Sociedad

El sentido de la fiesta

El acontecimiento real, debería ser, por tanto, la conversación. La creación conjunta de una broma.

1 de mayo 2026 · 3 comentarios


Es más fácil imaginar el fin de la fiesta que su finalidad. Suele ser un ejercicio extraño, por lo aparentemente evidente que parece la respuesta, preguntarse por el sentido de la fiesta. Como fenómeno, puede ser traducible de cultura a cultura hasta el último vestigio poblado del planeta. Es parte del arquetipo de las sociedades humanas. Más allá de sus caracterizaciones antropológicas, de las posibles explicaciones sociológicas, del papel que juega en una subjetividad psicologizada, me interesa la fiesta como interrupción. El día o el acto festivo contiene en sí las posibilidades de poner entre paréntesis la marcha de la cotidianidad para su posterior despliegue. La celebración se instaura como un alto en el camino, una especialidad temporal cuyo sentido recae principalmente en que esta siempre termina siendo superada para el retorno a la normalidad. Lo relevante aquí, es que la fiesta emerge como un elemento necesario para la continuidad funcional del ritmo productivo diario, pero no solo. Lo que determina e impulsa el énfasis festivo, es su constante permanencia como horizonte último, como promesa de felicidad que vendrá a completar todo lo insatisfactorio del presente. De alguna forma, orienta la práctica diaria y regula negativamente el tiempo de trabajo. No obstante, el ideal de lo festivo nunca llega a cumplir aquello que promete.

Acostumbro a preguntarme desde los primeros años de la veintena por qué ya no me divierto tanto. Cualquier evento parecía más emocionante antes. Por qué, en cada nueva propuesta que suponga una noche de fiesta, me es más probable reaccionar con una mezcla de repulsión y hastío que afirmativamente. Creo que la cosa viene de lejos. Hay algo que se reproducía en determinados círculos de juventud a la hora de salir de fiesta que se asemeja a doblar el Cabo de Hornos. Más de uno de los que estamos aquí, sabemos en qué consiste la idiotez de aguantar el ritmo de un grupo de otros, con el único fin de garantizarte el prestigio derivado de surcar las peligrosas aguas de las últimas horas de la noche, o simplemente de mantener estoicamente la esperanza en que algo ocurra para que todo ello haya merecido la pena.

Si agosto es un mes cuyo tránsito se suele experimentar aceleradamente para aquellos que tienen vacaciones, lo que permanece inmóvil desde el primer hasta el último día es un escenario de verbena activo y cercano a cualquier núcleo urbano. Alrededor de los años universitarios, la perspectiva de que se acercasen las fiestas populares en la calle, sumado al páramo de obligaciones académicas que conlleva el verano, solía despertarme cierta sensación de contratiempo, de proceso abierto y espontáneo. Esta espera por lo nuevo que iba a venir nunca terminaba por eclosionar, en la medida en que aquello novedoso siempre se apagaba en una diversión aguada, en una despedida a destiempo, o en una sobredosis de alcohol que llevaba al olvido (o al malestar). Una eterna reproducción de las mismas puestas en escena y repertorios culturales, a fin de cuentas. Aun así, es fácil conformarse con esas ilusiones año a año, e incluso semana a semana.

Explica Ronald D. Laing1 que cualquier experiencia es activa y pasiva a la vez, es decir, que “la construcción que uno coloca sobre lo que viene dado puede ser positiva o negativa: es, o no, lo que uno desea, teme o está preparado para aceptar.” Es llamativo cómo esa mediación de lo que se experimenta, queda viciada cuando cada acto festivo es convertido en un espectáculo fácil de asimilar y, por tanto, inmediatamente aceptado. Eso implica que el legítimo rechazo que puede haber en cada relación —y en cada experiencia de relación, apuntaría Laing— pasa a ser un mero formalismo: si te parece mal el ocio que se te ofrece, búscate otro, pero no critiques lo que a mucha gente le gusta. Que el capitalismo mida, calcule y simplifique la forma en la que nos divertimos, supone negar la dimensión activa de la experiencia para ser receptores pasivos de canciones, lecturas, conciertos, películas y espectáculos que se van solapando y olvidando.

