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¿Por qué es importante leer a Vázquez Montalbán?
En su caso la comida no es un adorno de coleccionista ni un guiño para el lector gourmet, sino una posición política.
7 de septiembre 2026
Porque escribió la crónica sentimental de España sin anunciarlo, que es la única manera decente de hacerlo. Manuel Vázquez Montalbán nació en Barcelona en junio de 1939, es decir, con el país recién estrenado en su versión peor, y en el Raval, que entonces era el Distrito Quinto y no una ruta de free tour con paradas fotografiables y un problema grave de seguridad. Hijo de un preso, criado entre el hambre de la posguerra y una educación que se pagaba con esfuerzos que hoy nos costaría explicar, se dedicó luego a contar todo eso durante cuarenta años y por todos los medios que encontró a mano: poesía, ensayo, novela, columna, recetario y libro de fútbol. Escribió tanto y en tantos registros que da un poco de pereza empezar, y ese es precisamente el problema que tienen los lectores nuevos, que no saben por dónde entrar. Se entra por Carvalho. Siempre se entra por Carvalho.
Porque creó a Pepe Carvalho, que es el personaje más importante de la literatura española de la segunda mitad del siglo XX. Carvalho es gallego de origen y barcelonés de oficio, excomunista y exagente de la CIA (guardaespaldas de Kennedy, para más señas, en un chiste privado que Montalbán estiró durante treinta años), tiene el despacho en las Ramblas, la casa en Vallvidrera, un ayudante llamado Biscuter que cocina como los ángeles en una cocina de mierda, una novia puta llamada Charo y un confidente limpiabotas llamado Bromuro. Aparece por primera vez en Yo maté a Kennedy, que es un experimento raro y divertidísimo, y se convierte en lo que iba a ser en Tatuaje, cuando el autor decide que la novela negra española no va a consistir en imitar a Chandler con lluvia falsa, sino en usar el género como excusa para pasear por un país que estaba a punto de cambiar de dueño sin cambiar de costumbres.
Porque Carvalho quema un libro por novela en la chimenea de Vallvidrera, y ese gesto es el mejor resumen del siglo que he leído nunca. No los quema por bruto ni por analfabeto, sino precisamente porque los ha leído todos y ha llegado a la conclusión de que no le sirvieron para nada, lo cual es una forma bastante elegante de decir que la cultura no te salva de que te den una paliza en un portal ni de que tus antiguos camaradas se compren un chalé.
Porque la gastronomía le servía para cosas que en el género no se le habían ocurrido a nadie. Hay una escena (juraría que es en Los mares del Sur pero no pondría la mano en el fuego) en la que Carvalho, antes de ir a verse con quien tiene bastantes probabilidades de matarlo, se pasa por el mercado y se compra pescado. No por hambre, ni por costumbre, ni por darse el gusto: lo compra porque el del puesto lo va a recordar, porque un hombre que a las once de la mañana ha discutido el precio del pescado con la del mostrador es un hombre que existe, que tiene cara, hora y testigo, y eso es lo más parecido a un seguro de vida que se puede contratar sin pasar por una notaría. Me parece una de las ideas más brillantes que he leído nunca en una novela negra, y lo es precisamente porque no hace ruido: en cualquier otro autor el detective dejaría un sobre cerrado en la caja fuerte o llamaría a un amigo del cuerpo con voz grave.
Porque hay que hablar de la comida, y hay que hablar mucho, porque en su caso la comida no es un adorno de coleccionista ni un guiño para el lector gourmet, sino una posición política. Carlos Maribona (crítico gastronómico de ABC y Salsa de Chiles para los iniciados), que de esto sabe infinitamente más que yo, ha señalado que Montalbán fue el que consiguió que en la izquierda española dejase de estar mal visto comer bien, y la frase, con lo ligera que parece, dice algo importante: hizo falta que alguien con carné diese permiso. Montalbán fue el hombre que decidió que se podía ser marxista y comer en buenos restaurantes, y que quien sostuviera lo contrario era un hipócrita o un desgraciado. A la actitud opuesta la llamaba, con una expresión que merece esculpirse en mármol, “la beatería estúpida de la izquierda”, y explicaba lo que pretendía con una honestidad casi provocadora en un artículo que recupera Javier Márquez Sánchez en la revista TAPAS: “Antes de la gran explosión de libertad, la austeridad y el falso puritanismo de la izquierda en este país fueron siniestros porque estuvieron avalados por la dureza de la lucha contra el franquismo. Bien, la reivindicación de la gastronomía, la reivindicación de la sexualidad, son elementos lúdicos de provocación”.
