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Correspondencia cuadragésima tercera: Marcela no responde
Mientras dure la mala racha, lo perderé todo: la casa, mis memorias, los dientes bajo la almohada.
28 de agosto 2026
Querida Marcela:
Te escribo en una noche de tormenta. Si me lees: te extraño.
¿En qué andas metida? Por aquí los platos siguen sucios y de los sitios entro y salgo y salgo y entro. Como una bala. La abuela está triste porque nuestra casa se va a vender. Las chicas de la inmobiliaria nos dijeron que si adornábamos algo la descripción, el proceso de venta sería más rápido y así no tendríamos que pasar otro invierno frío. “Chalet o casa independiente”, dicen. “Garaje con capacidad para tres vehículos, trastero y bodega”. Nada de eso existe. “Además, dispone de alcantarillado, puerta blindada, doble acristalamiento, barbacoa y tendal cubierto, entre otras comodidades”. Se les olvidó mencionar los ratones y las cucarachas. Yo no creo, Marcela, que a manos, ladrillos y cemento les puedas tratar con tanto prestigio.
Utilizaron esto de la IA para enseñar qué posibilidades existen para crear un “hogar exclusivo”. No sé si Gemini, ChatGPT o tal vez Claude, fueron los artífices de las modificaciones que ahora sufre mi casa. Lámpara Arantxa y Alfombra de Espanto. Solo un hortera podría hacerlo. De lo que es, a lo que era y en lo que se puede convertir, aún hay un trecho. Sobre todo, si pienso en lo que significó para mí.
Recuerdo un cuadro que estuvo colgado siempre en el pasillo. Yo memoricé lo que decía al pie: “DAVID HOCKNEY. THE METROPOLITAN MUSEUM OF ART”. Nunca me aprendí su verdadero nombre. Cuando lo miraba me sentía privilegiada porque creía que mis padres habían viajado a otro mundo para conseguirlo. También pensaba que era mío porque estaba segura de que ninguno de mis hermanos se detenía a mirarlo con la misma atención con la que yo lo hacía. Con tanto detalle. Me dormía muchas veces en aquel sofá de virutas pintado. Otras me imaginaba que algún día nuestra casa se parecería a aquella tan elegante. Si BoJack Horseman pudo hacerlo, yo también.
Aún lo conservo, en la pared de otra habitación, hinchado por la humedad, pero ahí está y creo que es mío. Diría que es mío.
Hablando de BoJack. ¿Crees que es un miserable? Yo sí. A la vez que trágico. Tiene lucidez y talento. Pocas ganas de cambiar. Un hombre caballo al que le asusta la verdad. Me aburre. Nunca va a encontrar una respuesta que le haga sentir bien. Nada va a llegar. Es un vacío infinito. Y ahí, nunca se puede buscar.
En fin.
En aquella casa descubrí que me daban miedo las hormigas. Muchas noches soñé con ellas. Me recorrían el cuerpo y las orejas y saltaba de mi cama a la cama de mis padres para meterme entre los dos. Lloraba. Sigue siendo un poco así, Marcela, solo que ahora los que lloran son ellos y yo no me atrevo a salir.
¿Cómo llevas que tus padres envejezcan? Yo todavía trato de descubrirlo. En ocasiones, me entra mucho enfado, y pienso “ojalá se mueran, ojalá pueda enfrentarme sola al mundo”. ¿Acaso no es ya un poco de ese modo? ¿No crees que siempre me he sentido así? ¿Sola? Y no estoy segura de que esto tenga cura, pero está bien, no tengas miedo. No va a llegarte una carta anunciando mi muerte. Y, de ser así, seguro te reirías.
Mi vida fue siempre una balsa de aceite candente.
Nada sólida. Algo fugaz.
Fue un 5 de agosto, al atardecer, que me desplomé.
Con lo puesto: unas bragas que anunciaban martes.
Se desconocen las causas, por el momento.
Ese día me comí un rapante con patatas cocidas en su punto de sal.
Elegantemente enferma y mentirosa empedernida: pues
el hambre te pone ante los cuchillos del mundo.
No vengáis a verme.
Que en España es lunes y yo ya estoy muerta.
En La Plata, Dios dirá.
¿Tú te sientes sola, Marcela? ¿Adónde vas cuando la soledad te encuentra? No me importa demasiado tu respuesta, es evidente que la llevas por dentro. Tienes los ojos de tu padre y de eso, no puede una escapar. Somos la misma mierda. Tú más adornada que yo, pero al final del día, la misma mierda.
Últimamente pienso en cuando Moe Szyslak intentó suicidarse en la trastienda del Bar de Moe. Una soga le esperaba, ya preparada. Solo tenía que subirse al taburete y dejarse caer. Entonces, una línea contra el suicidio se le apareció como un ángel, frente a él. Suicide hotline 36% effective.
—Hola, ha llamado al número de ayuda al suicida de Buzz Cola. La configuración ha cambiado. Por favor, escuche atentamente: exponga sus razones para quitarse la vida.
—No tengo ganas de vivir.
—Ha dicho: “Tengo problemas de trabajo” ¿Es correcto?
—No. No tengo nada ni a nadie.
—Ha dicho: “Cara absorbida por aspiradora” ¿Es correcto?
Moe, desesperado, contesta:
—No. No. Ayúdenme. ¡Socorro!
—Si su cara está en la bolsa de la aspiradora, pulse uno.
—Solo quiero hablar con un ser humano.
No me apetece escribirte más. Mientras dure la mala racha, lo perderé todo: la casa, mis memorias, los dientes bajo la almohada. Mi bañera, mi cama, la piel en el gotelé. No soporto la idea de que alguien cierre los ojos donde yo una vez soñé.
Tal vez no importa. Ya no seré feliz. Hay tantas otras cosas importantes. Empezaré por hacer tres comidas al día y un sudoku.
Marcela,
Que algún mágico día nos llueva la buena suerte.
Adiós. Au revoir.
Escríbeme. No seas hortera.
¿Qué opinas?
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