Libros

Ninguna biblioteca

Como en el amor, siempre que empiezo una nueva creo que va a ser para siempre, aunque en mi interior conozca la posibilidad de su final.

22 de octubre 2026


En el imaginario social de la gente que escribe, el mayor cliché de todos es el de la autora al frente de una gigante, monumental y personalísima biblioteca. Existe tal fetiche con las estanterías de libros, que mucha gente repite que lo primero que mira cuando va a la casa de un amante nuevo son los libros que tiene en su casa. También es una pregunta recurrente en entrevistas, siempre en presente, sugiriendo que solo se tiene UNA biblioteca en la vida y que más vale que esté a la altura de quien firma y publica. Yo casi siempre desilusiono a mi interlocutor: he tenido muchísimas bibliotecas e incluso he vivido en casas donde tenía apenas un montículo de libros mal acomodados en una mesa de comedor.

El asunto es más complejo: me tomo muy en serio mis libros, los libros en general me dan felicidad, libertad, dicha y también vivo de ellos, pero no puedo tener una relación para la posteridad con ningún objeto, incluidos los libros, porque no tengo una propiedad y porque soy una persona migrante. Los libros pesan, y pesan un montón. Al no ser millonaria, no puedo trasladarlos en barcos trasatlánticos para que estén siempre donde estoy yo, de manera que una biblioteca de esas que son para toda la vida, con las reliquias familiares, las primeras ediciones conseguidas con suerte y esfuerzo, las joyas dedicadas e improbables, son para mí un proyecto tan serio como un hijo: requieren una estabilidad habitacional de la que carezco absolutamente y que tampoco me interesa ni ahora, ni en el futuro próximo ni en ningún otro. 


La primera biblioteca con la que tuve contacto fue la de mi casa, que era la de mi mamá; una selección de algunos clásicos y sobre todo contemporáneos, con un claro sesgo hacia los libros de periodismo y comunicación. En una época vivió con nosotros la hermana menor de mi madre, que seguía la tradición familiar de rotar los libros que se leían entre todas las hermanas y las primas. Mi tía Marta estaba leyendo Las cenizas de Ángela, un dramatiquísimo libro del gringoirlandés Frank Mccourt, que ella leía en voz alta mientras yo la acompañaba y que después circuló por la casa de mi abuela y de sus hermanas. Creo que esa es mi primera experiencia relevante como lectora, a través de la voz de otra persona y con un libro que jamás volví a ver porque rápidamente viajó a otras manos. Recuerdo bien cuando, a los once años, mi papá me pidió que rescatara una caja de libros suyos que habían quedado olvidados en alguna mudanza de mi madre y que ella, por genuina distracción o solo por venganza, nunca había desempacado. Ahí descubrí unos ejemplares de unas novelitas de Morris West, que mi papá atesoraba con delicadeza porque decía que mi abuela había muerto leyéndolas. Estaban El Capital, unos libros de Vargas Llosa que leí en principio por puro morbo y después por fascinación, y algunas cosas de poesía de Neruda, a quien primero amé y después aprendí a odiar. De resto, libros de ingeniería, matemática y cálculo, haciendo honor a su profesión. Pero recuerdo la colección de la editorial Oveja Negra, que por algún azar del destino estaba casi completa; unos ejemplares cafés de tapa dura y hojas delgaditicas, que se habían reunido con la ambición de esa época, concentrar algo así como LA LITERATURA UNIVERSAL en una veintena de libros. Creo que fue por la idea de leer, por la privacidad que suponía, por el respetable silencio que generaba y por la curiosidad inicial y posterior fascinación, pero la leí casi toda. También recuerdo que mi papá parecía complacido, feliz, por esa nueva voracidad con su biblioteca, y que era un tema de conversación recurrente entre ambos. En el presente dudo que él la hubiera leído toda; dudo, de hecho, que hubiera leído más que un par de libros, pero valoro su incentivo, su atención. Quizás empecé a leer con devoción para tener algo de qué hablar con mi padre, para cosechar su admiración. 


