artefactos, y ciertos tonos de los discursos. Julio Ramón Ribeyro en Las prosas apátridas y Los dichos de Luder. El microcuento de Arreola o Monterroso. Las prosas quebradas e inclasificables de Mario Levrero o Héctor Libertella. El Bonsai o el Facsímil de Zambra, algo de esa concreción tan simple y cierta. El ensayismo por postales de María Negroni o las fábulas patafísicas de Pablo Katchadjian.
A partir de hoy sumo a estos las prosas de Luis Chaves, igual Salvapantallas que Vamos a tocar el agua, demostrando cómo además las etiquetas de novela o crónica a estas prosas solo pueden ser en el mejor de los casos una orientación vaga para el mercado y quien tenga dudas de si quiere leerlo, y tampoco debería elegir por esos motivos. Debería leerlo y punto. Confirmando también que la barrera ficción / no-ficción es una catalogación que no debería haber entrado al siglo XXI.
Estos dos libros, y algunos de los de dos párrafos arriba, constituyen lo más radicalmente nuevo y propio de lo que creo que algún día, quizá en 2467, entenderemos o entenderán que fue la literatura del siglo XXI.
El problema siempre es nombrarlo. Quizá haya que esperar a que pase todo y se entienda.
Quizá alguno de estos escritores, cuya principal capacidad es ver lo que otros no vemos, pero más aún, darle una palabra, darle su palabra, puedan encargarse de etiquetar su literatura: ¿Cómo llamarían, queridos, a esto que hacen?
No creo que tampoco tengan interés en esta tarea tan pedestre de demarcación. Están atentos a temas más complejos e invisibles.
Libro: anotaciones mientras leo Vamos a tocar el agua:
Leyendo a Chaves y sus historias con su hija LaMenor y su culpabilidad y mugre anterior, siento emociones. Yo siento muy pocas emociones leyendo. No soy un lector emocional, ni me interesan las personas demasiado. Con Chaves siento muchas emociones. Emociones muy inteligentes y graciosas y generosas, es decir, trágicas.
Y lloro con él. Incluso lloro con él. (Solo recuerdo llorar antes con Scott Fitzgerald, al final de Suave es la noche).
Ser padre te vuelve cursi y mañoso, pero pobre nena (escena en que LaMenor no es aceptada en las guarderías de Berlín por llegar a mitad de curso, y además de llegar a un nuevo país no puede estar con niños de su edad, y cuando en las guarderías dicen que no hay hueco la nena pregunta: “¿Por qué dicen que no hay lugar? Soy muy pequeñita, yo quepo ahí.”).
Y pobres padres. LaMenor llora cada noche, ahora que ha sido aceptada en una guardería y no quiere ir. XD
Cada vez me interesa más esta sencillez emocional de vivir y menos las aristas mentales del pensamiento abstracto. Me estoy ablandando. No digo que sea mejor una cosa u otra. Solo prefiero. Se me está ablandando el cerebro. Será la paternidad.
Blando>Duro.
Chaves narra una tarde acompañando a su hija pequeña, LaMenor, a natación: “...cada tanto levantaba la vista para ver a LaMenor al otro lado del grueso cristal siguiendo las indicaciones de atletas —hombres y mujeres— que trataban de enseñarle a no morir en uno de los cuatro elementos primordiales”.
Encuentra expresiones muy únicas este señor, que conectan universos alejadísimos, con una gracia densa pero veloz, una personalidad como de amigo cercano.
Uno lee a Chaves y cree reconocer perfectamente su personalidad, como los chistes de un amigo cercano, que significan muchas más cosas de lo que dicen y otro recién llegado no podría entender de fondo. Esa gracia íntima logra Chaves en pocas páginas.
Y esa muy personal tajada le permite conectar vestigios nazis, el poco ruido que hacen los alemanes en la calle, piscinas públicas, Herta Müller, los cuatro elementos primordiales, su pudor encubierto entre guiones cuando habla de sí mismo como-escritor-reconocido, y otras minucias diarias y eventos históricos, culpabilidad y compromiso político.
