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Las archiveras
Es un marcador de estatus afectivo, el de las niñas observadas, registradas, preservados sus tesoros amorosamente en los altillos.
29 de octubre 2026
Cuentan las leyendas que el escritor, ese animal fantástico, es recorrido de pies a cabeza por un latigazo de electricidad —también llamado impulso de escritura— que le acompaña desde la infancia, cuando imaginaba mundos posibles, y los volcaba en papel, para contárselos en historias, poemas y teatrillos al coro dichoso de su familia boquiaguada en Navidad. Son éstas posesiones daimónicas y autoafirmativas. «Apuntaba maneras, desde niño», dice su madre. «Era especial». Plas plas.
Naif por naturaleza, me tragué durante años este cuento. Es un discurso castrante, en verdad, para nosotras, las destalentadas, las maniaco-neuróticas, las sufrientes del papel. Las que nunca nos pensamos vehículos de lo sobrenatural, solo estetas de juicio duro. Autocríticas, con énfasis en el prefijo. Fue mucho, mucho tiempo el que no me creí escritora por carecer de esta vocación de infancia. «Pero al menos —me decía—, siempre he sido lectora». Una lectora voraz y prematura (por suerte y desgracia). Mis lecturas, registradas en APA en un archivo bibliográfico meticulosamente elaborado entre los 6 y los 20 —en un cuaderno con dibujillos de pinturas rupestres que me regaló mi padre al acabar mi primer libro de mayores—, eran mi orgullo y marca. Hasta que peté.
Las razones no vienen al caso. La cosa es que, durante poco más de una década, no pude leer. Yo, que, según los registros, había leído Karénina bastante antes de que me salieran tetas, perdí de golpe mi superpoder y esencia; quedé flotando en el vacío. De ese tiempo de fronteras difusas no conservo apenas nada, ni memoria. Mis amigos más antiguos lo saben bien, casi todos mis recuerdos de esa época me los han contado ellos.
Fue este —mi conocimiento asfixiante de la nada, el monstruo a mis espaldas, el miedo permanente a recaer en el blackout— el principal motivo por el que, en primavera, me apunté a un taller de Ediciones Comisura que se llamaba Conversar con el archivo, trabajar con la ausencia. La razón secundaria era que, por aquel entonces, andaba con un proyecto que llamé Bienes inmuebles, una novela no secuencial inspirada en Building Stories, ese artefacto brutal —no me permito usar el término artefacto, pero aquí sí— que hizo Chris Ware en 2012. Mi idea era crear una ficción por cada una de las casas que he habitado a lo largo de mi vida (22 y sumando), encuadernarlas sueltas y meterlas en una caja en un orden cualquiera para que las lectoras decidiesen, post lectura, reorganizarlas como les viniese en gana. De la suma de las partes surgiría la novela, en una colab hermenéutica y bla bla.
Mi problema era que, a causa de la amnesia, de una porción no despreciable de esos inmuebles (cuya ubicación espacial en el mundo y temporal en mi biografía había logrado reconstruir a duras penas), no tenía nada. ¿No era, pues, mi caso el perfecto paradigma de trabajar con la ausencia?, me pregunté retóricamente mientras metía el cursillo en la cesta (y olvidando por completo esa parte del archivo).
Supe que estaba jodida ya antes del primer encuentro, cuando me llegó un mail con instrucciones sobre cómo presentarme. Debía seleccionar de mi archivo personal un conjunto de imágenes (fotos, objetos, documentos, etc.) con las que mostrarme al resto de asistentes, sin palabras. Pero es que, verás, un colateral muy obvio de haber vivido en 22 inmuebles es que el archivo personal se te desmorona en las mudanzas. Añade el plus de desmemoria. ¿Y quién soy yo sin mis palabras? ¡Si son lo único que tengo!
Esta no es una carta sobre ese curso al que, por cierto, sobreviví y hasta disfruté de veras. Visier y Vela no solo editan crema, la cuentan bien. Descubrí un catálogo que me activó el deseo y las glándulas salivales; e incluso, que algo se puede hacer aunque no tengas putoarchivopersonal. Pero, si soy honesta, también me dejó un malestar en el cuerpo al que solo esta semana he terminado de dar forma.
¿Sabes ese principio gestáltico por el que, una vez ves una cosa, ya no puedes dejar de verla en todas partes? Después de aprender la etiqueta archivo personal, en la que no había parado cuentas, se ha abierto ante mí un universo de sentido.
