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Richard Avedon: In the American West
Recorrió Estados Unidos durante cinco años retratando la versión genuina y en carne viva de lo que hasta entonces había tenido que arrancarles a sus modelos.
22 de julio 2026 · 1 comentario
Recorrió Estados Unidos durante cinco años retratando la versión genuina y en carne viva de lo que hasta entonces había tenido que arrancarles a sus modelos.
Lo primero que hay que entender es que, cuando realizó In the American West, Richard Avedon ya era el puto amo. Hablamos del fotógrafo oficial de las portadas de Vogue, de un artista con exposiciones en el MoMa y el MET, considerado principal impulsor de la llamada revolución elegante de la fotografía de moda y referente mundial del género.
La cuestión que nos ocupa es por qué al buscar en internet a alguien que retrató a iconos como Buster Keaton, Marilyn Monroe o Humphrey Bogart, en lugar de toparnos con celebridades indiscriminadas o una colección de portadas de revista lo que aparece es un chaval sosteniendo un cadáver de serpiente.
Se dice que Avedon sometía deliberadamente a sus modelos a sesiones largas y extenuantes con el objetivo de arrancarles una expresión de hartazgo, agotamiento o cualquier otro rasgo veraz que diferenciase sus retratos del resto de posados arquetípicos de esas personas.
Su famosa fotografía de Marilyn, donde la actriz aparece en una disociación evidente, sin mirar a cámara, es un ejemplo claro de ello. Si de entre todos los retratos de Monroe que existen tuviésemos que escoger uno para acompañar la frase "A lo mejor Dios me ha abandonado", sería ese. Capote, por otro lado, parece a punto de quedarse dormido. Henry Miller y Jean Renoir, en sus respectivos retratos, dan la impresión de no entender por qué son tan viejos, como dos niños que se hubiesen dormido con diez años y acabaran de despertarse en ese instante, sin pelo y con dolor de espalda.
A pesar de la singularidad de estos retratos, lo que predomina es otra cosa.
En 1979, cuando Avedon tenía cincuenta y pocos y era un profesional en la cumbre de sus poderes, el Amon Carter Museum le encargó un proyecto para el que parecía llevar preparándose toda la vida, a través de esas largas sesiones y de las décadas de depuración de estilo en el ámbito de la fotografía profesional. Este encargo acabaría constituyendo In the American West.
Un resumen:
Durante cinco años, de 1979 a 1984, Avedon recorrió Estados Unidos retratando la versión genuina y en carne viva de lo que hasta entonces había tenido que arrancarles a sus modelos.
Ciento diez fotografías de gran formato. Ciento diez personas procedentes de veinte estados.
El objetivo: componer un fotolibro.
"Mis retratados son personas a las que nadie mira", explicó Avedon en su momento, "Sin embargo, son ellas quienes mueven el mundo. Son ellas quienes hacen el trabajo".
El primer retrato de la exposición corresponde a Allen Silvy, un vagabundo de Nevada. Desde ahí, se nos plantea un larga consecución de personas determinantemente ajenas a la élite cultural occidental pero contempladas como si, de hecho, fuesen el futuro de la misma. Como si Allen Silvy debiera aparecer en la próxima portada de Vogue o formar parte de los estatutos del MoMa. En la plantilla de retratados hay feriantes, pacientes de hospital, vagabundos, muchos mineros del carbón con la cara embadurnada, un ex-boxeador, un apicultor cubierto de abejas, trabajadores de matadero, un minero de uranio, criadores de ovejas, criadores de vacas, criadores de cerdos, sepultureros, camareras, camioneros, reclusos, un albañil, un baterista, un granjero, un cultivador de algodón. Etcétera. No se ha colado ninguna estrella pop, ningún alcalde, ningún jugador de baseball, ningún empresario, ningún broker.
Fueron cinco años de trabajo riguroso donde Avedon rechazó la luz artificial (dijo que le bastaba la luz del Oeste) y el paisaje, unificando a todos los retratados sobre el mismo fondo blanco. Cuando el foco se desliga del contexto, recae por entero sobre la persona.
