Costumbres

Los críos, ¿no?

No fue hasta que entré en el salón cuando reparé que ni padrazo ni críos ni futuro.

8 de octubre 2026


Coincidí en el ascensor con una vecina. Le calculo unos 60 años. Era encantadora. Me vio con este aspecto lozano y jovial que me caracteriza y, en su buena voluntad y con afán de hacer el trámite comunitario más agradable, me dijo ¿qué, a hacer deporte?. Yo le contesté que no, que iba a recoger unas cosas. Quién me mandaría a mí contar nada. Qué le importará a la gente mi vida. Pero bueno, la señora había sido educada. La buena educación es una trampa, te hace bajar la guardia. El caso es que no había terminado la frase, me había quedado en a recoger, mis labios todavía no habían pronunciado unas cosas, cuando mi compañera de ascensor saltó con un inesperado los críos, ¿no?. Me quedé paralizado. De estas veces que no sabes cómo responder y luego te tiras toda la semana pensando en respuestas perfectas para el momento, pero ya da igual porque no va a volver a ocurrir. La vida no es en diferido, las cosas suceden y no se repiten, de nada sirve ser ingenioso en la repetición del VAR. Los críos. En plural. Uno le debía parecer insuficiente. Vaya cura de humildad. Sal tú ahora a dar un paseo.

Lo malo de estos balazos de ascensor es que uno pisa la calle y se le olvidan los recados. Yo salí del portal sin saber muy bien si tenía que recoger un paquete en Correos o matricular a las niñas en inglés. Me imaginé en modo padre. Me gustó hacerlo. Me fijé en las marcas de los carritos con los que me crucé, pensé en si la irisheterocromía se hereda. Descarté nombres y apunté mentalmente otros que sí me convencían. En mi imaginación soy un padrazo. Tan enfrascado iba yo en la película de mi vida alternativa que, de los dos encargos que me habían sacado de casa, uno se me olvidó.

El trauma vino después, ya en casa, y no por el despiste. No fue hasta que entré en el salón cuando reparé que ni padrazo ni críos ni futuro, que soy, como tantos, un pringado que comparte piso con otros tres desgraciados más. Ahí se me estalló el globo de la paternidad, de las extraescolares y de la puta vieja del ascensor. 

Algo ha cambiado en mí desde aquel encontronazo. Ya no cojo el ascensor ni por asomo, no vayamos a repetir situaciones no deseadas. Ahora subo y bajo las escaleras, y eso que vivo en un sexto. En el fondo estoy encantado de haberme topado con la vecina aquel día. Si de algún modo me tenía que aparecer la crisis de los 30, mejor con el ejercicio que con las drogas. 

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