Inscritos en las coordenadas del archivo personal se entienden mucho mejor no solo el hype del libro híbrido, el libro-arte, el catálogo o ciertos subgéneros del zine, sino la avalancha de textos que nacen en los talleres de escritura, enraízan las publicaciones de IG, se leen en el 50 % del Substack español y se comercializan, claro, tanto en editoriales de la contracultura (pienso en Pleibak, en Consonni) como en editoriales ficticiamente contraculturales (pienso en Cosita, en Blackie; en Leche condensada, en Caballo de Troya). Esto es crítica, aunque no una crítica a esta profusión de obras —de las que las anteriores son solo ejemplos— que pueden estar o no basadas en el archivo personal de sus autoras, pero en las que se observa siempre una metodología archivística en la conformación (es decir, se confecciona a partir de retales que a veces producen un efecto de cadáver exquisito, de cadena inconclusa, sobredimensionada en zonas, corta en otras, desbalanceada casi siempre). También huele a archivística el estilo (esas descripciones pop, saturadas de referencias concretísimas, generalmente del universo millennial, con toneladas de objetos y una celebración del feísmo).
Señalo todo esto y suena como si yo no participase de estas dinámicas, pero participo. Lo que pasa es que me pongo la lupa todo el rato y me aburro de mí misma y abandono los proyectos. Que digo yo, será mejor sacarlos adelante, los proyectos, en lugar de obsesionarse con las constelaciones conceptuales y quedarse mirando al firmamento.
Mi traumita con la archivística personal no es —o no solo— el que genere patrones en la narrativa indie. Modas ha habido siempre, las mejores obras son pioneras de modas o rompen con una, el tiempo depura, qué más da. Mi traumita, de hecho, funciona mejor en plural, pues es doble. Por una parte, está la sensación de que los tesoros que constituyeron poco a poco los archivos personales de los que florecen las obras de nuestros días son un marcador de estatus. No solo económico, o no siempre, pero sin duda antes, en la era pre-smartphone, cuando no todas las familias tenían acceso constante a las tecnologías generadoras de archivo o el espacio para almacenarlo. Pero, sobre todo, un marcador de estatus afectivo, el de las niñas observadas, registradas, preservados sus tesoros amorosamente en los altillos o, mejor, ¡en su cuarto intacto!, que es algo que, como nena de infancia meh, qué voy a decir, me llaga. Este es un trauma envidioso y, por tanto, no hay que hacerme mucho caso.
El segundo presenta algo más de consistencia, y es la convicción de que detrás de los archivos personales hay mucho coleccionismo —coleccionismo cutre, caso de las herederas de la extinta clase media— y, por tanto, de que estamos ante la enésima pirueta del tardocapitalismo para meternos consumo por cada-una-de-las-grietas. Sandra García Bueno, en En la sombra está mi mano, una obra fina, de maquetación bella y libre descarga, explica bien esta nuestra obsesión por el PVC:
Mecanismo de control y a la vez de nostalgia, el coleccionismo de pequeños objetos de poco valor se convierte en el postcapitalismo en una tendencia emocional. Más allá de hablar de la capacidad de posesión de quienes los acumulan, estos pequeños altares domésticos de elementos plásticos en serie son maneras de reconectar, a través del tacto y la contemplación, con afectos sentidos en un momento pasado, con la emoción de la pertenencia.
Llenamos nuestros habitáculos pasajeros, los pisos que no alcanzamos a comprar, de recortes de revista, bisutería y tamagotchis; baratijas sentimentales que colman de nostalgia otros vacíos y acaban, de rebote, permeando en los relatos que escribimos. Coleccionamos basuritas de forma patológica para contrarrestar nuestra incapacidad de poseer. ¿Y a quién le extraña? Pero también coleccionamos por reacción a un mundo que se vive fugacísimo:
Ante la fiebre actual por la generación de contenidos aparece, como respuesta neurótica, la compulsión del guardado: el empacho y la posesión de datos efímeros como carrera contra el tiempo, contra el devenir imparable, contra el flujo inabarcable para un par de ojos, este corazón, una vida sola. ¿Hasta qué punto archivar y coleccionar son prácticas saludables? ¿Dónde termina el interés investigador y el activismo político para dar comienzo a la acumulación capitalista de información? ¿Qué significa que algo esté siempre disponible para su consulta?
Si el archivo es personal, además, creo que es legítimo añadir: ¿es necesario convertir mi archivo en obra? ¿Con qué fin? ¿Qué añade mi colección de gogos y anuarios al panorama de la literatura actual en español? ¿Cómo puedo crear una obra basada en mis colecciones sin caer en la lógica capitalista del consumo? ¿Y qué implica para mí, la archivera, que esa obra sea comercializada?
¿Y para mí, la lectora, comprarla y leerla?
No tengo las respuestas, solo dudas. Pienso mucho en un libro, otra vez de Comisura, titulado Archivo para no desaparecer. Pienso en la máxima del título que, aplicada al archivo personal, se me antoja asfixiante. Nos veo a todas reproduciendo fanáticas nuestra imagen, recolectando nuestras huellas, adulterándolas de paso, porque todo lo observado se transforma, angustiadas por darle forma al catálogo y… ¡mejor! ¡Hacerlo libro! Lanzarlo al universo con su papel certificado e ISBN.
Y así, por fin, sentirse a salvo. A buen resguardo del eclipse.
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