En defensa del abismo
La decadencia es tentadora y yo una fanática de lo sensual. Parezco una canción de Amaral.
16 de marzo 2026
Por Bardají
16 de marzo 2026La decadencia es tentadora y yo una fanática de lo sensual. Parezco una canción de Amaral.
“Cada vez que me he hundido en la más baja degradación, cosa que ha sido casi constante, he releído estos versos sobre Ceres y la miseria del hombre. ¿Pero han servido para corregirme? No. Porque soy un Karamazov; porque cuando caigo al abismo, caigo de cabeza. Y te advierto que me gusta caer así: este modo de caer tiene cierta belleza a mis ojos. Y desde el seno de la abyección entono un himno.” - Fiódor Dostoievski – Los Hermanos Karamazov
“Estoy pasando una crisis
Esto le pasa a cualquiera
Mi pecho bam, bam, bam, bam
Me gusta mucho este juego”
– Camellos – Cafe para Muy Cafeteros
Para Patricia, mi psicóloga: ups.
Cuando apelamos al abismo, solemos referirnos a un periodo de angustia existencial seguido de una enajenación transitoria. Le tumbamos el teléfono cuando queremos huir, cuando queremos hacernos pogos con la autodestrucción, la adrenalina y el abandono de uno mismo. El buzón de voz está lleno de sombras, de responsabilidades, de facturas emocionales vencidas y exigibles.
La decadencia es tentadora y yo una fanática de lo sensual. En la pista, nos rozamos y me prendo. Me he vuelto una espectadora en mi vida. Es el décimo día que como quesadillas sin especiar, que cancelo planes, que duermo once horas seguidas, que lloro con Aitana. Quizás atraviese una crisis, ora profunda, ora trivial. Mi psicóloga no ve patología, dice que es normal. Yo sólo quiero atarme al cuello la soga de mis ojeras y saltar. Me aburro.
Viernes. Tercera botella de vino, mismo bar. Entre risas, una amiga cuenta que la han echado de su curro porque lo han automatizado. Calculadora de indemnización por extinción de contrato laboral. Una cuenta que se ha prometido, la otra está soltera pero quiere tener hijos ya, otra acaba de abortar. La que frecuenta el cajero a las cinco de la mañana lo ha dejado con el DJ. Su terapeuta es una inteligencia artificial. Mi némesis se ha comprado una casa, y tiene mi edad. Un colega comparte piso con su ex, porque no tienen pasta, porque la Ley de Arrendamientos Urbanos sólo sirve como papel de fumar. Hazte una L. El estrecho de Ormuz, Hinge, Hyrox, bótox, el tarot, congelar óvulos, media maratón, la factura del gas. Desconecto, necesito salir a fumar. Todo mal.
Martes. Decimocuarto café, vigesimoquinto cigarro. Nothing from my end. Desde la segunda pantalla, leo los titulares para sentirme ruin por quejarme de una vida en la que, en el fondo, nada va mal. Le pongo un plato a la culpa del privilegio. Lo hago por vicio, por hastío, por falta de voluntad. Me odio y no me retoco, porque así tengo algo en lo que apoyarme para legitimar mi ansiedad. Celebro desde la hipérbole cualquier hito personal, como si romantizar el narcisismo me fuese a salvar. Todo va bien, soy yo la que está mal. El podcast semanal de El Orden Mundial.
Repaso mi vida por el retrovisor porque las próximas paradas me aterrorizan. Imagino otra vida, la que sea; una en la que la satisfacción sostenida no resulte utópica, las resacas no duren tres días. Quizás necesito un oficio, un vuelo, un antidepresivo, una intervención parental. Me debato entre meterme en una secta o dimitir de la existencia abintestada. Sedadme. Aunque, reitero, nada va mal.
El profesor Jiang dice que ya estamos en la III Guerra Mundial. Qué marca el Pentagon Pizza Index. Dónde estabas cuando te llegó la notificación de Al Jazeera. Dónde se regula el servicio militar. Qué pone en el artículo 5 del Tratado de Washington. Qué es el fósforo blanco, qué significa “goyim”. El pony de Von der Leyen. Mi padre pide que le avisen si van a lanzar misiles, para ponerse debajo el primero. Macron contesta que “fô shù”.
