__MESSAGE__
Los hombres que leían a las mujeres
Cuando recuperemos los espacios físicos de encuentro, recuperaremos también la diversidad en la conversación, los matices en las discrepancias, los debates de fondo.
14 de agosto 2026
Cuando recuperemos los espacios físicos de encuentro, recuperaremos también la diversidad en la conversación, los matices en las discrepancias, los debates de fondo.
A estas alturas, hay cosas que no se tendrían que repetir y, sin embargo, se repiten. Que tienes más probabilidades de que te desahucien que de que te ocupen la casa, que nos tratan de convencer de temer al de abajo cuando el que amenaza nuestra existencia nos mira desde arriba o que el que no leas a mujeres nada tiene que ver con tu gusto personal. A estas alturas, hay debates que deberían estar muy claros y, sin embargo, no lo están.
A estas alturas no tendríamos que señalar que el gusto personal es de todo menos personal. Toda teoría crítica debería, ante todo, desestabilizar la idea que tenemos de libertad. Apuntar que no somos los sujetos libres y soberanos que creemos ser o que, al menos, nos gustaría ser. Nos condiciona nuestro lugar en el mundo, la relación con nuestro entorno, la cultura que consumimos, lo que se espera de nosotros y también lo que nos es dado. Tampoco implica eso que seamos ovejas en medio de un rebaño. Algo puede y debe hacer cada uno con esa herencia que recibe y que le acompaña de por vida. El gusto, parte de esa herencia, es también moldeable: se educa, se entrena, se sofistica.
A estas alturas, tampoco deberíamos pensar la política en términos de “a estas alturas”. Para empezar porque destila soberbia y deja siempre a los que han llegado más tarde (por los motivos que sea) fuera (y qué duro es sentirse fuera de algo). Porque siempre hay alguien que llegó antes y que podría también señalarnos a nosotros que a estas alturas hay cosas que no se preguntan. Pero también porque el “a estas alturas” designa la política como una serie de fases que se superan, como las pantallas de un videojuego que se van alcanzando. Pero si algo nos enseñan —desgraciadamente y del modo más cruel y morboso– estos tiempos en los que vivimos es que nada está garantizado y que nunca sabes cuándo tocará salir a pelear por los derechos que pensábamos blindados. La única manera de asegurarse de que los derechos prevalecen es que la gente que venga tras de ti se incorpore a tus batallas para que las bases sean cada vez más amplias. A estas alturas esto deberíamos haberlo aprendido.
Aunque sea frustrante. Aunque se acabe harto. Aunque no sea justo. Toda política que aspire a transformar el mundo deberá incluir al otro, al que duda, al que pregunta, al que desconoce, al que se equivoca. Y eso pasa por explicar cosas que seguramente, a estas alturas, deberían estar claras. En esa larga lista caben, claro está, los creadores de contenido que no leen a mujeres (y que se han pronunciado hace poco generando mucho revuelo en redes sociales). Podríamos hablar largo y tendido sobre las violencias estructurales que han sufrido las mujeres, las personas racializadas o la gente del colectivo LGTBIQ+ para hacer y consumir arte. Podríamos hablar de cómo toda forma de conocimiento es una forma de poder y que el canon es la reproducción de todo un entramado de dominación social que no hay que olvidar pero que sí hay que abrir, analizar y superar. O de cómo el gusto (que nada tiene de personal) es un aspecto que se puede entrenar y moldear y que eso, además de ser un ejercicio político muy necesario capaz de transformar nuestra mirada sobre el mundo, es también una experiencia muy gozosa. Pero hay gente que ha escrito antes y mejor sobre esto como Joanna Russ en su fantástico libro “Cómo acabar con la escritura de las mujeres” o Jimena Garcinuño en sustrato quien se preguntó “¿Por qué los hombres no leen a Jane Austen?”.
Yo quería hablar de otra cosa.
Desde hace más de un año Instagram se llenó de memes y referencias a los hombres performativos. Aquellos hombres que llevaban totebags y bigote, bebían té matcha y ¡sólo leían a mujeres! Al principio era una parodia cómica necesaria (¡buena falta nos hace a los hombres aprender a reírnos de nosotros mismos!). Los concursos al mejor hombre performativo eran divertidos y graciosos. Pero pronto la broma terminó por expandirse para señalar algo que quedaba por debajo: un escepticismo en el mejor de los casos que acaba en la desconfianza muchas otras veces. La idea que subyacía era que los hombres performativos no son de fiar porque, si ejercían su masculinidad de un modo distinto, lo hacían en el fondo porque habían entendido que aquello era atractivo para las mujeres. Si llevaban totebag o leían a Virginia Woolf era exclusivamente para ligar. Era todo un gran engaño. Porque eso es lo que hacen los hombres.