Ahí empezó también mi biblioteca personal. Sumé mis propios libros a los viejos que ya tenía y se mezclaron Nietzsche y Harry Potter, Cortázar y Dostoyevsky; lomos de distintas épocas que yo cuidaba y acicalaba como si fueran criaturas vivas. Y después, de más adulta, los libros de poesía. Durante mi adolescencia tardía me obsesioné con atesorarlos, con acumularlos, con mirar bibliotecas, comprar viejos ejemplares, primeras ediciones, cosas más raras. Me hice de una biblioteca que pretendía seriedad y solemnidad, como un altar que no se toca, con el que se interactúa poco y se mira más. Yo repetía esa frase de que si salía con alguien era por su biblioteca y era tajante con mi regla de que los libros nunca jamás se prestan. Repetía el libreto de la adolescente pretenciosa perfectamente y también ponía citas literarias en mis estados del MSN. 


Pero vino la primera migración. Me fui a Argentina y le hice prometer a mi mamá que cuidaría mis libros. No pude llevar ninguno conmigo, aunque los dejé seguros y resguardados, con la ilusión ridícula de que estarían quietos para siempre. Pero mi mamá se mudó, no una sino muchas veces, a casas más pequeñas, distintas, a otras ciudades. No siempre pudo llevarlos con ella, no siempre quiso sacarlos de sus cajas, no siempre tuvo lugar para ponerlos. En Buenos Aires, en cambio, yo seguía con mi política de propiedad: ni los presto ni los comparto. Mis libros eran míos y, aunque no llegué a hacer mi propio exlibris, los firmaba celosamente con su respectiva fecha. En algún momento me tuve que mudar yo y durante una época no supe si iba a volver. Dejé los libros en casa de un amigo que los guardó con amabilidad y generosidad hasta que yo volviera, y cuando volví no tenía lugar para ellos. Descubrí entonces que no eran tan importantes los objetos, que yo podía recordar las tapas de los de Morris West que había leído la abuela que no conocí antes de morir, las ediciones especiales de poesía e incluso sabía de memoria algunos versos a los que antes tenía que recurrir en físico. 


Con ese impedimento material nació para mí una nueva tradición: el placer de prestar, de regalar, de dar libros y que corran libres por el mundo, de pedirle a la gente a la que se los presto que si quiere los subraye, que si quiere los preste a otra persona, que los circule. El placer de deshacerme de los objetos para que la literatura tenga nuevos destinos. Mi única condición: si te presto un libro, lo lees y no lo comentamos, estás muerto para mí. Lo único que quiero es hablar de ellos, es compartir su emoción con otros y otras; ya no me interesa más atesorar los objetos. No pueden interesarme, suponen una estabilidad de la que carezco, pero sí la literatura. Siempre la literatura. Siempre la emoción de la palabra y la letra escrita, siempre la dicha de compartirla con el mundo. 


Ahora que he vuelto a perder una biblioteca que ha quedado en otro país, pienso con pesar en algunas de mis joyas: los libros de Marín Adán que conseguí en Lima con unas ediciones rarísimas de revistas y entrevistas suyas. La compilación de Montalbetti, el Crack Up, unos de Shakespeare que compré en un viaje a Londres, los de Bignozzi, regalos de amores y amigos con significados secretos, las rarezas de otros lados que quizás no vuelva a encontrar. Los que más extraño son los de poesía, eran los que visitaba como un oráculo, cuando estaba aburrida en el estudio, a ver qué tenían para mí. También los de colegas queridas con sus dedicatorias hermosas; los libros como testimonio de un momento feliz en la presentación de alguien, como el recuerdo de ese instante, como testigos de un vínculo. 


Una aprende a desapegarse de las cosas que ama, o a resignificar esa obligación de dejar atrás. En las bibliotecas como en el amor, siempre que empiezo una nueva creo que va a ser para siempre, aunque en mi interior conozca la posibilidad de su final. 

Ojalá que los libros que he dejado siempre encuentren buen puerto en lectoras y lectores atentos que los sepan valorar, que cada libro que he comprado abra la curiosidad de alguna persona a la que amé o a la que no conozco, que me dé la vida para armar cuantas bibliotecas sean necesarias. 

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