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Besos mojados en Bourbon y cigarros

Papás y papás y papás. Papás que silban en el rellano para anunciar una noche trágica.

10 de septiembre 2026 · 1 comentario


Hay relaciones que son espirituosas, como la bebida: destellos de divinidad y horror. 


Hay papás tristes y papás funcionales. Carceleros y antiguos presos. Papás útiles, papás con suerte. Brutos, maridos, borrachos excelentes. Papás de apellido importante como el Cid Campeador: Jorge Mario Pedro Vargas Llosa, Luis Martínez de Irujo Hohenlohe. 

Papás con el apodo de su delito: El cuchillos. El navajas. El torero.


Papás de traje, papás de chándal, papás con lamparones de grasa en la zona abdominal. Papás que llegan tarde en la noche, cuando ya está una perfumada y peinada. Papás con maletín, papás con mariconera. Papás Emidio Tucci. Papás Easy Fit. 


Papás y papás y papás. 


Eres concebida en el coito de tus padres. Imaginas que uno discreto y rápido. Sin amor, pero con ganas. Millones de espermatozoides entran en la vagina pero muchos mueren por el ambiente ácido —la antesala de la vida química que te espera—. Nueve meses después, el cuello del útero de tu madre se despeja y desciendes lentamente por el canal del parto. La sangre te desliza por un tobogán de carne y placenta. Media hora te basta para salir. Estás pegajosa y papá no anda cerca. Le marean la placenta y tu cráneo reblandecido. No tomas teta. 


Ni polla, claro. 


Has venido al mundo a ser amada pero tal vez seas un parche. El hijo malo que quiso ser un buen padre. Imaginas muchas veces ese espacio liminal en el que el principio ya contiene su fin. Y ahora, fuera, te invade una extrañeza. Un lugar sin gente. Sueñas con delitos porque se lo escuchaste a una chica. Besas en sueños a otra. O a la misma. Dios todavía no ha mandado cajas con comida desde el cielo. No recuerdas el tacto de las tetas de tu madre. Y son las primeras. Sí recuerdas las últimas. Una caída perfecta y sensual. 


Las chicas de tu alrededor piensan en pollas. Pero tú piensas en tetas. No hay obscenidad en lo que te dio vida y por eso nadie se excita al leer la palabra teta. Tratas de buscar algo más sucio pero nada funciona. Porque tu hija nunca saldrá de una polla. Y porque la biología no es sexy.


Piensas que tu padre es Dios. Rezas los viernes en la capilla del colegio. Miras hacia arriba, allí está, crucificado. ¿Hay algo bajo ese pañal de tela? ¿Cómo la tiene Jesus? Lo piensas rápido. Tan rápido como deshaces el pensamiento. Tan rápido como un pecado. Le miras las costillas y sangra. Deseas que tu padre sangre el día de tu boda, que aparezca con un proyectil incrustado en el pecho. Que se presente con la camisa blanca teñida de rojo, y te diga: creo que me han disparado. Que no esté del todo seguro, porque su hija se casa y la balística de las heridas cambia de orden.


Que no sea nada, aunque —en realidad— se esté muriendo. Casi que prefieres recordarlo así: heroico. Como un sacrificio. Prometeo, Curcio, Isaac. La gloria intacta y el sudor empapado de adrenalina y plomo. Y de pronto, te pones caprichosa, y se te antoja que camine contigo hasta el altar. Que te susurre al oido antes de besar al novio. Vida mía, este no era. Y fallezca en tus brazos sin saber qué lugar ocupaste en su vida. 


Papás y papás y papás. Papás que silban en el rellano para anunciar una noche trágica. Papás que no conocen el día de tu cumpleaños. Que tienen dificultad para memorizar el nombre de tu novia. Papás que te de den besos mojados en Bourbon y cigarros. Papás que te saquen a bailar. Que te dediquen una tesis doctoral: 


A mi dulce hija,

Que fue mi primer sueño.


Y entonces lo ves, pasando la vida en horizontal, tirado en el sofá. No alcanzas a distinguir la tripa de los brazos, del ombligo, de las caderas, cuello y cráneo. Un hombre entero sin extremidades yace en un cheslong para la eternidad. Y deseas con fuerza. Quisieras un padre que te hubiera protegido de otro mal padre. Uno que se hubiera partido la cara por ti. Uno al que no hubieras tenido que matar para poder vivir.


Y estás aquí, sentada en una butaca de plástico, en un estadio de fútbol, viendo al club de tu ciudad perder. Rodeada de hombres que no saben silbar, de hombres que no acostaron a sus hijas esta noche. Cerrando apuestas en BetSure y moviendo el mercado de fichajes en Biwenger. No es tan distinto a lo que tú conoces. 


Y te preparas para volver a casa. Para escuchar la melodía del silbido desde el portal. Para poner el mueble contra tu puerta. Para esperar que suceda. Con ganas. Porque es lo que ahora conoces. Pero confías. Porque la vida es divinidad y horror. 


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