Tengo demasiadas amigas como para no saber que todos sus temores, su desconfianza y reticencias hacia los hombres están más que justificados. Me han contado experiencias desagradables, incómodas, injustas y también abusivas y violentas por parte de aquellos hombres. Y me consta que muchos hombres de mis círculos han tenido actitudes reprochables con muchas mujeres. Incluso yo mismo he hecho cosas de las que me arrepiento profundamente. Cuando empecé a leer y hablar sobre feminismo (estaré eternamente agradecido a mi amiga Cristina por su generosidad y paciencia al abrirme aquella puerta), sentí un cúmulo de sentimientos intensísimos: lo primero fue la culpa al poder nombrar agravios que no sabía que había cometido; lo segundo una liberación al entender que me podía relacionar con el mundo de un modo distinto; y lo tercero fue el estímulo de un cambio, la sensación de que había opción de mejorar, cambiar y aprender. De que las actitudes impropias no eran una condena que debía arrastrar con el sentimiento de culpa que ello conllevaba sino que me podía hacer cargo de ellas y liberarme. En esas sigo, y no creo que sea un trabajo que te abandona nunca.
La fuerza del feminismo se sostiene en dos pilares que comparten con muchas otras teorías críticas: nos ayuda a entender el presente y nos arroja luz sobre otros futuros posibles. Lo primero nos brinda un mapa para decodificar el mundo, nos ayuda a entender por qué suceden las cosas que suceden y alumbra las conexiones que antes estaban ocultas. Como apuntábamos al principio, nos muestra que no somos tan libres como presumíamos. Lo segundo es que, después de ese análisis, pueda alumbrar un cambio: que formule un horizonte que anhelar. La denuncia, cuando no alcanza a señalar un camino alternativo, puede caer en la melancolía. La melancolía produce frustración. La frustración, cinismo. El cinismo es la justificación de la inoperancia.
Tras los memes del hombre performativo subyacía una teoría conocida como heteropesimismo: simplificando, es la idea de que no se puede (ni debe) esperar nada de los hombres. Que los hombres no acarrean más que decepciones porque nunca intentan el cambio del todo. Incluso cuando parece que lo hacen no es más que un engaño. Una teoría con un apoyo empírico, desgraciadamente, enorme, pero que no obstante, desarmaba aquella virtud que traía el feminismo: analizar el presente para alumbrar el futuro. Porque el heteropesimismo, aunque venga cargado de razón, nos lleva ante un atolladero político: ¿qué queda entre la desconfianza ante los hombres performativos que sólo leían a mujeres y la indignación frente a los que no lo hacen? ¿Cuál sería, entonces, el modo correcto de relacionarnos con la escritura femenina?
Nuevamente, es muy difícil no hablar con tus amigas sin darte cuenta de que el heteropesimismo es la consecuencia lógica de su experiencia. Y sin embargo, creo que hay otros factores que ayudan a explicar el auge de esta visión y que puede ayudarnos también a salir del atolladero en el que estamos.
La ola política que sacudió a España (desde el 15M al 8M) hace unos años cogió mucha fuerza gracias a unas redes sociales que aún se estaban consolidando y que por un momento parecían que traían consigo el renacer del ágora pública. Veníamos de las Primavera árabes que habían estallado en twitter y facebook para ocupar masivamente las calles de Túnez. Pero si las redes digitales funcionaron fue en buena medida porque había discursos, pancartas y debates forjados en asambleas, en parques, en centros sociales y plazas. Sin lo físico, lo digital no es más que una sombra.
