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El robo del siglo
Cuando te la pela la cultura
31 de agosto 2026 · 2 comentarios
No conocerías La Gioconda si no la hubiesen robado, como no conoces el 99% de la colección del Louvre. Te la trae floja y eso está bien. No defiendo el robo del Tesoro de Villena como estrategia de divulgación para universalizar el conocimiento artístico, pero hay que acabar con estas histerias colectivas cuando se trata de arte.
Tiene la cultura el don de suscitar escándalo mediático a conveniencia. Podría haberlo hecho por la externalización laboral que no pocos museos hacen de las tareas vinculadas a los cuidados: mantenimiento, mediación, atención al público. Podría haber saltado la liebre por la huelga que a principios de verano organizaron los subcontrata del Reina Sofía. Podría haber sido por las innumerables salas de museos públicos que permanecen cerradas por falta de personal. O por la precariedad estructural de un sistema maltratado y maltratador. Podría haber sido por tantas cosas que duelen. Pero ha sido por lo que brilla.
Hace unos días robaron unas piezas de oro del Museo Arqueológico Municipal de Villena e instantáneamente la indignación colectiva ya estaba en todos los medios. No ha quedado divulgador, político ni periódico por hacer pública su más firme condena. No a los ladrones, claro. Al museo, al ministerio y, de refilón, a la situación del sector cultural. Hoy todos tenemos una firme opinión sobre lo mal que funciona la cultura en este país. Qué buen momento para darse cuenta, desde el sofá, ahora que sientes que te han robado algo valioso.
No recuerdo haber escuchado hablar de ese tesoro antes. He comido mucha asignatura de arqueología en la carrera, mucho temario de Península Ibérica, y aquellos cuencos no me sonaban. Si alguna vez me los enseñaron, no me interesaron. Veo a políticos ajenos a las humanidades clamar al cielo y me pregunto si a ellos se lo explicaron mejor. Qué cateto yo, del sector, incapaz de escandalizarme por la pérdida.
Hace unos años no habría dudado en dar un golpe de Wikipedia, hacerme experto durante veinte minutos en el Tesoro de Villena y sumarme a la indignación tuitera por este atentado contra el antiquísimo patrimonio de todos, autoretratándome como un todólogo más. Pero dejé de usar Twitter porque no rentabilizaba económicamente el tiempo invertido en divulgar y, a mí, como a ti, también me la traen floja los cuencos de oro. Llamarlo patrimonio y conjugarlo en primera persona sería, en mi caso, puro cinismo. No puedo llorar la pérdida de lo que me es ajeno, desconocido o extraño. No puedo aprovechar a llamarlo mío ahora que ya no es de nadie.
Puedo, solo, preguntarme si realmente todo el mundo está interesadísimo en la producción metalúrgica de vajillas de la Edad del Bronce o si, por el contrario, nos encanta autoretratarnos en redes más culturetas de lo que somos o de lo que nos permitieron ser. Como quienes —sin pilotar los básicos de la catequesis— te defienden una religión solo porque su clase económica pertenece a ella.
Quizá, cuando te apetezca fingir que te interesa el arte, podrías también compartir algo sobre la vida precaria de las trabajadoras culturales. Por decir algo.
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