¿A qué suena la noche? Salem y la pesadilla estadounidense

El “witch house” es la voz del lado oculto del país

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«Recordemos que antes de que haya una solución final, debe haber una primera solución, una segunda, incluso una tercera»
Toni Morrison.

Entramos al nuevo año como quien entra a la noche más oscura. La razón del mundo se ha mostrado a cara descubierta como no hacía desde tiempos imperiales, pues la pátina de legitimidad que solía barnizar la política exterior estadounidense es hoy un viejo disfraz olvidado: siempre imperó la ley del más fuerte, pero ahora se presume de ella. Aunque todos sabíamos que el rey iba desnudo, resulta terrorífico cuando es el propio rey quién farda de su desnudez. Si algo nos enseñan estos tiempos oscuros es que debemos dar por plausibles escenarios que hace apenas unos años eran inconcebibles. Groenlandia se muestra como la  próxima pieza de una contienda mundial cuyas fases se precipitan antes de que podamos llegar a digerirlas: Ucrania, Palestina, Venezuela. Ahora el territorio independiente de Dinamarca constituye el próximo terreno a conquistar, dejando a una Europa cobarde y aletargada al arbitrio de los imperios. 

En la misma semana en la que el orden del mundo se ha movido de manera sísmica, un agente del ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas), el cuerpo policial que lleva practicando redadas sistémicas contra toda la población migrante durante el último año, ha asesinado a tiros a Renee Nicole Good, una mujer en las calles de Minneapolis. Como respuesta, la pasada noche el gobernador de Minnesota llamó a la Guardia Nacional y al Estado de Emergencia en la que se presume será una semana de encadenadas protestas sociales contra la violencia policial. En la misma ciudad, a escasos metros del incidente de anoche, hace ahora casi seis años, un policía se sentó sobre George Floyd hasta ahogarlo. 

La noticia del asesinato por el ICE me pilla leyendo “Fascismo tardío” un brillante ensayo de Alberto Toscano. Una de las tesis más potentes del libro es que el fascismo puede entenderse como la extensión interna de las prácticas de dominación colonial que los imperios han ejercido siempre extramuros. La mujer a la que abatieron a tiros en su coche, blanca y de mediana edad, sufre ahora lo que sufrió George Floyd, del mismo modo que Europa siente que pueden hacer con su territorio lo mismo que Venezuela sufrió hace menos de una semana. 

Los fenómenos que han sacudido esta entrada de año no son anomalías históricas, si no la consecuencia lógica de una de las almas que habitan los Estados Unidos. Desde el nacimiento de la nación americana ya se podían alumbrar los rostros del horror que hoy nos atenazan. La conquista del oeste, el gran relato fundador estadounidense basado en la promesa, la aventura y los sueños dorados, se fundó sobre un genocidio étnico y ecológico cuya pulsión de muerte no se desvaneció nunca. La historia de los Estados Unidos es una historia de exterminio, dominación y soberbia. Es, también, una historia de resistencia a esos impulsos. Lo de hoy se puede leer como la extensión de aquellas batallas cruentas.

Foto de elena.pronto

¿A qué suenan las noches tan oscuras? Uno de los discos del año, si no el disco, ha sido Lux de Rosalía. Y es que en 2025 hemos vivido la vuelta del misticismo: películas como «Los domingos» y libros como «Las místicas» de Begoña Méndez o «Misticismo» de Simon Crickley surgieron a la par, alumbrando, como solo ciertos fenómenos culturales consiguen hacerlo, un espíritu de época. Más que la vuelta de los valores tradicionales, el misticismo responde a un anhelo de trascendencia. Estamos solos y necesitamos un sentido que nos oriente en el mundo y una comunidad que nos albergue. Los tatuajes, el tarot, el terraplanismo o la extrema derecha, todo responde a lo mismo.

