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Pajaritos preñados, Andrea Abreu (Anagrama, 2026)
La autora que más ha gustado en la última década se retira en silencio siete años y vuelve con un librazo difícil que no va a gustar a nadie.
22 de septiembre 2026
En 2020 irrumpió una voz y una autora con un libro breve y rítmico, que dejó una huella imprevista, que se ha ido profundizando con los años y cuyo recorrido está aún por ver hasta dónde alcanza.
Nadie esperaba algo así, y no es que la transcripción de la oralidad sea una novedad en literatura, pero apostar a una voz rota y bastarda, además de infantil y no unificada, una autora joven y desconocida, y además llegar al gran público con esta apuesta casi vanguardista sí supuso un fenómeno sin precedentes.
Ha pasado ya tiempo desde que apareció Panza de burro y su presencia no ha dejado de crecer a ritmo lento y constante. Una novela de la que se habla cada año un poco más y con el tiempo la profundidad del surco hace pensar que ya no se va a borrar fácilmente. Incluso con herederas que han ido horadando el camino. La mejor, Calabobos, de Luis Mario, que traspuso no solo la voz sino el imaginario del canario al cántabro, y supo aprovechar la ola del año en que se volvió a hablar de realismo mágico (aunque quizá tenía más que ver con el folklore). Otras, como Toda mi violencia es tuya, de Carolina Yuste (en la editorial Barret igual que Panza de burro) confirmaban que no es tan fácil de hacer el truco de “escribir como se habla” y que no vale con transcribir lo que una recuerda que se decía “en tal pueblo de tal zona con tal edad” y punto. Que la fuerza de la voz no está tanto en copiar como en crearla. Y que eso es literatura y requiere un dominio, una técnica, un esfuerzo y también una gracia, pero no vale solo con la gracia.
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Hay escritoras que pueden escribir un buen libro, incluso un gran libro, “muy bien escrito” y todo eso, y luego hay grandes escrituras.
Andrea Abreu confirma con este libro tener una gran escritura. Una escritura amplia y capaz. Una herramienta de trabajo poderosa. No solo una gracia inteligente y disidente para el juego y la ternura (valores nada desdeñables, incluso necesarios para una gran escritura, pero menores si son el único registro de un autor y se repite cada vez; como es menor cualquier registro si es siempre el mismo y solo ese). En este libro se despliega una maquinaria narrativa, un dominio poderoso de la prosa, una voz propia y flexible, capaz y dueña de la lengua en todos los registros. La inspiración y el estilo del maestro Juan Benet no están en discordia con la radicalidad y politización de la lengua y las identidades y la disidencia. Y cuando se combinan, como en Abreu (y como en el propio Benet) la frase se vuelve versátil, asfixiante, liberadora, musculosa y liviana según se necesite, en una empresa mobydickesca de empleo de materiales y torsión de la escritura hasta sacarle todo el jugo, a base de fuerza y estrujamiento, claro está.
Pajaritos preñados confirma a una autora duradera y relevante, no solo una buena escritora que demuestra su calidad con un libro bueno (Panza de burro), sino una escritura que avanza y domina los territorios que explora a la vez que se atreve a deslizarse en la penumbra, allí donde los peligros crecen, la incertidumbre angustia y el precipicio acecha en cada esquina. Allí hasta donde los demás no se atreven a ir, allí se adentra Abreu. No siempre sale bien, si fuera fácil lo harían todos, pero el riesgo es un valor cuando la norma es ir a lo seguro, y cuando la autora contaba con todas las circunstancias, posición y privilegio (bien ganado) para ir a asegurar con esta segunda novela y buscar un segundo pelotazo. Parece que ha hecho lo contrario. Ha ido hasta el final de sus recursos y demuestra su poderío poco habitual, la madurez y evolución de estos años, el paso de una voz fresca en una voz tersa, que esperemos siga avanzando y llegue a más, y a más, en futuras entregas. Breves, largas o medianas, eso da igual, pero con una prosa que crece, se explora y cambia cada vez siendo la suya indiscutiblemente. Va allí donde no va nadie más.
