Cines

Gonzalo Suárez, a quien nunca le bastó la realidad

Miró alrededor, buscó los espacios, se fijó en lo que ocurría mientras los demás miraban la jugada y convirtió todo aquello en libros, películas, personajes, fútbol y vida.

30 de septiembre 2026


Qué pena tan grande, se ha muerto Gonzalo Suárez. Un tipo con tanta vida que rebosó todos los márgenes y todas las peripecias antes de haber cumplido los treinta. Salió de un Oviedo desolado, gris, triste y donde caían las bombas para recaer en un Madrid que no era mejor, pero donde la biblioteca y las enseñanzas de su padre hicieron de él un niño feliz, solitario y con una gran imaginación.

Tuvo la suerte de esquivar hasta los 10 años ese gran cercenador de inteligencia y sabiduría que es el colegio reglado, para cuando pisó el Liceo Francés la literatura le brotaba a borbotones escapándosele por las orejas e inundándolo todo.

Llegó a París, donde la bohemia y el arte fueron su manera de enfrentarse a la vida, encarrilando trabajos ocasionales, pero con la gran suerte de encontrar el amor de Hélène Girard.

Helenio Herrera se cruzó en su vida por medio de su madre, de la que fue pareja más de 20 años, y actuó para Gonzalo como “un segundo padre”. El maestro de la táctica argentino vio en el ovetense unas cualidades sorprendentes para observar y analizar al ser humano –siendo esto algo muy relevante en toda su producción periodística, literaria y cinematográfica–, así que entre los dos crearon la figura del “ojeador”, con el que GS se recorrió los campos analizando jugadas, contrincantes y, sobre todo, descubriendo los espacios entre líneas.

En Milán, nació su carrera periodística: entrevistó a Helenio Herrera para ‘Dicen’ y empezó a firmar con el nombre de Martin Girard. Se inventó así a un personaje mítico del periodismo español, un absoluto adelantado a su tiempo y a ese “nuevo periodismo” que inventaron unos tipos con sombrero y Martini en la mano años después al otro lado del Atlántico.

Lo escribió todo en Barcelona, publicó sus primeros libros, nacieron sus hijos y estuvo 17 años con Hélène. Aquí entró en contacto con el cine, se relacionó y tuvo contacto bastante directo con la Escuela de Barcelona, pero mantuvo siempre su independencia, su forma de ver las cosas y de tratar de filmarlas.

‘Ditirambo’ es su primera película, quizá la primera que trajo la modernidad a un cine costumbrista y bastante anquilosado. Consiguió la financiación gracias al contacto con el presidente del Inter de Milán que entrenó Helenio Herrera. Gonzalo escribió, dirigió y protagonizó esta historia –recuperando a un personaje del que ya había escrito– donde da vida y muestra las andanzas de un detective obstinado y honesto.

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Las siguientes películas que llegaron no perdieron ese aire experimental y quizá perturbador que mezcla de literatura, fantasía, humor y juego que definiría su cine. Aquello que decía de que la forma de hacer y las manías, repetidas en el tiempo, acaban conformando eso que los entendidos llaman estilo.

Fue con ‘Aoom’ con la que conoció a ese genial chalado que era Sam Peckinpah. Coincidieron en el Festival de San Sebastián y se hicieron inseparables. Lucharon por proyectos que al final nunca llegaron a salir adelante y no tengo ninguna duda que se bebieron la vida juntos en más de una ocasión. 

Los setenta y los ochenta fueron una sucesión de películas hechas a su manera. ‘La Regenta’, ‘Parranda’, ‘Epílogo’, ‘Los pazos de Ulloa’ y, sobre todo, ‘Remando al viento’, donde se encontró con Mary Shelley, Byron y Frankenstein y se llevó la Concha de Plata de San Sebastián y el Goya al mejor director. Después siguió filmando, escribiendo y haciendo lo que le daba la gana. El cine nunca terminó de comerse al escritor, fue siempre un tipo que escribía y hacía películas cuando le apetecía y conseguía el dinero. Literatura, periodismo y cine fueron siempre para él vasos comunicantes, jamás compartimentos estancos. “Sólo a los idiotas les basta la realidad”.

En el 2000 hizo ‘El Portero’, película con la que descubrí su figura cuando era un niño, un filme con el que volvía a algunas de sus obsesiones: fútbol, Llanes y la Guerra Civil. Pocos años después, le vi pisar mi ciudad y organizar el rodaje mientras grababa ‘Oviedo Express’. Una conexión asturiana con la que quiso honrar a su tierra y contar su historia; además, así tenía una excusa para pasar más días en su casona de Lledías.

No vi nada del final de su carrera, ni ‘El sueño de Malinche’ ni ‘Alas de tiniebla’, pero no tengo dudas de que llevaban su forma de hacer las cosas, de ver los espacios, de analizar a los personajes, de contar historias que nos hagan mejor la vida.

Quizá toda la vida de Gonzalo Suárez se pueda resumir en aquella orden que le daba Helenio Herrera cuando preparaban los partidos: «No mires al balón». Gonzalo hizo exactamente eso. Miró alrededor, buscó los espacios, se fijó en lo que ocurría mientras los demás miraban la jugada y convirtió todo aquello en libros, películas, personajes, fútbol y vida. Se ha muerto un hombre que hizo de la imaginación una manera de estar en el mundo y que, después de haberlo probado casi todo, siguió mirando como si todavía quedara algo por descubrir. Qué suerte la nuestra haber podido verlo.

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