Costumbres

No sex #69: No es esto o la nada

Luego me darás las gracias: esto es una liberación.

7 de octubre 2026


Somos matrioskas. Recuerdo muy bien haber leído sobre esto, me interesaba por el psicoanálisis, coqueteaba con la terapia. Somos matrioskas, el resultado de nuestro yo minúsculo, el corazón de lo que somos se mantiene intacto pero vamos sumando capas y creciendo. Matrioskas de madera de colores que nos contienen, con las infancias y lo que bebíamos y comíamos, las parejas que nos mostraban como ideales, los sueños de niñez acerca de los amores (¿cómo será esa persona? ¿Cómo sabré que es él o ella?), el rubor de las mejillas cuando aquel chico nos miraba, la sensación tan angustiante como placentera del deseo de ser elegidas. Miedo y adrenalina voraz jugando en el mismo instante.

El amor también está contenido en la matrioska: nuestro amor de hoy es resultado de todos nuestros amores anteriores. Llegar al amor presente implica forzosamente haber sido atravesado. Yo, por ejemplo, he creído equivocadamente varias veces que estaba ante el verdadero y único amor de mi vida. Menos mal que no tuve razón. Es un alivio comprobar que hay errores que deben ser cometidos para ir cerrando capas de la matrioska, errores que arman cimientos. Tuve que pensarlo y tuve que despensarlo, es decir, reconducir esa sensación de certeza en algo más: rabia, tristeza, descanso, nostalgia. En cada esquina de mis desdichas amorosas hay ahora una mirada de reconciliación: ya no me fustigo por un tiempo perdido porque entendí que el tiempo en una relación no se gana o se pierde porque las relaciones en las creo son inmedibles. Dejó de atormentarme. A veces me dejaron, otras veces me fui yo. Otras pude irme antes. No tomaré medidas de mi malogrado éxito, no me interesa saberlo.

En alguna de las capas aprendí a detectar mentiras y giros de guion que me ayudaron a distinguir entre lo amoroso y lo obsesivo: me especialicé en identificación de técnicas de manipulación e intermitencia. Ahora no se me escapa una. De aquel me quedo con. Del otro me quedo con. Y resulta que haces un puzzle. También añadí capas de ternura: resultó ser que la bondad sí era sexy y que cuando me dispuse a incomodar con conversaciones que antes evitaba estaba generando el pegamento de la intimidad. Resultó ser que se puede, sin duda, estar tranquila con alguien.

Hoy paseo por las calles de Nueva York y pienso en que esta columna, completamente inspirada-copiada-construida a partir Sex and the city, que nació en una cocina-salón interior de un piso compartido de Madrid, no tenía una ventanita al West Village ni podía pagar con crédito un Fendi Baguette*. ‘No sex’ porque o ejercíamos el sarcasmo o nos moríamos de asco entre apps de citas y encuentros fatales. Nada de lo que ha pasado desde entonces, dos años después, era imaginable cuando me dije «si siempre te ha gustado Carrie, ponte a escribir como ella». Me reconforta tener la certeza de que nada ya estaba escrito, que esto lo he escrito yo. 

Y por eso no siento romper la burbuja de la magia amorosa en la que nos hemos visto imbuidos todos alguna vez: no existen los amores predestinados. No es esto o la nada. Lo de hoy es resultado de lo de ayer y alimentará lo que ocurra mañana. Podrás salir con alguien, equivocarte y volver a equivocarte. Podrás romper si no lo acabas de ver, en cualquier momento, pese a todo y con todo.

Luego me darás las gracias: esto es una liberación. Puedes irte, puede pasar otra cosa, entrar, girar, errar. En cualquier momento, para siempre, mientras estemos vivos.



*eso sigue exactamente igual.

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