Y aquí conviene pararse, porque el asunto es bastante más grande que un plato. No hay nada en el paladar que sea de derechas ni de izquierdas. Lo que hay es una lista larguísima de cosas que alguien repartió por clases hace un siglo y que seguimos administrando como si fuese doctrina: comer bien, el vino, la ópera, la caza, la vela, el tenis, los toros, saber de pintura, hablar idiomas, escribir sin faltas. Nada de eso tiene ideología; todo eso tiene precio. Y llevamos setenta años confundiendo las dos cosas, de lo cual sale esa retórica agotadora de obreros y señoritos que resulta cómoda para todo el mundo, porque a unos les permite sentirse puros y a otros sentirse superiores, y que en la práctica funciona así: el señorito se queda con el placer, el obrero renuncia a él para que nadie lo confunda con un señorito, el reparto queda exactamente igual que estaba y el único que sale perdiendo es el que se va a la cama sin cenar. Montalbán vio eso en 1979, cuando no lo veía casi nadie, y encima actuó en consecuencia, que es la parte difícil: se puso a explicar cómo se hace un arroz en una novela premiada con el Planeta (cuando todavía era prestigioso), se fue a comer a los mejores restaurantes del país sin pedirle perdón a nadie y sostuvo, contra los suyos y a la cara, que el derecho al disfrute no es un privilegio que haya que arrancarle a otro, sino exactamente aquello que se está reclamando cuando se reclama cualquier otra cosa. Nadie pelea toda una vida para que sus nietos sigan cenando de pie.
Porque escribió Los mares del Sur, que le dio el Premio Planeta y que es la novela por la que hay que empezar si solo se va a leer una, aunque espero sinceramente que no sea el caso. Un constructor rico desaparece un año entero y todo el mundo cree que se ha ido a Tahití a hacerse el Gauguin, cuando en realidad se ha mudado a un barrio obrero del cinturón de Barcelona construido por él mismo, que es una idea tan buena que da rabia. El sur no existe, nunca existe, y el que se cree que existe acaba mal.
Porque en esa misma novela compra una perra, la llama Bleda y se la matan, y ese es el golpe más bajo y más limpio de toda la serie. Suena a subtrama sentimental de relleno y es justo lo contrario: Carvalho compra al animal en un intento medio avergonzado de humanizarse, de tener algo vivo esperándole en la casa de Vallvidrera que no sea la chimenea y el libro de turno, y el libro termina con la perra muerta y con él llorando, sabiendo con una certeza absoluta que ya no va a cambiar, que no puede, que ese era el intento y ha salido mal.
Porque la serie le servía, además, para colarse en sitios donde no lo habían llamado, y ahí es donde se le nota que se lo estaba pasando bien. En Asesinato en el Comité Central mata de un disparo al secretario general del Partido Comunista, a oscuras, en una sala cerrada por dentro con ciento cuarenta miembros del comité central dentro, de los cuales ciento treinta y nueve pueden ser el asesino, y luego manda a Carvalho a hacer preguntas entre los suyos. Escribir eso en 1981 tiene un mérito considerable, porque el partido todavía se creía la historia y él todavía formaba parte del paisaje, y lo que retrata no es una conspiración exterior, sino un aparato que se está muriendo por dentro de liturgia, de sospecha y de desprecio mutuo.
Porque en El premio hace lo mismo con la fauna literaria española y se queda tan ancho. Monta la gala del Premio Venice-Lázaro Conesal, reúne en un hotel a escritores, críticos, editores, financieros y políticos atraídos por la mezcla infalible de dinero y literatura, mata al financiero que paga la fiesta y deja al lector con la única pregunta que de verdad importa: cuál de esos cuatro colectivos tiene el alma más criminal. La caricatura es desatada y divertidísima (el consagrado que se cree Faulkner, el crítico que cobra en especie, el editor haciendo cuentas mientras aplaude) y se lee como se leen estas cosas, con una sonrisa culpable y buscándose a uno mismo en el reparto. Que la firmase alguien que vivía de ese mundo y que había ganado un Planeta no es un detalle menor: morder a los de fuera lo hace cualquiera.
