Música

Oda descarada al Gran Galayo

Se asemeja a un sueño lento.

15 de julio 2026


Sobre la escritura, la periodista Leila Guerriero dice que “escribir se trata de desaparecer completamente para aparecer completamente en otra parte”. Le robo esa frase porque describe algo parecido a lo que ocurre cuando uno aparece en el Gran Galayo. 


Hasta ese momento, cada vez que alguien mencionaba “festival”, las imágenes que veía en el aire no eran otras que: muchedumbre–colas como boas–escenarios grotescos (en los que el artista se encoge como un peón y solo queda mirar a)–pantallas enormes como torres–un mar de flashes–sudor–cemento–estrés postraumático por programación–y marcas, muchas marcas, vendiendo cosas.


En Beyond The Neoliberal Creative City: Critique and Alternatives in the Urban Cultural Economy, el académico Robert Holland sentencia que la vida nocturna está dominada por el “gran negocio” –y aunque él habla del ocio en la noche, lo mismo aplica al ocio de día. Parafraseando a Holland y a otra académica, Laam Hae: el ocio –y yo enfatizo, el clubbing– solía nutrirse de subculturas diversas y alternativas pero estas han sido desplazadas en gran medida, dejando “a los barrios con un simulacro de vitalidad urbana”, convirtiendo a las experiencias culturales en espacios gentrificados y estériles, lo cual las conduce a su aburguesamiento y estandarización. 


Esto es “en gran medida”, dicen los académicos. Porque hay grietas que rompen con ese marco. Si el Primavera Sound recuerda a un carrusel histérico, el Gran Galayo se asemeja a un sueño lento. Sus fundadores rehuyen, de hecho, de la palabra festival. “Nos sentimos más identificados con el concepto de encuentro cultural, ayuda mejor a entender lo que somos y buscamos ser”, dicen.


Galayo es una palabra que encierra: pico agudo, prominencia, que sobresale en una montaña. Deriva de Los Galayos, el imponente conjunto de crestas y agujas de granito de la Sierra de Gredos, en Ávila, donde se emplazó este año el festival. En concreto, a las orillas del Tormes, donde el cielo es cerúleo, los árboles altísimos y el viento se mece pacífico, como si fuera todo lo contrario a una locura. 

Foto: Guzmán Sánchez Meirás

Al Gran Galayo llegamos descendiendo por una larga lengua de tierra tras la cual fuimos engullidos por el bosque. Las tiendas de campaña marcaban el inicio del recinto. Después, había un merendero cubierto, y más allá, como tope, el escenario entre árboles. La pista era herbosa y tenía sitios para sentarse: tacos de paja amarillísima cubiertos de mantas. En el centro –entre el merendero y el escenario–, un pequeño quiosco de madera hecho a mano. Desde allí, se veían y escuchaban el río y el escenario. A las 17 de la tarde, cuando me tocó ser quiosquera voluntaria por un par de horas, un chico pinchaba música disco.

Foto: Guzmán Sánchez Meirás

El quiosco era una ventana a protecciones varias y gratuitas: condones, ibuprofeno, tampones, compresas, chicles, y vitaminas. Sin luces de neón, y con pequeñas reliquias de artistas locales a la venta. Aunque lo que más ofrecía era conversación. Conocí, entre otros, a una chica que aquella mañana –el festival, en realidad, había comenzado el jueves con un cineforum– había dirigido un taller de percusión tradicional con canciones populares de Villanueva de la Vera, y un chico que tenía un grupo de flamenco en Noruega. Un cartel decía: “La cultura también ocurre así: cuando compartes espacio, una conversación”. 

 

En total, al Gran Galayo nos desplegamos unas ciento cincuenta personas. La pista no estaba siempre llena, pero no importaba, era a menudo un ir y venir de personas, una marea agradable.


A lo largo del recinto había exposiciones que colgaban de los árboles: un vídeo sobre un tapete que mostraba la memoria compartida de dos amigas a través de los objetos, o fotografías realizadas en una caminata nocturna rural donde el flash había irrumpido de pronto revelando el paisaje. 

Foto: Guzmán Sánchez Meirás

Escuché los primeros sets de la tarde del viernes desde lejos: ráfagas de rap, y de indie. Con la noche, me acerqué al escenario, y el cuerpo poseído de Andrés Cremsini –que abría la boca, que arrugaba las cejas, que encarnaba, en fin, las notas que él mismo daba como input al sintetizador– hicieron que yo misma me sintiera de alguna forma poseída: por esas caras, por esa música, por esos árboles que nos miraban. Se sucedieron después otros sets, y cada vez más cuerpos y ecos retumbaron contra la tierra y las plantas. 


El colectivo Escaparate 14.38 cerró con La Isla Bonita en una noche abierta a la inmensidad de la Sierra. Bajo las estrellas varios brazos se alzaron para acariciar el aire. Sobre las cinco, bajaron y se hicieron un ovillo para retener el calor dentro de las tiendas de campaña. Afuera, reinaba el silencio, excepto por el río, que sonaba. 



El sábado por la mañana nos levantó la insistencia del sol y el olor a tostada quemada en sartén de hierro. La comida en el festival corría a cargo de Los Bayones Cocinan, un catering de la sierra. Esther, la cocinera, me dijo que su madre solía poner un peso en las tostadas para que se hicieran antes, pero que se losles había olvidado. El café se hacía en un puchero. 


