Atentamente. 02. Sin perdón y sin permiso. Cine queer y representaciones.
Me encojo en la butaca cuando escucho la palabra moda asociada a una condición humana.
24 de marzo 2026
Por Patricia Conor
24 de marzo 2026Me encojo en la butaca cuando escucho la palabra moda asociada a una condición humana.
Para que te guste el cine te tiene que gustar la gente. Te tienen que atraer sus historias y te tiene que gustar poner la oreja en lo que dicen. Por eso la crítica cinematográfica genuina y sin ornamento sucede en los baños públicos de las salas, mientras le sujetas el bolso a tu amiga y escuchas, sin querer o queriendo, que ha ocurrido en los cuerpos que han mirado la misma pantalla que tú durante las dos horas anteriores. Si es que ha pasado algo. Si es que han mirado la pantalla con la atención que requería. Si es que el cine, en efecto, ha sucedido allí donde pretendía suceder.
Es la 29 Edición del Festival de Cine de Málaga. Salimos de ver Yo no moriré de amor, de Marta Matute, todavía con las entrañas encogidas por el impacto emocional que inevitablemente te genera una historia como esta. En los baños del Teatro Cervantes, se escucha una conversación distendida entre dos mujeres que terminan de lavarse las manos. Me ha encantado, pero pensaba que le iban a dar más importancia a su orientación sexual, no implica nada en la trama (...) Es el tema del año. ¿El que? Los personajes LGTBIQ+. La diversidad. Está de moda.
¿ La diversidad
está de moda ?
Días más tarde, durante las asesorías del guion que he venido a desarrollar en un programa durante el Festival, alguien me pregunta por qué hay una pareja de mujeres en la historia, si no tiene ningún tipo de conflicto ni peso narrativo. Si, en el fondo, no aporta nada que condicione la narración. La respuesta la que debería haber sido la respuesta llega días después y en otra voz, cuando el director Ian de la Rosa recoge la Biznaga de Plata al mejor guion por el largometraje Ivan & Hadoum.
«Las personas LGTBIQ+ hemos llegado para quedarnos detrás y delante de las cámaras. El espacio cinematográfico es un espacio que históricamente se nos ha negado. No puede ser una raya en el agua, tenemos que protegerlo, tenemos que continuar y no puede ser solo un año. Tiene que ser, a partir de ahora, siempre (...) “Necesito ver películas donde ser trans no sea un conflicto.»¹
Me encojo en la butaca cuando escucho la palabra moda asociada a una condición humana. Cuando pienso que la representación de disidencias en el cine puede ser el fruto de una y no la consecuencia de algo que sencillamente es y lleva siendo toda la vida. Respiro dos y tres veces cuando advierto que, en la ficción y en la realidad, se está abriendo paso hacia una existencia sin explicaciones. Este tipo de comentarios refleja una expectativa que la representación queer lleva años cargando: la idea de que los personajes LGBTQ+ solo existen para justificar un conflicto, para enseñar algo o para generar conmoción al espectador. Durante décadas los cuerpos queer fueron invisibles o codificados, y cuando aparecían, era para reforzar estereotipos o tragedias. La pregunta aquí es: ¿por qué todavía se espera que un personaje queer algo en la narrativa? ¿Por qué seguimos esperando que su identidad sea un problema a resolver?
La declaración Necesito ver películas donde ser trans no sea un conflicto —tan sencilla como radical— apunta a lo que muchos festivales empiezan a discutir (aunque no siempre en voz alta) : la presencia de personajes queer no puede seguir atada a la lógica del conflicto identitario como única razón narrativa. No es suficiente con mostrar cuerpos disidentes si las historias que cuentan siguen ancladas en la jerarquía tradicional de identidad-tragedia-conflicto.
