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Exceso de cottagecore
Sobre la nueva adaptación de 'Sentido y sensibilidad'.
27 de octubre 2026
No sé demasiado de cine, pero sí de Jane Austen. Soy bastante friki de sus novelas, de sus personajes, del universo que orbita alrededor de sus historias: he leído —y releído varias veces— todo lo que escribió, he visto las películas más clásicas y las más rocambolescas, tengo varias ediciones de sus libros, he hecho los típicos test de quépersonajedeJaneAusteneres —me salió Lizzy Bennet, por cierto, lo cual creo que significa que debería ser menos juzgona con los demás—, ¡hasta imparto un taller sobre ella!
Me parece una autora brillante, una figura que despierta pasiones y que, una vez que conoces, no puedes dejar de ver en todos los rincones de tu vida y la de los demás. Es por eso que suelo enfadarme bastante cuando se la trata injustamente.
Que no se me malentienda: creo que la nueva película de Sentido y sensibilidad, dirigida por Georgia Oakley, está bien. Fui a verla este sábado con mis amigas y creo que todas lo pasaron peor que yo. A todas se les hizo larga, aburrida hacia el final, con líos y entresijos que no terminaban de gustarles. A mí, aunque sí que creo que le sobraban veinte minutos de idas y venidas que podrían haberse resuelto más rápido, no se me hizo pesada. La disfruté: me reí en alto varias veces —creo que pillan muy bien la ironía de la novela y saben actualizarla—, me gustó ver a gente guapa mirándose de lejos en salones de baile, me pareció, sobre todo, que el personaje de Marianne —interpretada por Esmé Creed-Miles— estaba mejor llevado que en otras adaptaciones e, incluso, que me caía mejor que en el libro. La peli, como digo, es linda y se disfruta. Pero creo que no es Jane Austen. Creo que es algo que se le parece, que hace un esfuerzo por respetar la esencia de la novela al mismo tiempo que la pasaba por un filtro de nuestra sensibilidad actual. Le agradezco este esfuerzo porque esto es algo que no han tenido en cuenta otras adaptaciones modernas de Jane Austen, como la película de Persuasión de Carrie Cracknell, donde, además de que el texto original está totalmente descuartizado en frases que parecen sacadas de la nueva novela de la influencer de turno, la Anne Elliot que interpreta Dakota Johnson es una especie de Fleabag vestida de “época” —con perdón a Fleabag y a Phoebe Waller-Bridge—.
En esta versión de Sentido y sensibilidad, como digo, sí que hay un equipo detrás que se ha tomado la molestia de respetar la historia y a los personajes que le dan cuerpo. Si uno va al cine y la ve, creo que puede salir con una idea bastante digna de cuál es la base de esta historia, de qué quiere contar: dos hermanas, una muy racional y la otra muy sentimental, que, al morir su padre, se ven en una situación de vulnerabilidad económica por la que irán navegando, encontrando amores y desamores. Sin embargo, el cómo se cuenta esta historia y los matices tan finos que tiene —y que, a mi parecer, sí que mantiene la adaptación del 95, dirigida por Ang Lee, con guion estupendo de Emma Thompson— es en lo que creo que acaba fallando.
Un error de interpretación muy común de la obra y la figura de Jane Austen —venida, me parece, por todas esas películas y series que orbitan a su alrededor, como el Orgullo y prejuicio de 2005, quizás la más popular de todas— es que tanto ella como sus protagonistas son mujeres “adelantadas a su época”. Nada más lejos de la realidad. Tanto por los testimonios escritos de la propia Jane Austen, como por los estudios que otras personas han hecho de ella, como por lo que deja claro en sus propias historias, sabemos que ni ella ni sus heroínas pretendían desafiar el sistema en el que vivían, ni mucho menos escapar de él. Lo que sí que pretende Jane Austen es plantearnos las dificultades que las mujeres tenían para ser felices en este sistema, lo pequeño que era su mundo, lo acotadas que estaban sus posibilidades. Eso sí lo hace estupendamente bien. Pero, aunque sus heroínas sufran, aunque otros personajes las hagan pasarlo mal, aunque sus circunstancias sean difíciles, al final siempre acaban aprendiendo lecciones que las llevan, no a romper con todo, sino a decidir libremente dentro de lo que les es posible. Aunque es cierto que acaban casadas por amor —y ni siquiera todas ellas, porque, justamente en Sentido y sensibilidad, Marianne acaba aceptando al coronel Brandon, un hombre al que no quiere y que le dobla la edad, solo para no acabar de solterona—, lo cual ya es en sí mismo un desafío y un milagro con respecto a la norma de la época.
Por eso, cuando en este tipo de adaptaciones actuales veo todo un marketing que me pone en la cara a mujeres corriendo por el campo con el pelo suelto, besos apasionados en un páramo y eslóganes de prensa que dicen cosas como “Ser complaciente nunca le hizo ningún bien a una mujer”; solo puedo pensar: Esto es muy bonito, pero no es Jane Austen. En una entrevista a la directora de la nueva versión de Sentido y sensibilidad, hay un momento en el que dice que su intención con esta película era traer Jane Austen a la sensibilidad actual. Lo que yo entiendo con esto es que las decisiones de explotar una estética cottagecore al extremo, hacer que las protagonistas aparezcan desaliñadas y los intereses románticos sean hombres sufridos que no han hecho nada malo en sus vidas y mueren de deseo por ellas en silencio —cosa que, por ejemplo en el caso de Edward Ferras, el de Elinor, no es para nada así, y en la novela se refleja mucho mejor que por su tibieza y su falta de acción se hace daño a sí mismo y a los demás—; responden a que nuestra época encaja mucho mejor una mirada romántica —de Romanticismo, lo cual rechazaba Jane Austen— que ilustrada —que sí defendía Jane Austen—. Insisto: no es que esto esté mal de por sí. Entiendo las motivaciones, pero al mismo tiempo no puedo evitar preguntarme por qué sucede en todas las versiones más recientes. Por qué, como espectadores actuales, tenemos que pasar las historias de Jane Austen por un filtro de saturación baja, romantización de la vida campestre y perfección de las figuras masculinas, para lograr conectar con ellas.
Lo que se me ocurre como respuesta es que, como sucede también en otros ámbitos, vivimos obsesionados con la identificación: es más sencillo, por nuestra óptica actual, conectar con esta versión simplificada de las historias que atender a una más parecida a la original, aunque quizás que requiere un pequeño esfuerzo extra para entrar y entender.
A mí, como espectadora, ya no me interesa que se siga versionando a Jane Austen, por mucho que, como lectora, siga acudiendo a sus novelas una y otra vez. No me interesa ver más romances de época todos iguales los unos a los otros, en forma y modos de desarrollo. O, al menos, no si la única versión posible va a ser de este tipo. Quizás sí que me interesaría, como ya me interesan, versiones realmente autónomas de las historias, más locas, más paródicas y con cambios de tiempo más evidentes. Me interesa un Clueless que actualiza Emma y la sitúa en un instituto pijo en los 90. Me interesa una Bridget Jones que pone a Colin Firth —como el señor Darcy— a pegarse con Hugh Grant —como Wickham— con Its raining men de fondo. Me interesa, por supuesto, un Orgullo y prejuicio y zombies. Pero, mientras tanto, mientras suceden estas nuevas versiones más libres, creo que debemos dejar a Jane Austen descansar.
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