Libros

Hablemos de Harwicz

Esté uno a favor o en contra de sus afirmaciones, el debate pivota en torno a los límites de la libertad de expresión, y ese es el fracaso de la desinvitación.

25 de septiembre 2026


Yo pensaba que la izquierda era mucho más sofisticada a la hora de ejercer la censura. A diferencia de los mecanismos represores más propios de la derecha —tan burdos, con sus censores tachando párrafos a la luz de una triste vela—, la izquierda se ha caracterizado históricamente por tejer una sofisticadísima red de presión indirecta. Basta leer la colosal obra El fin de la inocencia (Stephen Koch) para darse cuenta de que, en sus mejores momentos, la izquierda ha contado con una red de persuasores encargados de teledirigir la mirada de los artistas comprometidos y silenciar con formas más o menos ortodoxas la opinión de los disidentes.

El problema es que a día de hoy no contamos con una superpotencia como la URSS dedicada a pudrir Occidente hasta el tuétano, y entonces los autores comprometidos —con la izquierda, pues de lo contrario serían controvertidos— van, a la buena de Dios y sin tutor alguno, empujando su ideología como pueden. Es una pena desde el punto de vista intelectual, pues nos perdemos el hermoso espectáculo de ver a una inteligencia superior —pongamos un Willi Münzenberg— en acción y debemos conformarnos con corajudas pero ineficaces iniciativas que torpedean los propios objetivos de quienes las emprenden.

Es el caso de Ariana Harwicz. No entro a valorar la pertinencia o no de posicionarse a favor de Palestina en el reciente conflicto bélico, pero sí quiero centrarme en el debate que, sin quererlo, esta querella ha abierto.

Recordemos: hace unos días, la escritora argentina —y judía, que también tiene su importancia— Ariana Harwicz fue desinvitada —precioso eufemismo— de un festival de literatura por presión de una asociación de estudiantes de la universidad en el que dicho festival se celebraba. Tras la inevitable queja por parte de la desinvitada —qué bonita palabra, insisto—, acusando a la organización de censora y antisemita, un grupo de escritoras que también participaba en el festival decidió emitir un comunicado en el que se justificaba la exclusión de Harwicz del evento. Uno puede leerlo aquí para certificar que no intento desvirtuarlo vilmente.

Entiendo que el comunicado avala la desinvitación a Harwicz en base a tres tipos de declaraciones proferidas por ella, a saber: (i) declaraciones negacionistas del genocidio perpetrado por Israel contra los palestinos; (ii) declaraciones que suponen injurias a quienes se oponen a ello; y (iii) declaraciones que avalan el exterminio.

Aquí ya entramos en un terreno complicado: negarle la voz a alguien por unas declaraciones es ya de por sí duro, puesto que, en la medida en que todas las mujeres implicadas hasta ahora en esta controversia son escritoras, trazar una línea para decir qué declaraciones sí y qué declaraciones no entra en el peligroso juego de decir qué ideas pueden ser manoseadas y cuales no: es un asunto complicado para escritores porque una de las materias primas para la escritura son las ideas y solo manoseándolas se puede llegar a algo parecido a la literatura.

Sin embargo, la justificación para la censura de esas declaraciones también se encuentra en el comunicado, pues consideran sus autoras que dichas declaraciones cruzan al menos tres líneas rojas: la injuria, la difamación y la incitación al odio.

Hasta los más radicales defensores de la libertad de expresión entienden que la injuria y la difamación quedan fuera de dicha libertad. Ahora bien, ¿la incitación al odio? Aunque esté censurada por la ley —o al menos por la ley de algunos territorios—, lo que difícilmente puede justificarse es la incitación a la violencia, puesto que la incitación al odio es demasiado ambigua.

Así, y poniendo a la tercera línea roja en cuarentena, nos quedamos con las dos primeras: injuria y difamación. Y puede que esté pecando de benévolo, pero la única injuria/difamación que encuentro entre los ejemplos del comunicado es la de que Judith Butler es una colaboracionista nazi —aunque si uno busca en internet verá en otras fuentes que Harwicz compara a Butler con una colaboracionista nazi—.

Por romper una lanza a favor de las autoras del comunicado, las afirmaciones de Harwicz son verdaderamente fuertes, lo que no es de extrañar para quien esté familiarizado con la violencia de su prosa. Esto no es una justificación. Las palabras hieren y a su autora corresponde defenderlas. Pero escudarse en la censura a Harwicz en base a delitos que no se aprecian de forma clara —al menos en el comunicado— es una posición endeble. Yendo más allá: qué sería de la literatura si tuviéramos que ser siempre buenos chicos preocupados por no cometer un delito tecleando palabras, por no enfadar al señor policía. Valiente mierda de escritores seríamos.

Igualmente, esté uno a favor o en contra de las afirmaciones de Harwicz, el debate pivota en torno a los límites de la libertad de expresión, y ese es el fracaso de la desinvitación. Estoy convencido de que quienes pretendieron excluirla del evento querían poner el foco sobre un tema que les importaba: la sangrienta guerra entre Israel y Palestina, y en particular el sufrimiento de los palestinos en dicha contienda. Sin embargo, han conseguido levantar en armas a una gran cantidad de escritores maximalistas de la libertad de expresión —y no es de extrañar que sean muchos, pues su vocación consiste en expresar sus opiniones libremente— que han visto el asunto no como una oportunidad para empatizar con el dolor de los palestinos sino como un ejemplo de dónde no hay que dejar pasar ni una cuando se trata de expresarse libremente. La famosa frase atribuida a Voltaire (pero que en realidad pronunció al parecer Evelyn Beatrice Hall) que decía que «estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo» se impone al debate sobre Palestina.

Y no sólo eso. También entra en escena uno de los fantasmas más temidos de Occidente: el antisemitismo. Porque muchos hemos desestimado las acusaciones de antisemitismo por la exclusión de Harwicz (es apartada por sus ideas y no por su condición de judía, etc.), pero hay dos hechos que oponer a esta postura, aunque sea para invitar a la reflexión: en primer lugar, que había otro autor convocado al evento con posturas cercanas a las de Harwicz sobre Israel y Palestina (John Banville) que no fue desinvitado (aunque en solidaridad con Harwicz terminara por declinar la invitación); en segundo lugar, que entre los judíos sí existe la percepción de antisemitismo en la exclusión de la autora, y por tanto negarles la posibilidad de sentirse discriminados podría ser una forma de antisemitismo, ya que les negaría su propia percepción del asunto, diferente a la de quienes no somos judíos.

Aplíquese esto a cualquier otro colectivo discriminado y se entenderá —creo— lo que intento decir.

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