Más de una década después no sólo nos han arrebatado las redes sociales sino que también hemos vaciado los espacios de encuentro. Ahora toda conversación política es siempre reactiva y se limita a lo que ciertos creadores de contenido puedan decir sobre la inclemente actualidad política. Pero nos faltan los debates de fondo, los horizontes colectivos, las miradas estratégicas. Hemos cambiado la trascendencia por el impacto, en buena medida porque eso es lo que premia y exige la economía de la atención que domina las redes. Porque el heteropesimismo, además de tener una base experiencial enorme, encaja mejor en lo que el algoritmo demanda: ragebait, agresividad y reacción. Más interacción. Así, jamás sabremos todas las reflexiones y debates que no nos llegan porque el algoritmo las desprecia. De hecho, seguramente tampoco sea la corriente mayoritaria entre la sociedad, pero es, sin duda, la que más impacto y visibilidad tiene en las plataformas digitales. Creo que cuando recuperemos los espacios físicos de encuentro, recuperaremos también la diversidad en la conversación, los matices en las discrepancias, los debates de fondo… Pero hasta entonces, nuevamente, ¿qué hacemos con los hombres?
Hace unos años se hizo muy famosa una pancarta durante un 8M en la que se podía leer “Tenéis suerte de que las mujeres queramos justicia y no venganza”. Cuánta razón tenía esa pancarta. Y es que seguramente los hombres no merezcamos tener referentes, pero sin duda los necesitamos. Si el auge de los discursos reaccionarios, los feminicidios o el aumento de la extremaderecha nos enseña algo es que la sociedad en su conjunto necesita que los hombres aprendamos a habitar nuestra masculinidad de otra manera. Y eso, me temo, es una responsabilidad colectiva.
Hace unos meses, era rara la quedada en mi grupo de amigas en la que Pedro Pascal no acabase por salir en la conversación. Es cierto que acababa de salir The materialist, Los cuatro fantásticos y una nueva temporada de Mandalorian, pero ni tan siquiera esa sobreproducción explicaba su continuada presencia. Yo le pregunté a mi amiga Julia por qué nuestra obsesión con el actor. “No es por él en sí -me dijo-, es por lo que representa”. Ante mi cara de incomprensión continuó: “que el cambio es posible, que los tíos podéis ser de otro modo. Da igual que sea verdad o no, pero nos urge pensar que sí que es posible”.
Como siempre, Julia tenía razón.
¿Qué opinas?
Sin comentariosDe pasillos y casas embrujadas
Por Pablo Cerezo
Como todo niño, yo también temí a la oscuridad. Me despertaba cada media noche sin poder volver a cerrar los ojos. Encendía la luz de mi cuarto para tratar de alejar lo desconocido, simplemente desplazando sus fronteras hasta el marco de la puerta
Cierra Tipos Infames
Por Pablo Cerezo
Anoche anunció el cierre Tipos Infames, una librería sin la que la cultura madrileña reciente no puede contarse.
¿A qué suena la noche? Salem y la pesadilla estadounidense
Por Pablo Cerezo
Entramos al nuevo año como quien entra a la noche más oscura. La razón del mundo se ha mostrado a cara descubierta como no hacía desde tiempos imperiales
Tu nombre es una puerta por cerrar
Por Paula Melchor
Paula: Pere, creo que debo empezar esto diciendo tu nombre, para traerte hasta aquí. Eres el primer Pere que conozco, el único que conozco en realidad. Creo que eso le da cierta magia a tu nombre, ¿no?
Ganas de trabajar
Por Miguel Gómez Garrido
El presidente, Pedro Sánchez, declaró “estar del lado de quienes madrugan, trabajan y merecen protección cuando la salud les falla”. Fijaos en la formulación, porque no hay nada gratuito en ella. Para defender el derecho a acogerse a la baja, Sánchez tiene que empezar reivindicando el madrugón y el trabajo. Después, convocar a su primo de zumosol, el concepto mágico: el mérito, el merecimiento. Y, finalmente, condicionar la baja a que la salud falle. Con defensas así no se necesitan delanteros. Alguien dirá: bueno, ya sabes, you have been psoed.
Tragarse el librito
Por Paula Amo
Mecidas por la resaca atenuada tras la visita papal que colapsó una ciudad que ya de por sí invita a la sobreestimulación sensorial, parece que aún hay cosas que decir. En sustrato nos leímos la Magnifica Humanitas en su momento y ahora, a toro pasado, queremos volver a ella. Sin pretender decir nada nada nada nada nuevo al respecto, sí que me gustaría hacer una invitación a pensar una cosa por un momento.
Abónate a sustrato.
Apoya el trabajo de Pablo Cerezo
Lee a tus autores favoritos y apoya su trabajo independiente y audaz.
VER PLANES