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No descarto vivir: Diario de una baja paternal
No recordará ninguno de estos momentos, pero yo sí.
20 de agosto 2026
Marta me ha dado un beso y se ha ido. Su baja ha terminado y la mía acaba de empezar. Estas líneas son una intro. Veinticinco segundos. Ya no la veo, pero sé que está colocándose las gafas de sol frente al espejo del ascensor. Una forma como otra cualquiera de no llorar. Estoy mirando las dos bolsas de leche que ha dejado en la nevera, junto a un bote de aceitunas. Leche recién salida de su pecho. La fecha de hoy con rotulador. Después me giro y veo a Diego en la hamaca rosa. No sabe nada del mundo, pero me mira y sonríe. Una forma como otra cualquiera de empezar.
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Una señora me ha parado en el parque. Habla y habla, pero no le importan mis respuestas, solo le importan los bebés. Le encantan. Han sido su vida, dice. Resulta que la acaban de hacer bisabuela y tiene que contarlo. Se lo va a contar, de hecho, a todo el barrio y me parece muy bien, pero yo tengo que ir al Mercadona, así que salgo del parque y en cuanto pongo el pie en el paso de cebra, alguien me insulta. —¡HIJO DE PUTA! No me doy por aludido, pese a la cercanía del exabrupto. —¡Es que es un hijo de puta! ¡HIJO DE PUTA! La tercera persona me excluye. Nadie se extraña. Es el vecino loco. No el de La Palmera, el del Avellano. En Santa Rosa todas las calles tienen nombre de árboles, pero nos entendemos.
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No quiero cansar a nadie con lo que escribo. No quiero salir cansado de lo que he escrito. No quiero demostrar nada. No quiero llegar a ningún sitio. No quiero vivir de esto. No quiero ser escritor. Solo quiero escribir.
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El primer biberón de fórmula: un calientabiberones tarda tres minutos en elevar la temperatura del agua hasta los 36’5º, temperatura habitual aproximada de la leche materna recién salida del pecho. Tres minutos separan la técnica de la naturaleza. Tres minutos pueden ser muy largos si tu bebé está llorando. El llanto es un medio de comunicación que no pretende respuestas; las exige. Tres, dos, uno. La maquina pita. 180Ml / 6 cacitos, camino hasta el salón agitando el biberón, el sillón de siempre, la perra nos mira, la tetina que llega a su boca, el hambre imponiéndose a la extrañeza. Diego succiona, pero antes de tragar hace una mueca. “Este no es el sabor de la leche, esta no es la textura, tú no eres mi madre”, imagino que piensa. Pero sigue bebiendo. Sigue viviendo. Porque vivir es eso, ¿no? Aceptar contrariedades.
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No descarto vivir
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Hoy he vuelto a ver en el Claudio a los enemigos. Solo yo les llamo así, supongo. Llevo toda la vida viéndolos discutir. Siempre en la misma mesa. Ella con su café corregido y él con su palomita de anís. Todo el mundo los conoce. Cada vez que paso con el carrito por la pequeña franja de acera que deja libre la terraza, están echándose en cara lo de ayer. Haciendo gestos estridentes e insultándose, pero siempre por turnos y sin gritar. Un observador poco aplicado podría deducir que son muchas las disputas. Cada día por una cosa. Pero basta con sentarse a desayunar al lado tres días seguidos para entender lo contrario. Siempre es la misma discusión y dura ya cuarenta años. Discutir se ha convertido en su manera de quererse profundamente.
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Ale no es celoso. Tiene cinco años y medio y su hermano no le parece una amenaza, al contrario. No obstante, intento hacer cosas con él. Solo con él, como hacíamos antes. Esta noche hemos visto juntos el final de la segunda temporada de Pokémon. El capítulo en el que Charizard se enfrenta a Dragonite. Nací en el 85 y la “pokemanía” me pilló ya en otras cosas. Descubrir una serie a la vez que mi hijo me alegra el alma. Sin explicaciones innecesarias ni expectativas frustradas. Sentarme con él, sin más, y sorprenderme. Se nos ha ido un poco la hora. Marta ha dormido al bebé y ha llegado a la cocina para poner cordura. Son las once y mañana hay que ir al cole. Ale se ha puesto a llorar. A veces confunde el cansancio con la frustración. —Mi vida, llevamos ya mucho tiempo viendo capítulos —le digo. —No quiero que exista el tiempo —contesta él.
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Nuestro piso da a un parque y en el parque hay un centro de mayores y en el centro de mayores hay cerca de cincuenta señoras ensayando un popurrí de sevillanas para la feria. Son terriblemente payas. Las mañanas en casa son más largas que en la calle.
