Gastronomía

El Montoto: 50 años de barra, mistela y bollín

Con la veneración debida a esta catedral etílica que merece más reconocimiento y muestra más autenticidad que muchos otros rincones de la ciudad.

2 de octubre 2026


La puerta de Casa Montoto lleva medio siglo abriéndose en San Bernabé. Dentro, las cosas han envejecido con bastante más dignidad que nosotros: las mesas de pino siguen en su sitio, las sillas también y de vez en cuando se ve jugar la partida. La barra de zinc, sin truco ni artificios, sigue soportando el traqueteo de los vasos y el compás de las monedas. Un lugar, de los pocos que quedan ya en Oviedo, que guarda entre sus paredes encaladas la historia de miles de ovetenses. También la mía.

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El 4 de octubre de 1976, los abuelos de Pablo Rodríguez abrieron el bar en el mismo local donde la familia había tenido un almacén de cerveza El Águila Negra, la que se fabricaba en Colloto. De las cajas de madera a los paisanos, en un cambio natural y con el que todos salimos ganando.

Pablo es la tercera generación. Se crió ahí, dentro de ese ecosistema maravilloso, y empezó a trabajar hace más de una década. Su madre, Mercedes, y su tía fueron quienes llevaron el negocio antes que él.

El relevo familiar se ha hecho sin aspavientos, el árbol genealógico de la hostelería ovetense alargando y ensanchando orgánicamente una de sus ramas.

“Yo de pequeño entraba por el bar cuando venía del cole. Era lo más normal”, cuenta Pablo. Ahora es él quien está al frente, el patrón que guía esta gabarra brutal y fascinante que se mantiene intacta al paso del tiempo.

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Al Montoto se va con la veneración debida a esta catedral etílica que merece más reconocimiento y muestra más autenticidad que muchos otros rincones de la ciudad que duerme la siesta. Bollín preñao y mistela son la carne y la sangre que santificamos para lograr la vida eterna. 

El bollín se sigue haciendo en casa. Hay amasadora, pero no producción industrial ni prisas de fábrica. Una tanda por la mañana y otra por la tarde. «Así el producto siempre está lo más fresco posible». La receta ha pasado por las manos de varias generaciones y continúa igual de bueno, con el mismo sabor, que aquel primero que tomé de niño cuando apenas sabía morder y chupaba el pan impregnado de grasa. La mistela ayudó a configurar el paladar de tantos que más que un vino es un reconstituyente y un rito iniciático.

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No hay café, no hay televisión. Tampoco hay una necesidad urgente de añadir cosas para justificar el paso del tiempo. Hay parroquianos y caras conocidas a todas horas, hay la voluntad de saludar y disfrutar del bar compartiendo.

La calle San Bernabé ya no es la que era. Muchos de los bares de aquella antigua Ruta de los Vinos (Artabe o San Bernabé) han desaparecido y Oviedo ha cambiado de costumbres, de clientes y hasta de manera de pedir. El Montoto, en cambio, sigue ocupando el mismo rincón y la misma imagen auténtica: no es un decorado, es la vida.

Ahí reside la explicación y el éxito de estos cincuenta años. Una familia puede conservar un bar, pero no puede obligar a nadie a volver; y siempre lo hacemos. 

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