Sobre las doce, unas capas de ritmos etéreos y minimalistas empezaron a deslizarse de los altavoces y por la yerba. El productor de música ambient Muriel presentaba su álbum Infinita nostalgia, acompañado por el suave vaivén de las grandes telas que colgaban del escenario. El set culminó con un poema de Gata Cattana: “Yo te amo como aman los pobres/y me temo/que durante mucho mucho tiempo/esto seguirá siendo así.”.  Muy poco después, el escenario cambió por completo con los ritmos latinos, disco, house y funk de Le Couple Sound, y el live electrónico del artista internacional Cosmic Lithium. 

Foto: Guzmán Sánchez Meirás

Un grupo de personas fuimos a las pozas a bañarnos. El Tormes estaba pegado al recinto como un lametón constante. Sobre sus piedras, cerramos los ojos al sol, hablamos, reímos, dejamos que las horas pasaran. Sof dijo: “Este festival va de existir”. Y pensé en qué pocas veces existimos incluso en la fiesta que a menudo se rige por dinámicas productivistas. Nos marca pautas y nos roba de ser conscientes de lo que observamos, de lo que sentimos.

Victoria Sama de Pino

Recordé el artículo El sentido de la fiesta, que había leído el día anterior en el quiosco. Miguel Alonso Santos había escrito: “El punto culminante de la fiesta, el acontecimiento real, debería ser, la conversación. El gesto de sugerencia que implica el lanzamiento de una idea, de una anécdota, de una recomendación. La creación conjunta de una broma”. 


Cuando volvimos al recinto, ya habían empezado los talleres. Alrededor del quiosco, varias parejas bailaban forró, una danza popular del nordeste de Brasil. No había espacio libre en las enormes mesas del merendero. Algunas personas deslizaban pigmentos naturales extraídos de alimentos y plantas sobre folios en blanco. Otras creaban figuras de barro. Y unas cuantas presionaban una plancha para serigrafiar camisetas. Más tarde, tendría lugar un taller de escritura, en el que cada participante sería un personaje del Galayo –el sol, un voluntario, el musgo– y escribiría una historia a partir del siguiente acontecimiento: cae un meteorito sobre el festival. En un momento dado, Ale diría: “este festival es como un campamento con amigas”. 

Foto: Guzmán Sánchez Meirás

Al caer la tarde, esas amigas se enfundaron las gafas de sol para el debut de Bonet, y la arena, levantada por la excitación de los pies, rasgó el aire. Después, tocó la banda de neo-rock suave, Garabell, y después, la de neo-punk agresivo, Sprrgs, que hizo que toda aquella gente que se había emocionado con los versos de Gatta esa mañana, tarareara enloquecida: “¡Un cuarto de mi puño, cabe en tu boca!”. Después, volvió la electrónica, con el house y dark techno de Sriraxa, quien había abierto el festival el viernes con música reggae, y funk, y el domingo acompañaría una sesión de meditación con música ambient.


Durante el Gran Galayo no existía un orden “natural” para las propuestas musicales. A veces el cambio resultaba desconcertante: cuando parecía que la pista iba a transicionar orgánicamente a sonidos electrónicos cada vez más nocturnos, de pronto comenzaba un concierto. Pero la idea era esa: dar cabida y horizontalidad a las propuestas. 


En realidad todo lo que vivimos allí estaba, de alguna manera, orquestado. Es decir, había una intención. El festival nació hace cinco años por el hartazgo de cuatro amigos que estaban cansados de lo que son los festivales en su mayoría: “Macro-escenarios en una explanada de cemento horrorosa –que principalmente son un parking durante el año– con los mismos conciertos y dj sets de siempre, uno detrás de otro, donde no tienen cabida propuestas artísticas diferentes a la de una banda de música o un dj. Que además casi siempre todo ocurre de noche, y con precios altísimos”, me explicó uno de sus fundadores, quien tras acudir a festivales que rompían con esas dinámicas, se dijo: “este es mi rollo, esto es lo que me mola, y lo que a mis amigas les mola, y si todavía no les mola es porque aún no han tenido la oportunidad de ir a uno de estos”. 

Foto: Guzmán Sánchez Meirás

El domingo fue un estiramiento. Hubo música suave, un taller de relajación guiada, masajes en pareja, yoga. Y el encuentro cerró con una propuesta característica del Gran Galayo, de esas que difícilmente tienen cabida en otros lugares: un dúo compuesto por un violinista y productor que mezclaba sonidos en su propia caja de modulares. 


Al mediodía, recogimos las cosas, salimos del bosque y volvimos a la ciudad. Supimos entonces que habíamos logrado salir al menos durante un par de días del tan manido mainstream, y un poco, quizás, del capitalismo más duro y salvaje. Y yo releí Beyond The Neoliberal Creative City que dice que “las formas alternativas de vida nocturna (...) ofrecen una combinación más diversa de arte, cultura y música”, “suelen autorregularse y fomentan la diversidad y la tolerancia”, y cuestionan “la oferta convencional al poner el énfasis en la coproducción, la experimentación y la accesibilidad”. Y pensé que eso había hecho el Gran Galayo, sin conocer la teoría, por puro instinto y hartazgo. Y que al hacerlo, se había enfrentado a la inercia de la industria cultural de la que habla Santos en El sentido de la fiesta: “la oferta cultural neutraliza el revés activo del ocio, suprime la voluntad en un modelo homogéneo de festividad productiva. (...) Independientemente del tipo de música, el individuo es subsumido en una idea determinada de diversión: baila de una forma, liga de una forma, drógate de una forma. Aquello que se debería atribuir a la fiesta como accidente se hace su sustancia”, y había logrado “la creación conjunta de una broma”, entendiendo aquí la broma como una simulación inofensiva con la intención de divertir. Gracias, Gran Galayo, por hacernos reír. 

Foto: Guzmán Sánchez Meirás

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