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Las fronteras del afecto
¿Es posible cuadrar el círculo de la empatía?
20 de agosto 2026 · 1 comentario
Una de las divisiones más fascinantes entre los votantes de izquierda y derecha es la que establece las fronteras de la empatía entre unos y otros.
Circula por las redes como arma arrojadiza un gráfico que muestra cómo los progresistas se decantan por empatizar con el prójimo más alejado de su entorno —los más desfavorecidos del mundo, por muy lejos que estén— mientras que los conservadores muestran más afecto por sus allegados —familia, comunidad, patria—. Cada bando se enorgullece de su posición y afea la del contrario: así, la derecha se reafirma en que los izquierdistas son unos traidores mientras que la izquierda piensa que los conservadores son unos egoístas.
Un ejemplo práctico: Ceuta. Hace unos días, decenas de miles de personas cruzaron a nado y a pie la frontera de forma irregular y en masa porque se les había dicho que podían hacerlo. Tomaron las calles de la ciudad española con la ilusión de un futuro mejor y desbordaron la capacidad del territorio para atender a semejante incremento de la población. Y aquí se manifestó la división.
Unos hablaron de emergencia humanitaria y se preocuparon por la precariedad de quienes habían traspasado la valla con lo puesto, mientras que otros se alarmaron ante la situación de peligro que ello generaba a los ceutíes. Así, si uno encendía la televisión y ponía un canal de corte más bien progresista, veía cómo el foco se ponía sobre la necesidad de auxiliar a esa pobre gente; si por el contrario cambiaba a un canal más conservador, contemplaba testimonios de ceutíes desesperados ante la oleada de personas en situación límite y por tanto comprensiblemente capaces de cualquier cosa para garantizar su supervivencia y procurarse una oportunidad en la vida.
¿Es posible cuadrar el círculo? No sé si debería atenderse de forma humana a toda esta gente que ha llegado porque no tiene otra, priorizando su sufrimiento sobre el de una población local que no puede salir de sus casas sin miedo; no sé si habría que dar prioridad a los ceutíes, nuestros compatriotas, aun a riesgo de deshumanizar a quienes han traspasado la frontera, dicen, con más desigualdad del mundo. Personalmente me decanto más por lo segundo, pero entiendo que hay poderosos argumentos para preferir lo primero.
Independientemente del camino que se tome, tampoco hay que ser ingenuos: esta gente ha sido utilizada como arma arrojadiza, como carne instrumentalizada con un objetivo geopolítico; y quienes decidieron abrir la frontera —tanto de un lado como de otro, pues es difícil de creer que no era posible anticiparlo— no pensaron en términos humanos.
Así, mientras la gente normal se debate entre atender a unos u otros, vemos cómo el mal es capaz avanzar, aprovechando la confusión legítima que genera una situación así. La frontera del afecto, la verdadera frontera, no está entre quienes priorizan ayudar al vecino antes que al extranjero o viceversa, sino entre quienes consideran un deber ayudar a alguien —viva cerca o lejos— y quienes piensan que las personas son numeritos con los que hacer una cuenta siniestra que les permita cuadrar sus apestosos objetivos políticos.
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