Theodor Adorno2 nos exhorta a no reducir a mecanismos psicológicos “la atrofia de la imaginación y de la espontaneidad del actual consumidor cultural”. No obstante, puede resultar sugerente hacer alguna incursión en ese sentido. El enfoque negativo ante lo festivo parte de una concepción del acto que se ha ido alejando de lo vehicular, es decir, de la experiencia en la que lo propio se conjuga orientado a un resultado conjunto. La fiesta difícilmente sirve ya para constituirse en común con el otro, sino que reduce al individuo a una serie de elecciones supuestamente libres y heterogéneas. Para que esto no fuese así, sería necesario que el encuentro se determinase por el contenido que los particulares sepan darle de forma activa. De esta forma, la fiesta se presentaría como un espacio próspero para la sugerencia, la creación y la articulación, lo que la relega a un segundo plano ante un fin mayor: el producto de la puesta en juego de una subjetividad en relación. El componente activo es, por tanto, el principal punto de interés del festejo.

La interrupción de lo cotidiano toma en su capitalización un cariz ensimismado: la celebración se plantea como una excusa para autosaturarse en un frenesí hedónico. Este impulso por la búsqueda de la desinhibición corporal más absoluta crea el caldo de cultivo para erigir al alcohol, o a la droga en general, en el símbolo sacrosanto de la festividad. He ahí el culmen de la explosión productiva de la fiesta: el embriagarse deja de tener un interés abiertamente social para vincularse a un desahogo interior. En ese sentido, y quizás forzando un poco los términos, “la diversión es la prolongación del trabajo bajo el capitalismo”, como dice Adorno en el capítulo que le dedica a la industria cultural de Dialéctica de la ilustración. Esta es la forma de paliar el aburrimiento, de adecuarse a la idea de felicidad del presente tal y como está organizado corporalmente.

La oferta cultural neutraliza el revés activo del ocio, suprime la voluntad en un modelo homogéneo de festividad productiva. El encaje de la particularidad en la fiesta es apresado en un ambiente general, es decir, independientemente del tipo de música, el individuo es subsumido en una idea determinada de diversión: baila de una forma, liga de una forma, drógate de una forma. Aquello que se debería atribuir a la fiesta como accidente se hace su sustancia. Así es como se desacopla de cualquier posibilidad en la que puede brotar la crítica. Basta con darse una vuelta por el centro de la ciudad, metamorfoseada por el turismo, para encontrarse a miles de pretendientes de Penélope, que manifiestan la superficialidad del fenómeno festivo. Cualquier día es bueno dentro de la extensa y similar oferta de locales donde disfrutar de reconfortantes clichés. El festín de la producción de valor está servido, mientras que su contrapartida, un espacio que puede desencadenar ideas o articulaciones fundantes de algo más, queda ahogado.

El punto culminante de la fiesta, el acontecimiento real, debería ser, por tanto, la conversación. El gesto de sugerencia que implica el lanzamiento de una idea, de una anécdota, de una recomendación. La creación conjunta de una broma. La aceptación o rechazo de todo ello por uno o varios de los integrantes de ese momento de suspensión. La relación y su experiencia es la actividad autotélica que presenta una respuesta a la finalidad de la fiesta más allá del consumo y la rebeldía. El resto del atrezzo debe enmarcarse en el mismo nivel que las producciones mencionadas. Contra los objetos de consumo pasivo, la música, la danza, el teatro y la performance deben generar el contexto para el juicio.

Sobra aclarar que cualquier tiempo pasado no fue necesariamente mejor, aunque los dientes vampíricos del negocio vayan imaginando nuevas formas de abarcar cada vez más terreno. Tampoco se trata de pensar necesariamente la fiesta como la oportunidad perdida de generar una contra sociedad, ni este escrito trata de componer un grito desesperado (otro más) sobre un necesario retorno a una idea de comunidad normalmente vacía.3 Más bien describe un impulso por tratar de aclarar el deseo frustrado de aquello que la celebración prometía, de darle sentido a una proyección adolescente que se fundaba en pensar la fiesta como algo distinto que permitía mover el estado de cosas. Esperanzas, en definitiva, cuyo tiro va desviándose hacia mirillas más lúcidas, quizás más maduras, pero también más pacientes, lentas y densas.


1 Psiquiatra escocés, autor de La política de la experiencia.

2 Filósofo y crítico cultural, miembro de la Escuela de Frankfurt.

3 De hecho, esto último suele ser un campo fértil para cualquier idea facciosa que venga a dotarla de contenido.



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