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Escribir hasta cambiar de ideología
Siempre he querido ser individualista y competitivo. Pero la escritura me lleva a ser colectivo y colaborativo.
8 de octubre 2026
Una buena idea para seguir escribiendo cuando faltan los temas y no cuajan las ideas es poner un temporizador. Ejercicio de escritura automática y que sea lo que Dios quiera. Yo antes lo hacía mucho porque yo antes escribía todos los días, pero la vida pasa y uno se distrae con cosas que hacen que uno pierda la gana de escribir: la familia, los amigos, el trabajo. Vivir bien y vivir feliz es una excusa muy buena para dejar de escribir.
Pero entonces uno recuerda que quería ser escritor y que para eso tiene que sentarse frente al teclado todos los días. Qué lata. Si a mí esto me gustaba y lo hacía por gusto. Ante la aterradora posibilidad de que la vocación se agote y agarrándome al clavo ardiendo de que probablemente sea una racha, abro YouTube, busco un vídeo para estudiar según la técnica pomodoro —veinte o treinta o cincuenta minutos de trabajo ininterrumpido seguidos de cinco, diez o quince de descanso y vuelta a empezar— y le doy al play.
He escogido un vídeo que muestra una agradable mesa de trabajo hecha con IA frente a una ventana constelada de gotas de lluvia. La música es una especie de chill out que pretende ser elegante pero que me da la sensación de estar en la sala de espera de un dentista o en una sauna con hilo musical. Muzak. Pero sigo escribiendo, a ver qué sale.
Este ejercicio es algo más complicado cuando a lo que uno aspira es a publicar el texto y que lo lea alguien y que tenga algo de valor, porque entonces uno no está haciendo una escritura verdaderamente automática, sino que intenta ser ocurrente, poner sobre el papel digital alguna idea o feliz combinación de palabras que valga la pena el esfuerzo de posar los ojos sobre ellas. No quiero echar la vista atrás por miedo a que la anterior frase me parezca terrible y entonces me paralice.
También intento que cada frase empiece y acabe: nada de borrar la idea que no lleva a ningún lado, aunque reconozco que ya lo he hecho un par de veces desde que empecé a escribir esto. No debo mirar atrás, pero con el rabillo del ojo ya puedo apreciar un par de palabras mal escritas por ir a toda prisa, que mi procesador de texto indica con un subrayado rojo delator que parece una cicatriz y me conmina a parar, retroceder, editar y así podría estar toda la tarde o tal vez cinco minutos nada más y cerrar el texto desesperado y hasta aquí hemos llegado.
Sigo, a duras penas.
Yo quería hablar de algo, lo pensaba mientras me preparaba mentalmente para enfrentarme a esta hoja digital en blanco —¿he dicho ya lo de “hoja digital en blanco”? No lo sé, pues me he propuesto no releer— y llegué a acordarme de una idea sobre las distintas formas de escribir de tal manera que constituyeran un eje político como el ya clásico eje liberal-autoritario/izquierda-derecha. Este eje sería algo así como competitivo-colaborativo/individual-colectivo. Parece redundante, pero creo que todavía no lo es.
Pensé en algún momento que uno podía pensar escribiendo, pero lo que sucede es que escribir no genera pensamiento sino que lo ordena. La teoría de David Lynch sobre las ideas como peces que uno pesca en no se sabe qué océano misterioso. La pesca ocurre antes de la escritura y la escritura consiste en examinar el pez, desescamarlo y desventrarlo, limpiarlo con un chorro de agua y tal vez preparar sashimi si uno está lo bastante fino.
Pero volvamos a lo del eje del escritor, como una copia memética del eje político antes citado.
Yo pensaba, como tal vez pensó todo hombre y toda mujer que un feliz día se puso a escribir, que la escritura es una actividad solitaria, enmarcándose así en el espacio individual. Cómo va a ser colectivo escribir, si uno tiene que estar solo, o rodeado de gente pero aislado, para escribir. Pero uno descubre que la mayoría de textos, al menos los que aspiran a tener público, son leídos y comentados no sólo por el autor, sino por su editor, por el corrector orto tipográfico y todo el que se ponga a tiro. Una novela es un acto colaborativo en el que quizás haya un detonante que es el escritor con sus ideas mejor o peor desescamadas, pero ahí está toda esa gente metiendo mano. Y no digamos ya cuando damos un texto a un amigo o conocido en cuyo criterio se confía para que regale sus impresiones sobre lo impreso. No digo que no pueda existir la escritura individual, esa de los ejercicios privados, la que no es leída por nadie sino por quien la engarza. Pero no parece que la mayoría de textos que se posan frente a nuestros ojos sean de esa naturaleza. Muchas manos para un texto que llega a ti, aunque sea un artículo de sustrato, que como mínimo ha recibido la mirada atenta y quizás algún comentario, alguna corrección, de Fernando. Escritor colectivo, ese soy yo desde que me puse a escribir textos para que otros los leyesen.
Luego está lo de los escritores competitivos versus los colaborativos. Siempre me he considerado un escritor competitivo, con esa cantinela de que cuando uno escribe se entrega a la actividad más competitiva del mundo, luchando contra otros escritores coetáneos pero también contra los ya muertos y los venideros. En parte eso es cierto, creo. Pero no dejo de pensar que todo texto forma parte de un cuerpo colaborativo de fronteras imprecisas: generación, adscripción, escuela, intenciones. Creo que fue Carlos Fuentes quien dijo en una entrevista —seguramente la maravillosa entrevista de A Fondo en los años setenta— que Gabriel García Márquez o Mario Vargas Llosa le había dicho que los escritores del boom latinoamericano estaban escribiendo entre todos una extensísima novela. Incluso llegaron a pactar una empresa colaborativa de novelas de dictadores que se materializó al menos en parte. ¿Qué fue de las novelas de dictadores? Dónde están las de Bukele, Chávez, Maduro, Ortega, Díaz-Canel. Me pierdo.
Siempre he querido ser individualista y competitivo. Pero la escritura me lleva a ser colectivo y colaborativo por no sé qué intuición que me empuja a pensar que lo que hago no sirve de nada sin los demás, que nunca llegará a tener un mínimo de altura. Este mismo texto no servirá para nada si Fernando le echa un ojo y piensa que mejor dedique mis esfuerzos a otra cosa, a otro tema. Y me da miedo, porque si asumo que la escritura consiste en dar forma a ideas que uno ha pescado, entonces esas ideas de colectivismo y colaboración ya anidan en mí, como bombas lapa o lobos solitarios esperando su momento para atacar y hacer que todo salte por los aires. Escribir hasta cambiar de ideología. A lo mejor por eso me da miedo sentarme a escribir últimamente. O a lo mejor es la mejor excusa que he podido encontrar para ser un vago.
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