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Lo que queda es joderse
Que tengo mucho miedo. Que visto las ojeras de siempre.
30 de junio 2026 · 1 comentario
Esta soy yo un domingo a las 22.29. En Galicia la luz pega hasta pasadas las 22.45, con algo de suerte. En la pared de esta habitación había un póster antiguo de Los Simpsons que decidí quitar para sustituirlo por la nada. Paredes desnudas mentes felices.
Esto es lo más parecido al bronce que se me ocurre. Una aparición nada fiel a su origen, que diría Millás. Un milagro químico.
Esto un recorte digital que me emocionó.
Y para finalizar, tabaco Denim, como los vaqueros: sucio y barato.
Conocí a una mujer que está muy enfadada, de nombre gélido: Nieves. Se despierta hecha una furia y se asea hecha una furia. Practica sudoku hecha una furia y echa la furia en las croquetas de jamón y furia.
Haga lo que haga, arde rabiosa —pero indefensa— como un perro de laboratorio. Como un elefante encadenado.
Un hombre, siendo niño, se preguntaba por qué un elefante de circo, tan grande y tan salvaje, permanecía atado a una pequeña estaca si —con gran facilidad— podría arrancarla de un trompazo. La respuesta era sencilla. Cuando aquel elefante era una cría, estuvo atado a esa misma estaca de la que infinidad de veces trató de escapar sin éxito. Sin la fuerza suficiente de un elefante adulto.
De gran volumen es Mujer Furia. Vieja que arrastra su estaca allá por donde va. Una que es pesada, áspera y difícil de sostener. Cargada como un revólver y frágil como una promesa. Y yo —que la descubro frente a mí cada mañana— solo puedo pensar en una cosa: Mujer Furia guarda un secreto. Uno fácilmente reconocible en hombres y mujeres por igual: pertenecer a la nada.
Y pienso en cómo hacer justicia. En cómo terminar con la furia.
Quizá todo se reduzca a una sola cosa: tener, al menos una vez en la vida, la posibilidad de resolver algo. Algo tan milagroso como el amor, tan extraño como un sueño lúcido o tan aterrador como la muerte. Todo aquello que consigues resolver te concede una forma de poder y, con ella, la sensación de participar en algo más grande que tú misma: existir.
En estas últimas semanas he empezado a despejar algunas cuestiones. Unas más útiles que otras: como que puedo montar un lavavajillas industrial o reconocer un charrán común en vuelo. Que la pija es inmaculada o que odio el trabajo por decreto. Que aunque, “Dios diga”, Dios no lo sabe todo, pero Judas sí, que está a su derecha.
Que los hombres se quitan la camiseta para todo. Para cocinar, para dormir y para matar. Que recuerdo la matrícula del primer coche de mi padre: un Citroen Scantia del 90. Que peor que parir, es parir gratis. Que igual no quiero ser madre. Que quiero ser madre para dejar de ser la peor hija. Que no he probado la leche materna. No sé a qué sabe ni conozco la textura de los pezones de mi madre. Que extraño reír. Que cuando el amor se polariza, lo pudre todo. Que estoy enferma de envidia. Que odiarlo todo está bien. Y encontrar la forma de dejar de hacerlo.
Que el mundo es perro y el perro es mundo. Que la vulva es el tapón de todo y el inicio de la vida. Que se puede ser Dolce & también Gabanna. Que los hombres no son criados para ser hombres sino para no ser mujeres. Que me gustan los sueños porque allí no hay espejos. Que se puede recuperar el insulto clásico: desgracia con zapatos, cerdo con tirantes, canalla. Que no voy a darte dos besos. Da igual con quién vayas.
Que el sufrimiento tiene que ser productivo y no lo quiero así. Que a ningún empresario le gusta que se te noten los pezones mientras friegas los platos. Que soy mejor si la vida se pone incómoda, y miserable cuando hay un plato caliente. Que se puede abortar encima de una mesa de cocina. Que lo que más me gusta de los trabajos es dejarlos. Que en el amor, como en política, se pueden cometer errores, pero nunca, nunca nunca, hacer el ridículo. No, nenita. El amor no es un lugar para hacer el ridículo.
Que tengo mucho miedo.
Que visto las ojeras de siempre.
Que lo que queda es joderse.
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