Un poco de tranquilidad, una mínima certeza en medio de la noche en la que, solos y desorientados, con el frío trepando por el cuerpo y la intuición de que las horas más aciagas aún nos aguardan, caminamos. Con la esperanza de que una llama alumbre el camino. Ahí encontramos, claro está, el misticismo luminoso y cosmopolita de Lux. Pero su brillo será estéril si Rosalía es incapaz si quiera de definirse como feminista. En tiempos oscuros lo mínimo que debemos exigir es el compromiso más básico, pues no hay música que valga ante un mundo devastado. 

En esta noche oscura, frente a la luminosidad mística pero artificial de Rosalía, alumbran también las llamas de la banda estadounidense Salem. Entre el misticismo y la pesadilla gótica, el grupo del norte de los Estados Unidos, arquetipo de aquello que se conoce como el White trash, hombres blancos abatidos, aturdidos por el crac y la depresión, nos brindan la banda sonora que antecede a un mal sueño. Su primer disco, del 2008, se contraponía a la moda del chillwave que con sus estéticas veraniegas, tranquilas y disfrutonas habían acompañado el gran engaño que parecía duraría siempre y que estalló con la burbuja inmobiliaria de la que somos producto. Salem, por el contrario, fueron el gran baluarte de un género breve pero decisivo denominado “witch house” que, como el trap (de hecho, fueron, en buena medida, sus predecesores) hizo vibrar los malestares indefinidos del capitalismo en crisis. Depresión, nihilismo, drogas y sinsentido. A través de voces distorsionadas, sintetizadores minimalistas, samplers que mezclaban éxitos de los noventa con música clásica y temática religiosa entonaron los ecos de una pesadilla que aún se extiende en la noche. 

En 2012, el grupo desapareció y no volvieron a dar señales de vida hasta que ocho años después sorprendieron con un nuevo álbum, en el que los mismos anhelos tomaban nuevas formas. Durante esos doce años que separan los dos discos se sucedieron la caída de Lehman Brothers y la crisis financiera, la decepción de Obama, el auge y fracaso de Occupy Wall Street, el trumpismo y el Covid. Y doce años después la casa sigue encantada, pues las promesas antiguas nunca fueron satisfechas. 

Salem es la voz del lado oculto de los Estados Unidos: el de la desigualdad, la pandemia del fentanilo, la violencia y la soledad, los sueños rotos y las infancias truncadas. Como decíamos: lejos de ser una anomalía, la práctica contemporánea del país americano no es más que la consecución lógica de todo su pasado acumulado. Por eso Salem nos trae las voces fantasmagóricas de aquellas que fueron quemadas en las hogueras de la ciudad que da nombre al grupo a finales el siglo XVII (cuando la caza de brujas estaba ya superada)1. Los paisajes góticos de entonces cubiertos ahora por el óxido siguen arrastrando la misma condena. 

Hay música que alumbra nuestro tiempo. Las voces que reverberan como ecos encantados en las canciones de Salem son las voces de un mundo que se ha derrumbado y no ha tenido la decencia de reconocerlo. Es el lamento desamparado de aquello que ruega por una redención que no parece llegar; los escombros que quedan bajo las largas alfombras bordadas. De ahí que volvieran doce años después, como espectros que nos buscan, señalando que tras aquellos años torrenciales las ruinas seguían incólumes. 

Por eso Salem sigue resonando en este presente dislocado que nos acecha. Un presente adelantado a su tiempo, incapaz de asumir toda la historia que se nos precipita. Una realidad tan horrenda que podríamos pensar que venía de otros mundos, si no fuera porque siempre habitaron este, pero sólo ahora, nos damos cuenta, llaman a nuestra puerta.

Pero incluso en las pesadillas hay siempre una luz que alumbra. «Dame una última oportunidad para dejarte libre / Si lo abandono se acaba todo», canta Salem en Old gods mientras nos embarcamos hacia la larga noche.  

---

1 En el informativo de esta mañana de FoxNews destacaban que la mujer abatida en Minneapolis era “Lesbiana y tenía sus pronombres en su perfil de redes sociales”, como señalando una condición sospechosa ante una nueva inquisición.

