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La sandía de Chéjov
Era un narrador unívoco y honesto, que solo quería contar sus historias, sin chorradas empíricas ni alegóricas.
4 de septiembre 2026
Hay un párrafo de La dama del perrito que me vuela la cabeza. Chéjov nos está contando los patosos inicios de un amorío: señor-de-mediana-edad conoce a señora-de-etc., ambos infelizmente casados —en la literatura decimonónica, los personajes ya se sabe que nacen casados, no siempre para bien. Se conocen solos, de vacaciones en Yalta —ciudad de la que me disculpo de antemano por solo conocer de ella una espeluznante foto de Stalin sentado amigablemente junto a Churchill y Roosevelt, enemigos a muerte repartiéndose el pastel de la paz, sellando la segunda posguerra mundial; ciudad que para los rusos encarna, al parecer, un vano sueño de sol, aventuras y playa. ¡Sea!
Dmitri Gúrov y Anna Serguéievna se conocen, pues, en aquella ciudad pacífica y calurosa —para los estándares rusos de paz y calor, claro está. Con su célebre avaricia de recursos literarios, Chéjov nos ahorra los pormenores de la seducción. El encuentro se produce, por supuesto, gracias al perrito que da título al cuento. «Si pones una pistola cargada al comienzo de una historia, al final tiene que dispararse», es una de esas frases que la sabiduría popular, tan modesta ella, pone en boca de nuestro cuentista ruso.
Y la pistola se dispara, y el perrito de Anna gruñe a Gúrov —a él se le llama por el apellido, a ella por el nombre de pila, como en la mili y en los manuales androcéntricos de historia. Gúrov le pregunta a Anna si puede darle un hueso (al perro), pero ella ya se ha ruborizado y prometido que no muerde (el perro). Y ese pequeño pistoletazo perruno le basta a Chéjov para marcar el arranque sexual de su cuento. Solo 1000 palabras después ya estamos en la habitación de ella, con ella no-pero-sí queriendo. «Ahora usted será el primero en no respetarme», dice Anna. «¿Por qué iba a dejar de respetarte?», responde Gúrov —sí, él la trata de tú; ella, de usted.
Pero Gúrov no responde inmediatamente, no a renglón seguido sino tras dos párrafos de pura tensión dramática, de puro recargar y amartillar otra vez la pistola a manos de Chéjov. El segundo de esos párrafos es una descripción convencional de lo hermosa y atribulada que está Anna. Es el primero el que me vuela la cabeza:
Sobre la mesa había una sandía. Gúrov cortó una rodaja y empezó a comer sin prisas. Pasaron al menos media hora en silencio.
Huelga decir que ni antes ha aparecido ni después vuelve a aparecer esa pieza de fruta, esa sandía caída del cielo de los cronotopos, ese rompimiento de la coherencia y continuidad espacio-narrativo-temporal. Esa cosa verde por fuera y roja y con pepitas negras por dentro. Claro que no resulta tan inexplicable ni inverosímil el súbito spawneo de una sandía en Yalta —ciudad sureña rusa del calor y la paz, como ya hemos visto. Si esta lectura literal —empírica y realista— fracasa, los críticos siempre pueden probar la puntería de sus armas alegóricas y anagógicas en dirección a la sandía. Y si no nos satisface la hipótesis de una censura ciega para los paralelismos sexuales entre raja y raja (de sandía), podemos apuntar sin piedad ni sentido de la vergüenza propia hacia el presente y llamar a Chéjov adelantado a su tiempo y perorar proféticamente sobre Palestina y el hecho de que Yalta fuese ucraniana entre 1954, un año después de la muerte de Stalin, y 2014 —desde entonces, ya se sabe…
Pero el hecho verdaderamente relevante aquí es que, si uno presenta el relato de Chéjov en un taller de escritura —y tengo un amigo que ha hecho el experimento, desrusizando los nombres y poniendo a un loro en vez de un perro, para pasar desapercibido y vengarse por las cueles críticas que reciben sus relatos en el taller—, el feedback que obtendrá —o, al menos, el que ha obtenido mi amigo, en un taller compuesto por una docena de AENL (Aspirantes a Escritor que No Leen)— es el siguiente:
La mitad de AENL: ¿De dónde sale esa sandía? ¡Surrrrealissssta!
La otra mitad: ¿Por qué no habla más el loro? ¡No se merece aparecer en el título!
Nadie: ¡Cabrón, eso es de Chéjov!