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Diego ha aprendido a girarse sobre sí mismo. Estamos los tres mirándolo encandilados. Gira con la entrañable dificultad de una tortuga. Ale dice que parece Squirtle. Yo recuerdo una historia de mi padre. La del día que llegó la primera lavadora a casa de sus abuelos y estuvieron toda la noche viéndola centrifugar.
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Nadie hubiese imaginado que hacía falta una lavandería en el barrio hasta que hace unos meses abrieron el Top Colada. Por lo visto aquello es un no parar de sábanas sucias, secados rápidos y conversaciones furtivas, pero eso a mí ni me va ni me viene. Para mí el Top Colada es otra cosa. Ya por la noche, cuando todos sus usuarios ven la tele, malcomen algo o intentan follar, yo saco a la perra y paso por delante de la puerta entreabierta y lo veo a él. Nunca levanta la cabeza para mirarme, nunca he visto su cara, pero barre el local, limpia las máquinas y recoge el cambio. Sus gestos no son de empleado cansado de trabajar, sino de propietario cansado de vivir. Todo esto lo imagino mientras Bimba come jaramagos de un arriate. Imagino también que al llegar a casa le espera su hermano. Imagino que algo no va bien entre ellos. Que algo inesperado está a punto de ocurrir. Ya casi está rota la noche, ya casi los cristales en el aire y yo imaginando todavía. Imagino mientras espero el ascensor. Imagino metiendo la llave. Llego a casa y no has llegado. Le echo bolas a Bimba y le pongo agua. Cojo el móvil abro las notas y apunto: Top Colada.
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Después del baño te comes a besos a Diego sobre el cambiador. Tus hombros, tu pelo y tu cara son su sistema solar. Te mira esperando de ti algo extraordinario. Tú le coges los pies, los juntas entre tus manos y soplas como si fuesen una caracola. Algo se activa dentro de su cerebro. Un resorte milenario. Una carcajada. Y luego otra. No sabe por qué se ríe. No recordará ninguno de estos momentos, pero yo sí. Recordaré su risa y tu necesidad de oírla.
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Se ha acabado el cole. Ahora seremos tres por las las mañanas. Tres algunas tardes. Tres en casa, en el parque y en la piscina. Ale (5 años), Diego (5 meses) y yo (41 años). Todo va a salir bien.
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Entramos al horno para comprar molletes. Una bolsa de cinco. Recién hechos. Una señora entra después que yo y me adelanta sin escrúpulos, sin saludar, sin pensar. Al verla, las dos panaderas se quedan paralizadas. No percibo aún la evidencia. Una de ellas consigue atenderme ya con lágrimas en los ojos. Luego cruza la tienda y se funde con las otras dos en un abrazo. Cojo mi bolsa, dejo las monedas sobre el mostrador y salgo sin hablar. Ella iba primero.
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25 de junio de 2026. Hoy hace dieciocho años que murió mi madre. Mi cerebro durante todo este tiempo ha hecho su trabajo y he conseguido vivir al margen de la fecha. Se me olvida. Trato a ese número como siempre he tratado a los números. Con indiferencia. Los mecanismos de la memoria intentan defenderme del dolor, pero les sobrevino un obstáculo. Una coincidencia que hace imposible que el olvido se complete con éxito: Michael Jackson murió también el 25 de junio. Un año después que mi madre. Todos los años, llegado ese día, los homenajes, las efemérides y los documentales hacen que mi dolor vuelva a conectar con el número. El bucle seguirá repitiéndose mientras la gente recuerde al artista. Este año han sacado una película. Ambos tenían cincuenta años.
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Ale ha dibujado un mapa para llegar al McDonald’s. El recorrido parte de nuestra casa e incluye un árbol, un paso de cebra, la casa de su mejor amigo, la tienda de las luces y finalmente el McDonald’s.
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Quedan tres semanas. No puedo caerme ahora. Mi cuerpo ha dicho basta, pero no voy a parar. Voy a estar con mis hijos. Voy a cargar a Diego y a jugar con Ale. Voy a ser todo lo que ellos esperan de un padre. Lo que yo espero de un padre. Luego llegará Marta a darme el relevo, intentaré no preocuparla, cogeré un taxi y me iré al hospital. Pasaré cuatro horas en la sala de espera hasta poder explicarle a un médico saturado que tengo unos mareos horribles y tanta tensión en el cuello que creo que se me va a partir. Me pincharán Valium con Nolotil y algo más y llegaré a casa deseando hacerte reír. Aprovechando el impulso de la droga para recordarte que aún puedes creer en mí. Como si fueses tú la que lo ha olvidado.