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«Recordemos que antes de que haya una solución final, debe haber una primera solución, una segunda, incluso una tercera»
Toni Morrison.

Entramos al nuevo año como quien entra a la noche más oscura. La razón del mundo se ha mostrado a cara descubierta como no hacía desde tiempos imperiales, pues la pátina de legitimidad que solía barnizar la política exterior estadounidense es hoy un viejo disfraz olvidado: siempre imperó la ley del más fuerte, pero ahora se presume de ella. Aunque todos sabíamos que el rey iba desnudo, resulta terrorífico cuando es el propio rey quién farda de su desnudez. Si algo nos enseñan estos tiempos oscuros es que debemos dar por plausibles escenarios que hace apenas unos años eran inconcebibles. Groenlandia se muestra como la  próxima pieza de una contienda mundial cuyas fases se precipitan antes de que podamos llegar a digerirlas: Ucrania, Palestina, Venezuela. Ahora el territorio independiente de Dinamarca constituye el próximo terreno a conquistar, dejando a una Europa cobarde y aletargada al arbitrio de los imperios. 

En la misma semana en la que el orden del mundo se ha movido de manera sísmica, un agente del ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas), el cuerpo policial que lleva practicando redadas sistémicas contra toda la población migrante durante el último año, ha asesinado a tiros a Renee Nicole Good, una mujer en las calles de Minneapolis. Como respuesta, la pasada noche el gobernador de Minnesota llamó a la Guardia Nacional y al Estado de Emergencia en la que se presume será una semana de encadenadas protestas sociales contra la violencia policial. En la misma ciudad, a escasos metros del incidente de anoche, hace ahora casi seis años, un policía se sentó sobre George Floyd hasta ahogarlo. 

La noticia del asesinato por el ICE me pilla leyendo “Fascismo tardío” un brillante ensayo de Alberto Toscano. Una de las tesis más potentes del libro es que el fascismo puede entenderse como la extensión interna de las prácticas de dominación colonial que los imperios han ejercido siempre extramuros. La mujer a la que abatieron a tiros en su coche, blanca y de mediana edad, sufre ahora lo que sufrió George Floyd, del mismo modo que Europa siente que pueden hacer con su territorio lo mismo que Venezuela sufrió hace menos de una semana. 

Los fenómenos que han sacudido esta entrada de año no son anomalías históricas, si no la consecuencia lógica de una de las almas que habitan los Estados Unidos. Desde el nacimiento de la nación americana ya se podían alumbrar los rostros del horror que hoy nos atenazan. La conquista del oeste, el gran relato fundador estadounidense basado en la promesa, la aventura y los sueños dorados, se fundó sobre un genocidio étnico y ecológico cuya pulsión de muerte no se desvaneció nunca. La historia de los Estados Unidos es una historia de exterminio, dominación y soberbia. Es, también, una historia de resistencia a esos impulsos. Lo de hoy se puede leer como la extensión de aquellas batallas cruentas.

Foto de elena.pronto

¿A qué suenan las noches tan oscuras? Uno de los discos del año, si no el disco, ha sido Lux de Rosalía. Y es que en 2025 hemos vivido la vuelta del misticismo: películas como «Los domingos» y libros como «Las místicas» de Begoña Méndez o «Misticismo» de Simon Crickley surgieron a la par, alumbrando, como solo ciertos fenómenos culturales consiguen hacerlo, un espíritu de época. Más que la vuelta de los valores tradicionales, el misticismo responde a un anhelo de trascendencia. Estamos solos y necesitamos un sentido que nos oriente en el mundo y una comunidad que nos albergue. Los tatuajes, el tarot, el terraplanismo o la extrema derecha, todo responde a lo mismo.