Porque en El delantero centro fue asesinado al atardecer repite la jugada con el fútbol. A un delantero estrella recién fichado le llega una amenaza de muerte, contratan a Carvalho para que lo proteja, y lo que empieza como un encargo de seguridad privada termina siendo una radiografía de la ciudad, de los despachos del club, de la prensa deportiva y de la gente que se juega la identidad entera en un resultado de domingo. Montalbán era del Barça con la seriedad con la que otros son de una religión, y ya en 1969, había definido al club como el “desarmado ejército simbólico” de Cataluña. Y cuando España se le quedó pequeña, se llevó el procedimiento a Buenos Aires: en Quinteto de Buenos Aires manda al detective a buscar a un primo que ha desaparecido por voluntad propia después de sobrevivir a la dictadura militar, y lo hace pasear por mansiones de oligarcas, asilos, milongas y gimnasios de boxeo hasta dejar retratada una ciudad ocupada en reconstruirse la razón después de la batalla, con el cinismo del superviviente ocupando el sitio que antes tenían la épica y la crueldad.
Porque se comió año y medio de cárcel y salió de ella con un libro debajo del brazo. En 1962, un consejo de guerra lo condenó a tres años de prisión por apoyar la huelga de los mineros asturianos y salió en octubre de 1963, tras dieciocho meses dentro, gracias a un indulto concedido por la muerte de Juan XXIII, lo que convierte a Montalbán en probablemente el único comunista catalán que le debe algo tangible a un Papa.
Porque antes que novelista fue columnista, y en esto pido paciencia porque ya se ha visto en estas páginas que tengo una debilidad confesa por el oficio. Escribió en Triunfo, que era lo más respirable que permitía el franquismo tardío; fundó en 1974, junto a José Ilario, Perich y Forges, la revista Por Favor; y luego escribió en Interviú, que es un fenómeno que hoy resulta imposible de explicar: una revista que se compraba por el desnudo de la portada y que dentro llevaba reportajes de investigación y columnas de Vázquez Montalbán. Todo un país aprendiendo a leer por el camino equivocado, que suele ser el que funciona.
Porque no todo es Carvalho. Aunque su obra es extensísima, destaco Galíndez, sobre el secuestro del delegado del Gobierno vasco en el exilio, que le valió el Premio Nacional de Narrativa en 1991 y que es una novela seria, dura y sin una sola receta; escribió El pianista, que es preciosa y que cuenta la historia de un país al revés, de adelante hacia atrás, hasta llegar al momento en que todo se estropeó (abrazo fuerte al amigo Zavalita); escribió la Autobiografía del general Franco. En 1995 le dieron el Premio Nacional de las Letras Españolas por el conjunto de la obra, que es el tipo de premio que se da cuando ya no se puede negar la evidencia.
Porque se murió en el aeropuerto de Bangkok, y esto es de una ironía tan literaria que si lo escribes en una novela te lo tacha el editor (supongo, tengo poca experiencia con editores). El 18 de octubre de 2003, con 64 años y cuatro bypass encima desde una operación de nueve años antes, bajó de un avión procedente de Sídney, donde había ido a dar unas conferencias, y le falló el corazón en la escala. Adrià contó que dejó dispuesto que sus cenizas se esparcieran en Cala Montjoi, junto a elBulli, donde había sido feliz comiendo, lo cual me parece la única decisión coherente posible para un hombre así. Y dejó terminada Milenio Carvalho, publicada en 2004, en la que manda al detective a dar la vuelta al mundo antes de cerrarle la puerta. Se murió al igual que su personaje, viajando, teniendo los dos una comida pendiente.
Y no, no le dieron el Nobel, y esta vez no me voy a poner pesado porque me consta que tampoco lo esperaba: un comunista que come bien es un animal demasiado incómodo para Estocolmo, que prefiere el sufrimiento con buena luz. Malditos suecos idiotas, una vez más y ya van varias.
Leed más y comed mejor. Abrazo y nos vemos pronto,
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