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He vestido a Diego con el uniforme de su futura guardería. Nos han pedido la foto para la ficha. Su primera foto de retrato. Ya está listo para la rueda. Su cara se unirá a otras caras en un archivador. Su nombre repoblará éxceles. Su vida generará datos. El fotógrafo ha preparado la cámara y luego ha sacado un patito de goma para hacerlo reír. Una mentira para entrar en la mentira. El mundo espera de un niño que esté siempre contento, pero nadie sonríe en la foto del DNI.
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No quiero batir un récord. No tengo ambición. No quiero que me regales tu tiempo ni que me escuches ni que me perdones. Solo quiero mirarte. Solo quiero miraros. Verme en vuestros ojos. Allí dentro no me duele la espalda ni tengo miedo ni soy un cobarde. Allí dentro sigo siendo yo.
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Mañana me toca conducir. Marta conduce mejor que yo, pero a mí no me cabe el culo en el espacio que dejan las dos sillas de los niños en el asiento de atrás. Vamos una semana a la playa.
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Cuando vuelvo a Málaga, me reencuentro con la parte más importante de mí: la que aún no ha sido. Por eso me siento bien en esta ciudad que para mí es todas las ciudades. La Málaga vieja y la Málaga nueva. La casa de mi tío, el piso de la calle Victoria y este Airbnb destartalado. En ninguna de ellas he sido todavía. Por eso sigo viniendo. No para ser, sino para seguir siendo.
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Marta y Ale se han ido a la playa. Yo voy con Diego en el carrito sorteando runners y buscando sombras. Por una calle subo a Reding y por la siguiente bajo hasta el mar. Busco desde el paseo marítimo la sombrilla de rayas verdes y azules. Ale está bailando a tu alrededor y tú mirando un petrolero. En mi lado del verano, Diego se ha quedado dormir, así que cruzo la calle y me siento en una cafetería vieja, pero tranquila. Pido un cortado y saco el ordenador. Cuando quería ser escritor, apenas escribía. Ahora que lo que quiero es escribir, he empezado a sentirme escritor. Escribo más ahora que tengo un trabajo, dos hijos y una lista de problemas, que cuando tenía veinte años y mi única obligación era aprobar como fuese los exámenes de la carrera. El camarero viene con el café y lo deja en la mesa sin hacer ruido. Es evidente que es padre también. Anoto varias frases sueltas. Llevo desde que empezó la baja haciéndolo. Todavía no sé cómo darle forma, pero me gustaría. Por ti y por ellos.
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Entramos al Superestrella. El chino más grande que he visto en mi vida. Los bajos de dos edificios enormes dedicados al almacenamiento y venta de todo tipo de objetos. Acceso desde tres calles distintas. Formación interminable de estanterías repletas de cachivaches. Todos los colores que existen. Ale revolotea a mi lado y vuelve hasta donde está su madre. Yo circulo con el carrito sin salirme del carril central. Hacerlo supondría caer en la tentación. Ale me adelanta de vez en cuando y me llama desde los pasillos. Acabo cediendo. Diego mira las luces de un camión de policía. Ale lo quiere todo, pero se conforma con las palas que le he prometido. Vuelve con su madre. Corre hacia el fondo de la tienda. Yo termino el recorrido con Diego, aparco el cochecito frente a la caja y me quedo un rato observando al chino padre hacer de cajero con solvencia. Hay dos personas esperando para pagar. Vuelve a aparecer Ale. Ha visto un álbum de Stumble Guys. Le digo que pregunte el precio. Yo saco el móvil y entonces me acuerdo de que necesito una carcasa nueva. Me acerco a mirarlas. Me gustan transparentes, pero no sé cuál es mi modelo. Una chica acude a ayudarme y me la da directamente. Me giro, atravieso el pasillo y veo a Marta al fondo, avanzo hacia ella para enseñarle mi adquisición y entonces hace la pregunta: ¿Y Diego? Algo ocurre en mi cerebro. Dudo. Los ojos de Marta son dos pozos. Entro en shock. Camino con ella buscando el carrito. Gritando el nombre de un bebé que aún no es capaz de entender su nombre. Ale ve a su madre y se pone a llorar. He perdido a Diego en un laberinto de estanterías. Camino sin pensar. No puedo pensar. Ale grita desesperado y en mitad del desconcierto, descubro cuánto quiere a su hermano. Se materializa su amor. Su sentimiento me reconstituye. Intento rearmar los trozos rotos de mi memoria primaria, pero soy mucho más lento que el miedo. Camino hasta la última esquina y entonces aparece un muchacho ante mí. Me habla con mucha calma. Yo te vi allí. —Me dice señalando con el dedo el otro extremo del pasillo. –Y llevabas el carrito. No es lo que dice, sino cómo lo dice. Su seguridad me devuelve a mí mismo. Vuelvo a saber. Han sido veinte segundos. El día entero. Llego corriendo a la caja. La gente me mira. El carrito está allí. Diego está dentro. Lo cojo y lo llevo como una ofrenda hasta donde Marta y Ale siguen buscando. Se desmoronan. Ceden los cuerpos. Marta de rodillas. Ale abrazando a su hermano. Agarrando el carro entero. Ahora lo entiendo por fin. El amor no es una división, sino una multiplicación.