Un poco de tranquilidad, una mínima certeza en medio de la noche en la que, solos y desorientados, con el frío trepando por el cuerpo y la intuición de que las horas más aciagas aún nos aguardan, caminamos. Con la esperanza de que una llama alumbre el camino. Ahí encontramos, claro está, el misticismo luminoso y cosmopolita de Lux. Pero su brillo será estéril si Rosalía es incapaz si quiera de definirse como feminista. En tiempos oscuros lo mínimo que debemos exigir es el compromiso más básico, pues no hay música que valga ante un mundo devastado. 

En esta noche oscura, frente a la luminosidad mística pero artificial de Rosalía, alumbran también las llamas de la banda estadounidense Salem. Entre el misticismo y la pesadilla gótica, el grupo del norte de los Estados Unidos, arquetipo de aquello que se conoce como el White trash, hombres blancos abatidos, aturdidos por el crac y la depresión, nos brindan la banda sonora que antecede a un mal sueño. Su primer disco, del 2008, se contraponía a la moda del chillwave que con sus estéticas veraniegas, tranquilas y disfrutonas habían acompañado el gran engaño que parecía duraría siempre y que estalló con la burbuja inmobiliaria de la que somos producto. Salem, por el contrario, fueron el gran baluarte de un género breve pero decisivo denominado “witch house” que, como el trap (de hecho, fueron, en buena medida, sus predecesores) hizo vibrar los malestares indefinidos del capitalismo en crisis. Depresión, nihilismo, drogas y sinsentido. A través de voces distorsionadas, sintetizadores minimalistas, samplers que mezclaban éxitos de los noventa con música clásica y temática religiosa entonaron los ecos de una pesadilla que aún se extiende en la noche. 

En 2012, el grupo desapareció y no volvieron a dar señales de vida hasta que ocho años después sorprendieron con un nuevo álbum, en el que los mismos anhelos tomaban nuevas formas. Durante esos doce años que separan los dos discos se sucedieron la caída de Lehman Brothers y la crisis financiera, la decepción de Obama, el auge y fracaso de Occupy Wall Street, el trumpismo y el Covid. Y doce años después la casa sigue encantada, pues las promesas antiguas nunca fueron satisfechas. 

Salem es la voz del lado oculto de los Estados Unidos: el de la desigualdad, la pandemia del fentanilo, la violencia y la soledad, los sueños rotos y las infancias truncadas. Como decíamos: lejos de ser una anomalía, la práctica contemporánea del país americano no es más que la consecución lógica de todo su pasado acumulado. Por eso Salem nos trae las voces fantasmagóricas de aquellas que fueron quemadas en las hogueras de la ciudad que da nombre al grupo a finales el siglo XVII (cuando la caza de brujas estaba ya superada)1. Los paisajes góticos de entonces cubiertos ahora por el óxido siguen arrastrando la misma condena. 

Hay música que alumbra nuestro tiempo. Las voces que reverberan como ecos encantados en las canciones de Salem son las voces de un mundo que se ha derrumbado y no ha tenido la decencia de reconocerlo. Es el lamento desamparado de aquello que ruega por una redención que no parece llegar; los escombros que quedan bajo las largas alfombras bordadas. De ahí que volvieran doce años después, como espectros que nos buscan, señalando que tras aquellos años torrenciales las ruinas seguían incólumes. 

Por eso Salem sigue resonando en este presente dislocado que nos acecha. Un presente adelantado a su tiempo, incapaz de asumir toda la historia que se nos precipita. Una realidad tan horrenda que podríamos pensar que venía de otros mundos, si no fuera porque siempre habitaron este, pero sólo ahora, nos damos cuenta, llaman a nuestra puerta.

Pero incluso en las pesadillas hay siempre una luz que alumbra. «Dame una última oportunidad para dejarte libre / Si lo abandono se acaba todo», canta Salem en Old gods mientras nos embarcamos hacia la larga noche.  

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1 En el informativo de esta mañana de FoxNews destacaban que la mujer abatida en Minneapolis era “Lesbiana y tenía sus pronombres en su perfil de redes sociales”, como señalando una condición sospechosa ante una nueva inquisición.

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