Artes

Imárgenes #1: The Falling Man

25 años de malestar fotográfico

11 de septiembre 2026 · 1 comentario


Suelo utilizar eventos históricos para calcular la brecha generacional con mi entorno. Le pregunto a colegas de trabajo y amigos si recuerdan el golpe del 23F, la caída del muro de Berlín o el 11 de septiembre de 2001. Tengo debilidad por las historias del dónde estaba yo cuando supe que aquello estaba pasando. Yo, que no puedo reconstruir estas historias desde el recuerdo, lo hago a través de imágenes que no por casualidad han ido apareciendo en mi retina hasta resultar familiares. The Falling Man es una de ellas. 

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Como historiador del arte, siento debilidad por las resonancias visuales. La iconografía política contemporánea rima con aquella antigua, medieval, moderna. Cada poco tiempo hay una imagen que abre las portadas del mundo, como Notre Dame flambée o Maduro preso. El momento, el medio y la forma en que esas imágenes circulan no son inocentes. Ni nuestra reacción. No puede serlo, tampoco, el modo en que las recordamos.

Hace varios años vi en el CAAC una instalación de Hans-Peter Feldmann titulada 9/12 Front Page, donde el autor desviaba la tragedia del 11S al 12S, de los hechos a la narración en prensa. 151 portadas de periódicos de todo el mundo que invitan a reflexionar sobre la intención del medio: la foto escogida, el título, el tono. Entre ellas, no destaca The Falling Man.

La fotografía de Richard Drew apareció aquel 12 de septiembre en The New York Times, sí, pero no fue portada. El problema de la imagen era, precisamente, ser perfecta. Un hombre se precipita de las Torres Gemelas y queda capturado por una cámara. El fondo izquierdo pertenece a la torre norte, de la que se ha tirado al vacío. La otra mitad a la torre sur. Lo cercano y lo lejano se funden en un telón de barras, las líneas son perfectas como las de una bandera, el espacio resulta abstracto. Está invertido y tiene los brazos relajados, pegados al cuerpo. Dobla una rodilla y transmite silencio y tranquilidad. Tiene el romanticismo del Caminante sobre el mar de nubes de Friedrich (1818) y la etereidad de cualquier caída de Ícaro. La retórica artística da para muchísimo. Pero nuestra concepción buenista del arte presupone como insultante cualquier comparación, como si la belleza fuese exclusiva de lo banal. 

Dice Joan Fontcuberta que la fotografía es el beso de Judas: un engaño. Esta, desde luego, lo fue. La secuencia de fotografías enseña a un hombre que da vueltas mientras cae, mueve los brazos, las piernas. Tampoco es la única imagen de alguien saltando de las torres, aparecen a decenas. Aproximadamente un 7% de las víctimas mortales del 11S se precipitó, bien por haber saltado, bien empujada por el fuego o los derrumbes. Hace poco leí que aquel fue el día más fotografiado y grabado de toda la historia. No lo creo, pero lo entiendo. Son imágenes de angustia y pánico, todo lo opuesto a aquella seleccionada. Pero es también una selección política: un hombre que mantiene la pose viril mientras muere. La resignación, lo heroico, la resiliencia, estoicismo puro, propaganda. 

La idea de individualizar al mártir anónimo como vector del dolor colectivo no es para nada novedosa. Estás harta de ver monumentos nacionales en las grandes capitales con un cuerpo como reliquia civil. En Roma tenemos la tumba del soldado desconocido, un cuerpo cualquiera que —desde la retórica política— entrega su vida por la nación. Aquí aparecen siempre imágenes gloriosas de soldados jóvenes y corpulentos, victorias aladas que sonríen, referencias a la eternidad martirial (es decir, sin dolor). 

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Dos años después, Tom Junod recuperó la fotografía en un extenso reportaje para Esquire, cuando ya había desaparecido prácticamente de la memoria mediática estadounidense. Lo hizo en 2003, y reflexionó sobre su agencia en 2021 en la misma revista. Allí habla de Tumbling Woman, la escultura de Eric Fischl para conmemorar el atentado. Es el bronce de una mujer que colapsa contra el suelo, como hicieron tantas y tantos jumpers. Una obra rechazada institucional y moralmente por ser “una representación de violencia literal, en lugar de figurativa”.

A 25 años del atentado de las Torres Gemelas, las imágenes de muerte han hecho callo en la retina colectiva. Las torturas de EE.UU. en Abu Ghraib (porfa, leed a Stephen F. Eisenman), Israel carbonizando niños gazatíes o cadáveres flotando en el mediterráneo en busca de vida. Todas ellas con rostros. Estaríamos, de hecho, de acuerdo en lo necesario de que las tragedias tengan cara y nombre propio. Menos mal que hay móviles en Gaza. Sin embargo, los monumentos que se hacen —y harán— recurren a lo alegórico, lo abstracto, lo simbólico. ¿No estamos preparados para recordar la tragedia siendo trágica? ¿Sería irrespetuoso hacerlo? ¿Necesitamos eliminar de la memoria según qué imágenes y sustituirlas en el imaginario colectivo? 

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