*
Volvimos ayer. Cansados de coche. Cansados del cansancio. Pero felices por volver. El barrio parecía la última escena de V de Vendetta, pero con camisetas blancas de la selección. A Ale no le gusta especialmente el fútbol, pero ve a los chavales con la pintura en la cara y quiere participar. Quiere jugar. Es solo eso. Él intuye que eso del mundial es algo muy importante. Los juegos son importantes. Esta noche jugamos contra Francia. Quiere verlo conmigo.
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Diego no sabe qué es una naranja. Apenas sospecha lo que significa esta cuchara que viaja hacia su boca. He exprimido el zumo con la mano, lo he vertido en un cuenco y se lo he dado a probar. No hay expectativas en su cerebro por hacer. Solo un sabor nuevo tocando sus papilas. Cierra los ojos y al abrirlos, ya son otros. Miles de conexiones se han disparado en su cerebro. La semilla de la memoria. La alegría del que siembra.
*
19 de julio. Último día de baja. Es ya casi de noche. En menos de una hora empieza la final del mundial. España - Argentina. Lo hemos preparado todo, hemos estado en la piscina y los niños están cansados. Diego no tarda en dormirse. Ale disimula el sueño con elegancia. Nos hemos pintado la cara, sin ser nosotros nada de eso. Hemos preparado perritos y estamos esperando a que empiece el partido, pero lo que empieza es un discurso raro de Tom Cruise. A Marta le importa un pepino el fútbol, pero le gusta el plan, porque es diferente. Ale empieza a subirse por los sofás. Suenan los himnos y le llaman la atención ¿Por qué los nuestros no cantan? Empieza la cosa. Diego parece incómodo en su cuna, pero vuelve a dormirse. Minutos de tedio. Partido fangoso. Los goles son una utopía. Ale quiere estar conmigo viendo el partido, pero se aburre mucho, así que juega a todo lo que se le ocurre alrededor de mi sillón. Un poco antes del descanso, me doy cuenta del silencio. Ale se ha dormido, Marta pone su cerebro en reposo jugando con el móvil y en la calle no hay nadie. Salgo a la terraza y admiro la calle vacía. Los brillos azulados de los televisores. La final se reanuda, pero yo ya solo pienso en otro final. El de estos dos meses que se terminan. El de esta historia tan corta. Los minutos pasan y el lunes acecha. No quiero trabajar, quiero seguir mirando a mi hijo dormir. Marta me ve la cara y sonríe. Está tranquila, lo cual a cierta edad es lo mismo que estar feliz. A ella le basta con que estemos todos juntos. No importa el tiempo o el lugar. Llega la prórroga y siento alivio. Mientras haya partido, habrá domingo, habrá tiempo, habrá suspense. Ale ya está en su cama. Marta y yo en el salón, España intentándolo de todas las maneras posibles. La calle desierta. El sueño televisado de Diego. Minuto 106 y un grito. Un grito aislado de un vecino, pero un grito inequívoco. El gol ha ocurrido, pero en mi televisor el balón aún vuela hacia el área. Estoy celebrando algo que no existe. Nico Williams toca de cabeza. Ya estamos los dos de pie. La calle estalla también. Apenas cinco segundos de retardo y entonces sí. El remate de Ferrán, el balón contra la red, la carrera enajenada del héroe, los vasos rotos en el bar, los gritos ahí fuera y nosotros abrazados en silencio para no despertar a los niños. Y en ese silencio está todo. La alegría y el miedo. El perdón y la pena. La esperanza y el dolor. Se ha acabado la historia, pero aún queda el amor.
*
Doy las últimas instrucciones a Mayte, la chica que va a quedarse con los niños. Miro a Diego, que está dormido. Le doy otro beso a Ale. Salgo a la calle y le mando un audio a Marta que ya se fue hace horas. Le digo que está todo controlado, que los niños se han quedado bien y que Mayte es un amor. No le digo que yo estoy roto por dentro. Estoy aprendiendo a sintetizar. Camino hacia el trabajo con la sensación de libertad de quien ha perdido las maletas.
¿Qué opinas?
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