Desde que Vito Russo analizó en The Celluloid Closet la representación de personajes homosexuales en Hollywood, sabemos que su presencia en pantalla estaba condicionada a una función: ejemplificar, advertir o castigar. El personaje no podía simplemente existir; tenía que significar algo. Esa lógica no ha desaparecido, se ha reformulado. Hoy los personajes LGTBIQ+ están presentes en los festivales, pero su narrativa sigue pasando muchas veces por justificar su identidad dentro de la historia. Lo que parece empezar a cambiar —lo que lleva años cambiando— es la aparición de relatos donde esa lógica no se cumple. Yo no moriré de amor no organiza su drama alrededor de la orientación de sus personajes. Ivan & Hadoum tampoco convierte la identidad trans en el eje de la trama. 9 Lunas (Patricia Ortega) o La carn (Joan Porcel) actúan en esa misma línea: desplazan la identidad del centro obligatorio del relato y la sitúan como una condición más dentro de una vida que, como todas, tiene otros problemas, otras tensiones y otras prioridades. Esto, que debería ser una obviedad, no lo es. Porque rompe una expectativa muy asentada en ciertos discursos que continuamente se nos han repetido como espectadoras : que lo queer en pantalla debe ser legible como conflicto. Cuando no lo es, aparece la pregunta: ¿para qué está ahí?, ¿es necesario?
Este fenómeno, bautizado en una conversación con otros compañeros del sector como el dilema de la embarazada nos lleva a preguntarnos por qué cada vez que aparece una persona embarazada en escena creemos que el hecho de que esté embarazada implica algo en la historia. ¿Acaso no existen personas embarazadas cuyo conflicto vital no es precisamente este? ¿Por qué esta falta de personajes queer no relacionados con su identidad? Esto nos obliga a replantear una pregunta que ha estado demasiado tiempo en la sombra: ¿por qué cada vez que una persona queer aparece en escena asumimos, generalmente, que su identidad tiene que ser el relato principal? Del mismo modo que no esperamos que un personaje heterosexual solo exista si su heterosexualidad explica la trama, no deberíamos esperar que los personajes queer tengan que justificar todo el peso dramático de una película.
La teoría queer² sostiene que lo queer no es solo una orientación o identidad, sino una forma de existencia y de temporalidad fuera de la norma. Queer no es no debería ser sinónimo de sufrimiento ni de tragedia; es una posición política y estética que desafía los modos hegemónicos de narrar las vidas. Y cito aquí a Lauren Berlant Las narrativas dominantes nos enseñan qué vidas son reconocibles como vidas. El cine puede celebrar esa posición con retrospectivas, premios o menciones, pero lo que realmente transforma la existencia diaria es cuando esas narrativas dejan de ser excepcionales y se convierten en la literatura común, en algo cuya presencia no necesita justificaciones.
Este cambio no es sólo temporal ni está impulsado por una . Está ocurriendo porque las audiencias y los propios creadores reconocen que las historias que valen la pena no son las que explican una identidad, sino las que hablan desde ella, con ella y más allá de ella. Que la presencia queer puede coexistir con otras tensiones dramáticas sin que su orientación sea el eje de la historia parece algo evidente, pero es un salto inmenso en la narrativa si nos detenemos a pensar por qué algo tan sencillo genera preguntas al espectador no habituado a estas historias.
Las etiquetas existen porque existen las diferencias. No son meras categorías, sino puentes ontológicos hacia la visibilidad y la dignidad humana. Existen en la medida en que algo etiquetado ha sido históricamente excluido. Pero una vez visible, esa identidad no debería quedarse atascada en el lugar de la etiqueta, no debería estar destinada a ser solo tema de discusión académica, clasificación en la parrilla de contenidos o motivo de marketing. El verdadero avance ocurre cuando la diversidad deja de ser el para convertirse en uno de los muchos aspectos narrativos posibles. El verdadero paso hacia adelante ocurre cuando la naturalización se abre paso en la vida y en el cine, cuando la mano que señala deja de apuntar hacia la diferencia porque deja de reconocerla como tal.
Mujeres desconocidas del baño, quiero darme la vuelta y responderos que no, que no es una moda. No somos una tendencia del momento. Venimos a quedarnos sin perdón y sin permiso, y aquí lo único que está en juego es el derecho a existir sin pretensiones. A veces es más importante saber de dónde vienen nuestras cuestiones que esperar que el resto las sepa responder.
Gracias a las-los referentes que juntan las palabras para forjar una identidad cada vez más falta de consentimientos. Hablo por mi diferencia. Defiendo lo que soy. Yo acepto al mundo, como diría Lemebel.
I am not a category, como diría Myles.
___________
¹Del discurso de Ian de la Rosa tras ganar la biznaga de Plata en el Festival de Cine de Málaga.
²Estudios sobre la Teoría Queer.
sustrato funciona gracias a las aportaciones de lectores como tú, que llegas al final de los artículos. Por eso somos de verdad independientes.
Más, aquíAtentamente. 01 ; Martin Parr. Todo puede ser extraordinario.
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