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¿Cómo hay que dominar una lengua y una frase para poder introducirle tantas palabras que la mayoría de los lectores no conocemos y que aun así su expresividad quede intacta, tanto que el poderío de esa expresividad sonora consiga hacer comunicables el mensaje y la emoción y la atmósfera social y verbal que se está habitando en esos párrafos?
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Abreu entiende que los pasajes donde el léxico es más florido y regional, hundido en las raíces (casi arqueológico por momentos), esos párrafos deben ser ordenados y sintácticamente correctos. Aunque a veces sean barrocos, no se rompe la estructura interna de la lengua. En cambio, cuando aplica el juego de voces y dentro de la misma frase cambia en género y número la voz enunciativa y se insertan diálogos entre varios en una sola oración, entonces el léxico es sencillo y concreto, accesible a cualquiera. Los escritores de vanguardia pueden quebrar la lengua por la parte léxica o por la parte sintáctica, si haces las dos rupturas a la vez te sale un Finnegans Wake. Eso Abreu lo sabe, lo controla y lo gestiona con precisión.
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Por otro lado, es un ejemplo perfecto de la literatura flujo, de chorro épico, de voz prosódica, que, efectivamente, tiene en Juan Benet uno de los primeros representantes de nuestra literatura.
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Y bueno, luego está lo de la trama y los temas. Son interesantes y hay sinópsis bien resumidas en internet. Pero si les interesa eso hay otros libros mucho peores que se entienden mucho mejor y nos van a gustar más porque nos dan lo que queremos, lo ponen fácil y listo.
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Aparte, y ya termino, saliendo del texto de nuevo, hay una posición política-literaria que no puedo admirar más. La autora que más ha gustado en la última década (y con un buen librito, como es Panza de burro, un buen librito sencillo y gustoso) se retira en silencio siete años y vuelve con un librazo difícil y que (sabe, lo sabe perfectamente y decide hacer así) no va a gustar a nadie. Este libro no puede gustar (si entendemos por gustar aquello que nos da lo que ya sabíamos que queríamos y nos es fácil disfrutarlo). No creo que sea mejor un libro difícil que un libro fácil. Sí creo que en este sistema literario capitalista, tener la oportunidad de aprovechar un éxito previo y decidir ir por otro lado, por el lado que nadie quiere, para seguir tus convicciones acerca del texto, es una decisión política, política-literaria, casi única y admirable hasta extremos casi cursis.
Lo mismo tengo que decir del sello en que se publica. Si en varias ocasiones he atacado a Anagrama, directamente o de forma implícita, por su deriva comercial o por decisiones simplificadoras que a mi entender iban en la dirección de facilitar el libro más que de mejorarlo, en esta ocasión tengo que alabar y admirar la decisión editorial de apostar por un monstruo literario de esta complejidad y calidad. Permitir a la autora una apuesta tan arriesgada y radical y que ese texto llegue a conformar finalmente este libro de tanta calidad es mérito también y mucho de los editores (igual que es culpa cuando los libros salen tan malos). Según mi percepción (muy parcial) este era el libro más esperado por parte del público atento de los que ha publicado Anagrama este año; según mis conversaciones (que pueden ser poco representativas) es el que más ha decepcionado al público medio que tanto adoró Panza de burro. Que corrían este riesgo lo sabían Abreu y Anagrama, que hayan apostado igualmente por una obra literaria radical lo celebró profundamente. Para mí es el mejor libro que ha publicado Anagrama este año (de los que yo he leído, pero he leído unos cuantos).
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Pero resumiendo. Vayan a una librería, cojan el libro de Abreu, lean las tres primeras páginas para ver la prueba de todo esto, a qué me refiero con prosa poderosa, politización de la lengua dialectal, literatura del flujo, tal, y entonces ya decidan si quieren caer en sus garras de águila real o prefieren salir corriendo.
¿Qué opinas?
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