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Agustín Gómez Arcos: bilingüe, insurrecto, libre

¿Qué nos callamos ante la censura que n'ose pas dire son nom? ¿Por qué ideas cruzaría fronteras —no solo— lingüísticas?

26 de octubre 2026 · 3 comentarios


Queridísima Mina:


Todavía no te he hablado de este amigo fascinante. Lo conocí hace unos meses por mediación de Laura Hojman, que me habló de él como Un hombre libre. No sabía yo, que también podría liberarme a mí. Su nombre es Agustín Gómez Arcos. 

Quizás hayas oído hablar de él, porque su popularidad crece en los últimos días y se habla de justicia poética y de pútrida injusticia a la vez: ¿cómo es posible que este escritor almeriense apenas fuera conocido en España?, ¿cómo es posible que el boom llegue casi 30 años después de su muerte en Francia?, ¿cómo es posible que su obra no se editara y tradujera a su lengua materna hasta 2006?

Gómez Arcos se exilió al final de la década de los 60, después de que la censura franquista prohibiera o desmembrara la representación de sus obras de teatro. Los jurados del premio nacional Calderón de la Barca o el Lope de Vega habían reconocido sus textos dramáticos Diálogos de la herejía y Los gatos, pero el poder político se encargaba de silenciarlos después.

Y de su insurrección al silencio quiero hablarte. 

Gómez Arcos se mudó primero a Londres y, luego, a París, donde vivió hasta su muerte. Allí, publicó todas sus novelas y todas las escribió en francés, aunque casi siempre hablaban de España. Pienso mucho en ese exilio lingüístico —que el que, como en todo exilio, hay elección y hay duelo— como un impulso de vida.

«La censura crea exilio, el exilio crea bilingüismo y el bilingüismo, libertad de expresión. O al menos, su imperiosa», dijo el mismo en un artículo en 1992 publicado por el Instituto de Estudios Almerienses. En él, reivindica el dominio literario de una segunda lengua como una «nueva riqueza» adquirida «casi a dentelladas», al no provenir de la cuna ni de una infancia «de colegios caros y pensionados extranjero. «Este aprendizaje se transforma poco a poco en un auténtico acto bélico», dice, frente a los puristas de la «lengua que invades» y los que, «no contentos de haberte expulsado de tu propia lengua», se ensañan «en acusarte de haberla traicionado».

En un alarde de bilingüismo, el artículo deplora «ese engendro» que es la censura en democracia, que «por no ser oficial n'ose pas dire son nom», y critica la «repulsa generalizada» a su obra en la España ya constitucional. En corto: hablan los mismos «La palabra rebelde, la palabra en constante rebelión, sigue sin tener derecho a la ciudadanía», ratatatatata continúa su metralleta linguística.

Gómez Arcos, que nunca renunció a la nacionalidad española, habla del bilingüismo como una «metáfora de esa necesidad de libre expresión inherente al acto de escritura». «No habrá censura suficientemente fuerte para amordazar o castrar al escritor mientras éste posea la capacidad de aprender», dice, y es imposible no pensar en Vladimir Nabokov, que dejó el ruso por el inglés, y al que le une también el motivo del incesto en su obra —otra trangresión de los límites, quizás un reverso obsceno de la guerra.

Con el francés, dice Gómez Arcos, alcanzó «una riqueza inesperada, casi inconmensurable«, «un estado perenne de levitación»: 

«El día en que la lengua francesa puso a mi alcance esta posibilidad fue sin duda el día más pleno de mi vida. Ese día comprendí que nadie en mi propio país, ninguna institución, tendría nunca más el poder de hacerme callar. Sigo sin ser publicado en España. Cierto. Mi voz les es insoportable, o quizás sólo indiferente. Pero se me lee en el mundo, en idiomas muy diversos. Mi convicción profunda es que, por las razones arriba indicadas, continuaría mudo, enmudecido, si no fuese bilingüe».

La editorial Cabaret Voltaire le publicó por primera vez en España 14 años después de que escribiera esas palabras, ocho después de su muerte. Ha sido un camino tan largo como el de su Ana no hacia el norte para ver por última vez a su hijo preso político, reflejo de su propia búsqueda de la libertad de expresión «a dentelladas». 

Su mensaje me llega como una arenga. De ser nadies a levitar como sujetos rabiosos y expresivos. Y desde que lo conozco no paran de resonar en mi cabeza dos preguntas: ¿qué nos callamos ante la censura que n'ose pas dire son nom?, ¿por qué ideas cruzarías fronteras —no solo— lingüísticas?

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