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De pasillos y casas embrujadas
Tú te has vuelto tu peor jefe: autoexigente, injusto e inmisericorde.
3 de julio 2026 · 1 comentario
Tú te has vuelto tu peor jefe: autoexigente, injusto e inmisericorde.
Como todo niño, yo también temí a la oscuridad. Me despertaba cada media noche sin poder volver a cerrar los ojos. Encendía la luz de mi cuarto para tratar de alejar lo desconocido, simplemente desplazando sus fronteras hasta el marco de la puerta, desde donde lo oculto aguardaba, agazapado, esperando para tenderse sobre mí tan pronto cerrase los ojos. Por eso uno no duerme cuando teme la oscuridad, porque la amenaza no se revela nunca pero tampoco cesa.
Hoy la oscuridad me sigue dando miedo. Pero ya no como causa sino como consecuencia. La amenaza ya no espera fuera, sino que crece dentro de mí, por eso, si antes me mantenía despierto como un vigía, ahora la oscuridad es el recordatorio de que algo ha atravesado ya los muros. La oscuridad me recuerda que el insomnio ha trepado por mi interior, como una infección terrible, haciéndome retorcerme y dar vueltas buscando un descanso que nunca llega. Antes temía a monstruos de ojos grandes y extremidades afiladas y largas. Ahora es el estrés, la presión filosa del presente, la descomposición del tiempo lo que no me deja dormir. Es todo el malestar que se ciñe sobre mí, no ya como un monstruo terrible, sino como una presencia inquietante y muda.
Leía en el fantástico Traumacore de Nuria Gómez Gabriel acerca de los pasillos como el nuevo espacio del terror. En las casas encantadas, las presencias fantasmagóricas se limitaban a esas cuatro paredes. Venían de la oscuridad, de ese espacio desconocido. Por eso siempre que uno ve una película de terror le surge el impulso de gritar “idos de ahí, está embrujada”, porque una vez que se abandona la casa, una vez que se vuelve a cruzar el umbral que nunca debería haberse atravesado, el peligro queda atrás. Pero ya no vivimos en tiempos de casas encantadas. Ahora el temor es un largo pasillo en el que no pasa nada. Yo me lo imagino como una backroom: largas galerías con una incómoda luz blanca, de paredes crema y techos bajos. Los pasillos, dice Gómez Gabriel, están siempre dentro de nosotros. Uno puede dejar tras de sí una casa abandonada, pero lo temeroso de los pasillos es que son infinitos. No hay fantasmas, no hay monstruos, sólo hay esquinas que conducen a más galerías de incandescentes luces blancas. No puedes abandonar el pasillo. El pasillo reside dentro de ti.
Pienso que el paso de la casa encantada al pasillo es algo parecido al paso de la sociedad disciplinaria a la sociedad de control, del paso de las instituciones penales a la autogestión y autodisciplina que describía Foucault en “Vigilar y castigar”. Antes la represión venía de fuera, de un jefe tiránico, de una institución injusta, ahora, aunque esas figuras sigan existiendo, el eje de acción se ha movido, y tú te has vuelto tu peor jefe: autoexigente, injusto e inmisericorde. Y te tumbas en la cama pensando en todo lo que tienes que hacer, en las ideas que no has tenido, en lo que deberías haber avanzado –por mucho que lleves trabajando 10 horas–, en las oportunidades perdidas, en la crisis climática, en tu cuenta bancaria, en tu irresponsabilidad financiera y en tantas otras cosas que no sabes ni siquiera nombrar.
L me llamó llorando el otro día. Abrumada por el dolor que sentía y que rodeaba a toda su oficina, a sus amigas, al resto de sus círculos. Toda gente fracturada por el presente cruel en el que vivimos, por la presión del trabajo, por la insuficiencia constante, por el esquivo futuro.
Entonces volví a sentir crecer un pasillo inmenso dentro de mí. Y nos pusimos a correr queriendo atravesarlo.
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