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He leído La broma infinita de David Foster Wallace
La historia de La broma infinita está sepultada bajo la novela de La broma infinita
30 de abril 2026 · 3 comentarios
La historia de La broma infinita está sepultada bajo la novela de La broma infinita
He leído La broma infinita de David Foster Wallace1
1 La primera vez que alguien me habló de LBI fue en una fiesta. Yo estrenaba mi soltería con una mezcla entre el pudor por saberme sola y una obligada predisposición a insertarme en ambientes que pudieran provocar más de un cosquilleo en la espina dorsal de mis amorosos padres. Estábamos en su casa cuando Sav se me acercó con el libro en la mano; las tripas de papel se desparramaban a un lado y a otro como gelatina mientras me explicaba por qué le gustaba tanto una obra que no había podido terminar en años. No recuerdo si me habló del tenis, de los Incandenza o del funcionamiento del Tiempo Subsidiado, pero algo debió hacer mella: en las entrañas textuales de mi dispositivo móvil encontré una nota del 19 de junio de 2022 en la que solo pone «leer la broma infinita/escribir sobre sav y la broma infinita». Tres años después, he conseguido lo que me propuse y lo que, acto seguido, olvidé por completo. Este texto, las acciones que se han llevado a cabo en nombre de la lectura y las imágenes que componen este fanzine son la materia purulenta que ha salido disparada tras haber leído la descomunal obra magna de David Foster Wallace, extendida cuidadosamente por estas que el lector o lectora estará sosteniendo —no sin cierta sospecha de carácter higiénico— entre sus manos. Así pues, sería miope escribir una crónica de literatura somática sin mencionar lo más llamativo del libro en tanto que objeto, esto es, su sorprendente tamaño. La fisicidad de LBI es condicionante e ineludible para su lectura. Atraviesas las 1212 páginas cambiando de postura a medida que estas se van acumulando a derecha o izquierda; el libro pesa en el bolso, en las articulaciones y en la cabeza. El volumen exagerado de páginas oculta el propio contenido del libro, hecho que pude comprobar sobre una mesa alta y varias micheladas a medias, cuando las tres personas que la habíamos leído no supimos describir a las otras dos restantes de mi grupo de amigos editores por qué era una obra increíble. Esto se debe a que, de algún modo, la historia de La broma infinita está sepultada bajo la novela de La broma infinita, y leerla entera no te garantiza el acceso a esa maravilla fractal de significados, pero sí a la experiencia de haberte arrastrado por ella. De la misma forma que alguien que deambula por un laberinto de espejos no sería capaz de trazar el recorrido por el que ha conseguido salir, cuando lees LBI es posible que pisotees el final de la historia sin darte cuenta. Porque, al ser un texto circular y caníbal, el final no está físicamente al final (por no hablar de las notas que ocupan el último cuarto del libro). Esto es así con David Foster Wallace. Un sí pero no constante, el eterno descenso por un pozo de matices. Así que da igual si te has leído o no te has leído LBI para disfrutar de este fanzine. El lector o lectora puede relajarse en su sofá mandalado de piso compartido y dejarse llevar por el delirio colectivo que ha supuesto esta lectura un reducido grupo de gente insoportable. En la época en la que me enteré de la existencia de este libro, Sav, en su papel de profeta errático wallaciano, tenía por costumbre (cuando el nivel de alcohol alcanzaba un punto determinado) tambalearse con un cuchillo u objeto punzante a escasos milímetros de las caras aterrorizadas que le rodeaban en una fiesta. Como ante cualquier ente cósmico que se alimenta del miedo de uno, el truco para ganarle el pulso psíquico era mantenerse tranquilo, porque si no hacías caso del filo con el que te estaba apuntando, se cansaba y buscaba a otro que sí se retorciera visiblemente de incomodidad. Aquella noche los invitados tenían ya muchas sustancias circulando por su flujo sanguíneo y un limitado tiempo de reacción como para esquivar los cuchillos que Sav arrojaba a través de la habitación, estropeando la madera de algún pobre mueble que estuviera en medio, así que le empezaron a esconder todos los cuchillos de la cocina. La conversación se reanudaba hasta que volvía a encontrar alguno en lo alto de la nevera y alguien se encargaba de reducirle por detrás para quitárselo. Ahora, mientras escribo este texto, recuerdo con nitidez la figura escurridiza de Sav, sosteniéndose apenas sobre las piernas paralizadas contra su voluntad, el reflejo turbio de sus ojos poseídos por su particular entretenimiento sádico, las manos en alto y proclamando una y otra vez: «Es una broma, tío…una broma».
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