Y tienen razón. Lo normal, en un cuento titulado «La chica del lorito» (lo de «dama» le sonaba muy viejo a mi amigo), es esperar que el dichoso pajarraco intervenga cada dos por tres. Es incluso esperable que el amorío chico-chica se revele —ante el novio o ante los padres de ella, pongamos— por medio de gemidos y tequieros inapropiadamente imitados por el lorito. Pero Chéjov, en su siglo de damas y perritos, no estaba para chorradas. Su chucho no es solo que no ladre, ni dé la patita, ni mueva la colita —desvelando al amante a ojos del marido, pongamos—, sino que literalmente desaparece, se esfuma de la página. Cualquier otro AENL —empírico-realista o alegórico-anagógico— habría insistido erre que erre con el perrito dando saltitos, haciéndose el muerto, orinando en los zapatos del desconocido, queriendo dormir con su dueña, llorando y arañando tras la puerta inusualmente cerrada con pestillo… Pero Chéjov no estaba para chorradas. Como en el juego de la ruleta rusa, la pistola de Chéjov tiene una o, a lo sumo, dos balas. Una vez se dispara, el juego se acabó para ambos: lector y escritor, adiós.
En «La dama del perrito» la pistola se dispara, insólitamente, dos veces. Pero la segunda no da en su objetivo. Ni daña, por lo visto, a nadie. la calle de Anna, Gúrov ve salir al perrito sin su dueña. Intenta llamarlo, pero no se acuerda de cómo se llama. Nosotros tampoco. Chéjov ni se ha molestado en decírnoslo. Cualquier otro AENL le habría puesto un nombre enigmático que encerrase la clave metafórica del relato, ¿quizá en otra lengua? Pero la pistola de Chéjov no es una metáfora. Esa pistola es una pistola.
¿Y la sandía, pues? Ni idea, ya he dicho que me vuela la cabeza, y esta es la tercera vez que lo digo. Le habría sido muy cómodo a Chéjov que, de camino a la habitación del adulterio, sus personajes pasasen, sedientos y hambrientos, ante un puesto de frutas. Pero eso sería matar dos pájaros, matar dos loritos de un único disparo, y a Chéjov no le gustaba hacer trampas. Chéjov se tomaba la literatura con tremenda deportividad. Era un narrador unívoco y honesto, que solo quería contar sus historias, sin chorradas empíricas ni alegóricas. No estaba dispuesto a que los hechos y las metáforas le arruinasen sus cuentos. Le habría sido tremendamente cómodo pasar por el puesto de frutas, pagar ese peaje a la continuidad y coherencia del cronotopo. Pero prefirió dejar ahí ese tajo, ese corte, esa sandía goteante y refrescante, esa media hora de silencio pegando bocados, escupiendo semillas y mojándose la barba… Porque Gúrov tenía barba, ¿no? Chéjov no dice nada, pero va con el siglo, ergo…
Más cómodo aún sería contraponer la pistola a la sandía y decir que todo lo que te han enseñado sobre Chéjov es falso, ¡ay, AENL! ¡Si L, lo sabrías! Sería muy comodín comodón concluir este rasguño instando a todos los AENL a que multipliquen sin necesidad las sandías en sus textos y se olviden de disparos y pistolas por un rato. Pero como a mí tampoco me L, a poco les puedo instar. Además, Chéjov no estaba dando lecciones a cada frase que escribía. Esa sandía no es una clase magistral, sino una solución aparatosa a una incógnita rítmica y dramática bien particular y concreta. Chéjov necesitaba una pausa de media hora, una tregua de dos párrafos entre ella diciendo: «Ahora no me respetarás»; y él: «Claro que te respeto». Como la hermosura y tribulaciones de ella no bastaban para rellenar ese hueco, una sandía brotó en el cuento y allí se quedó y Gúrov se la comió.
Así me imagino yo que se produjo ese milagro, que no es exclusivo de ese cuento, ni siquiera representativo de Chéjov. Hay sandías de Chéjov para aburrir en otros autores, mucho más tolerantes a la proliferación de frutas coyunturales e inexplicadas en sus textos. Pero la sandía no es suya; no es de Rabelais, de Sade, de Stendhal, pongamos: los franceses son muy dados a la sandía; pero la sandía no lleva su nombre porque en ellos pasa desapercibida, forma parte de un paisaje más amplio, de un huerto o mostrador con muchas otras frutas, que están ahí sin otra explicación plausible salvo ocupar espacio, hacer bulto, como en aquellos mercadillos de domingo en los que la mitad del género está podrido o machacado, pero da impresión, queda bien a la vista. Es el minimalismo expositivo de Chéjov, la sosa cáustica de su prosa, su monocultivo cronotópico lo que hace resaltar a la sandía. Quien prueba la sandía de Chéjov la recordará para siempre como aquella ocasión en que el maestro se desanudó la corbata y nos trató de tú a tú. Empatizamos con el Chéjov necesitado de sandía a mitad de diálogo. Nos identificamos con el Chéjov sandía-deseante para hacer tiempo y espacio. Amamos al Chéjov fruta-de-verano-no-apta-antes-de-dormir.
Entre el palo y la zanahoria, leemos empujados por el miedo a que la pistola se dispare sobre nuestra nuca, ¿o leemos por mor de la sandía? ¿Qué es un cuento, sino las sandías que encontramos, cortamos y mordimos por el camino? Es un párrafo que me vuela la cabeza (x3).
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