Tengo ganas de llamar a mi mejor amiga, pedirle permiso para irme a la mierda, recomendarle que se abastezca de “te lo dije” en Shein. Esto es temporal. Quiero anécdotas. Quiero el riesgo. Quiero el exceso. Quiero huir. Quiero montarle un pollo a alguien. Quiero hacer las cosas mal, salir impune, sentirme inmortal. Parezco una canción de Amaral.
No recuerdo la última vez que odié tanto la cotidianeidad. Aplaudo la creatividad invertida en disfrazar mi autolesión; le bordo sus iniciales. Paso el mono del éxtasis que es su portal. Aun así, todo me es familiar. No nos escribimos, porque sabemos que vamos a contestar. Romper el contacto cero con un “hola, sólo te llamaba para empeorar las cosas”. ¿Es esto el abismo? Qué guay.
Trato de racionalizar, como si lo fuese a evitar. Abro Wikipedia. Abro Sci-Hub. La misma cita espuria de Nietzsche me da ganas de vomitar. El abismo como refugio del fugitivo del tedio, como metáfora de una decadencia irrestricta, cuya profundidad transgrede lo cognitivamente concebible. Abismo como corrupción, como alud que derrumba el límite, dejando tras de sí las ruinas del ser. En el fondo, no sé quién soy. Prenderme fuego suena genial.
El abismo como mecanismo de contención, como sedante existencial, como alivio intermitente. El abismo bíblico: como salvación, como perfecta oscuridad, como “fundamento primero del mundo, punto de origen que funda el universo entero”. El abismo como génesis, como espectro semántico. Ponme tres, para llevar.
En todas sus acepciones, alude a Despeñaperros, al Tártaro, a la profundidad. El abismo como side quest, como romance con diez copas de más. Quiero asomarme al vacío, hacer balconing, dejar que el caos me mezca, que el error me cante una nana. No es nihilista ni absurdista, simplemente es que en el exceso hoy encuentro la tranquilidad. Toc, toc. Soy yo. Déjame entrar.
De repente, entre el humo y las luces, mi oportunidad. Un after con las persianas bajadas. Un viaje de cuatro días con escala en Dubai. Un cartón, un corcho, un “yo sé que está mal”. Una hiperfijación terminal. Un “no te puto pilles” que sobra, que está fuera de lugar. Superestrella.
Qué alivio esa calada matinal después de un “voy a dejar de fumar”. Qué satisfacción devorarse en un Uber. Qué ilusión trescientos euros para ver a un negro nazi. Qué adrenalina en la confidencialidad. Qué regocijo en cada “no estoy”. Qué buen éxodo, qué buena manera de sudar. Es tal la anestesia, que quiero dejarle propina a esta espiral.
Domingo. Nada de lo que antecede es cierto. La teoría de la conspiración hoy es una mera descripción. Dato mata relato. Friego los platos, pongo una lavadora, como con un colega que me recuerda que hoy ya toca espabilar. Abro un vino, pedido en Zara, cita en las uñas, en la peluquería, un bono de reformer que nunca voy a usar. De cena un Orfidal.
Defiendo el abismo, pero, en el fondo, sé que me tengo que marchar. Es un sitio al que conviene ir sólo de visita turística, a ser posible, guiada. Es buen destino de escapada circunstancial, impuntual, transversal, irracional, hormonal, carnal, posverbal, sublingual. Si miran a su izquierda, verán las sábanas ajenas. Si miran a su derecha, cincuenta emails sin contestar. Quizás sólo hay que temerlo cuando es intencional, penitencial, insurreccional, final. Después de tanta tarjeta de embarque, ya no sé si debería cambiar el domicilio fiscal.
En la terraza del abismo a veces da el sol. Cerveza en mano, veo todo arder y sonrío. Me siento libre entre tanta transgresión y evasión. De cara a la galería, soy súper funcional. Paso la tarjeta como si nunca fuese a salir denegada. Desde aquí todo da igual. Miro a mi alrededor, presa del hedonismo que sólo cabe en la efimeridad, y pienso: “no me quiero volver”.
Y desde el seno de la abyección entono un himno: ojalá me vuelva a llamar.
El cuadro de la foto de portada es Venus recreándose con el amor y la música, de Tiziano, y está expuesto en el Museo del Prado
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