Ahora lloro con la tonta muerte de su amigo feliz frente al Pacífico. La gente feliz no debería morir.
“Escribo, borro, voy de nuevo sobre lo borrado, borro un poco más. Cuando borro no se va todo, quedan algunas palabras”. Este me parece el proceso de escritura correcto: borrar, a ver qué queda.
Encontrar la práctica de la escritura, encontrar la costumbre del boceto, encontrar la escritura. Escribir. Encontrarte escribiendo. Eso es lo más difícil, y una vez has conseguido situarte ahí, encontrarte ahí, ya es todo fácil y solo hay que seguir moviendo la mano. El libro está hecho. Ya llegará luego la maquetación y corrección para ver qué es eso y cómo se compone. Pero entonces el libro ya está hecho. Ya está escrito. Aunque todavía no sepas que es.
El otro problema es que con cada libro hay que empezar todo el proceso de nuevo y va a ser completamente distinto, y si intentas encontrarte en el mismo sitio donde te encontraste la última vez escribiendo, nada va a pasar ahí. No servirá. Hay que volver a dudar, y buscar, y hacerlo todo sin saber cómo.
De Vamos a tocar el agua no voy a comentar mucho porque soy padre y mi empatía tierna con el Luis Chaves padre y mi admiración absoluta de su capacidad para capturar no solo la escena, sino la emoción, la ternura, la ironía y el dolor de la paternidad, y el miedo, y la culpa, y el amor, y la admiración, y la incoherencia, y el ridículo (veis, fatal), me van a hacer caer en una cursilería pegajosa en la que de hecho ya he caído y preferiría cortar aquí porque la verdad no me interesa ni creo que interese a nadie. Solo citaré un párrafo:
“En Alemania no toman la cerveza fría, le quitan apenas la temperatura ambiente [...] A cinco grados centígrados como máximo se toma la cerveza. ¡Háganme el foquin favor!”.
Para terminar.
El final del libro es cursi y cae en tópicos, cosa que no le he visto a Chaves en ninguna página de sus dos libros de prosa que me he leído seguidos en tres días. Ni una sola página de cursilería hasta estas últimas. Pero mira, la emoción es la emoción, y está todo bien, ¿no?, por habernos hecho sentir tan matizadamente. Ok. No hay problema. Tú sí, te debemos tanto.
De hecho no son las últimas páginas. Son las penúltimas. La última página de Vamos a tocar el agua está muy muy bien. Léanla.
Consideración final:
No hay mucho que añadir. Han pasado unos días desde que leí los dos libros de Chaves en las ediciones españolas de los tres editores. Su prosa solo crece en mi cabeza. Me gustaría escribir poesías que fueran fábulas de unos pingüinos que sí vuelan y luchan en contra del capitalismo. Esas pequeñas viñetas serían una forma de poesía animista, cómica, política, en prosa, claro, que me hace gracia en mi cabeza. No creo que lo escriba. Pienso en Luis Chaves y en ciertos hallazgos de su prosa que aún no alcanzo a entender, que ya he dicho, están relacionados con Parra, Levrero, Libertella, tal y tal, aunque en Chaves tienen una acidez que no veo tan clara en los otros, que me interesa para escribir estas prosas/prosa en general.
Creo que en España solo Vila-Matas con sus abismales diferencias escribe prosas asimilables, y esto es una obviedad. También Carlos Pardo, que es otra obviedad y el propio Chaves lo cita en sus libros. Aún siendo obvio me apetecía señalarlo; no hay mayor consagración para un escritor español que ser leído por sus compañeros aventajados americanos.
Temo su nueva novela, la de Chaves.
Siempre me pasa con los autores que me gustan mucho y siguen en activo. Estoy temblando que la caguen. Estoy impaciente por que salga la nueva novela de Chaves. (Yo jamás le llamaría novela a estas prosas).
La leeré con ansiedad.
Último apunte: Luis Chaves fija otra pieza clave en mi genealogía personal de la anti-novela.
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