Siendo un chaval, mi amigo Aram trabajó como asistente en el estudio de Avedon en Nueva York. Lo recuerda como algo extraordinario. Más allá de que resulta muy fácil romantizar la juventud, y mucho más una juventud súbitamente plagada de modelos y celebridades, puedo entender cómo debió contribuir aquello a su mirada. En el estilo de Avedon hay un empeño en profundizar en las personas. Ese es el valor de su fotografía: emulsionar lo veraz por encima de las rigideces del medio. In the American West supone la expresión más eficaz de ese valor. Puestos a apostar, es fácil imaginar que la última obra de Jack Kerouac en desaparecer de este mundo será On the road, que Fahrenheit 451 será lo último que quede de Ray Bradbury. No es que el resto de la obra de esos autores sea anecdótica y descartable. Lo que sucede es que, por mucha calidad que haya en todas las canciones de Bob Dylan, sólo las más poderosas seguirán tarareándose dentro de cincuenta años. De la misma forma, In the American West es el núcleo duro de Richard Avedon y seguirá teniendo sentido exponerlo el siglo que viene, tanto a nivel antropológico como artístico.
El comisario de la exposición, Clément Chéroux, ha sabido estar a la altura de su elegancia. Ha añadido algunos elementos que ayudan a dar empaque a la serie, enriqueciendo sus márgenes sin restar protagonismo al meollo del asunto.Hay detalles muy acertados, como las polaroids que servían de registro para los distintos modelos o los croquis de laboratorio con los indicadores de exposición marcados a rotulador. También la revista donde Avedon publicó un anuncio buscando a un apicultor dispuesto a posar con abejas vivas sobre su cuerpo a cambio de 100 dólares. O la carta que una mujer le escribió para contarle que se había enamorado de Juan Patricio Lobato, un feriante de Colorado retratado por Avedon en 1980 (la mujer en cuestión, llamada Greta, decía haber encontrado en el joven Lobato al amor de su vida y ofrecía un cheque en blanco a Avedon a cambio de cualquier otro material que pudiese conservar de aquel día).
Todos estos elementos están situados de tal manera que sirven de freno a la inercia del visitante, que tras quince o veinte retratos corre el riesgo de automatizar el visionado y recorrer el resto de la sala sin darse cuenta de que ya no está viendo nada. Cuando el visitante se acerca a ese estado, Chéroux le ofrece un rodeo del tamaño justo para no separarlo completamente del recorrido, ideal para renovar la atención.La exposición es, a fin de cuentas, un despliegue coherente y pulcro de lo que se propone en el fotolibro. Un lujo adicional, por cierto, es que Avedon trabajó directamente en todas las fotografías que se pueden ver ahora en Fundación Mapfre. No son copias post-mortem. Son la mandanga original.
En cualquier caso, tras visitar la exposición es inevitable preguntarse quién está desarrollando en la actualidad proyectos con metodologías a la altura de las de Avedon.
En una aproximación coherente, me viene a la cabeza Zanele Muholi y su serie Faces and Phases, con la que lleva veinte años retratando a comunidades sudafricanas LGBTQIA+. En una aproximación menos creíble, pienso en JR, que se limita a articular retratos masivos de comunidades marginadas intentando hacer pasar el oportunismo por conciencia social (hay cientos de JR's en el panorama, algunos con muchos medios y otros con pocos, pero todos ellos se parecen en que no comparten ni por asomo los fundamentos de Avedon, el primero de los cuales implica estar presente; JR, sin ir más lejos, a menudo realiza proyectos con convocatorias del estilo: hazte un selfie y envíamelo).
Como aproximación local, en los 80, mientras en Estados Unidos se gestaba In the American West, en España teníamos a García-Alix fotografiando a motoristas, drogadictos, presos y estrellas porno. Pero existe una gran diferencia entre retratar la marginalidad de manera participativa, como sucedía de forma declarada en la obra de García-Alix, y retratar lo que un/a artista considera el motor de la sociedad. En ninguna de estas aproximaciones hay una resonancia plenamente satisfactoria. Al menos, yo no la percibo.
Entonces, ¿quién está privilegiando de forma contundente y legítima la perspectiva de la clase obrera mediante los mejores recursos del arte contemporáneo?
¿Quién nos está diciendo, con rigurosidad y sin ínfulas, que lo importante de Madrid no son Los Javis sino Mercedes la que te hace las uñas?
Y sobre todo, ¿quién lo hace desde el deseo de ser comprendido por Mercedes y no como trampolín hacia Los Javis?
¿Qué instituciones españolas están dispuestas a apostar por la clase de proyecto que, en lugar de romantizar realidades marginales, nos recuerda que Miquel Barceló no es en absoluto más valioso que un cerrajero?
Daos un paseo por Fundación Mapfre (tenéis hasta el 30 de agosto) y si se os ocurre alguien, por favor, me lo decís. Me interesa mucho.
Artículo en colaboración con Fundación Mapfre
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