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Siempre lo mismo: menú de mediodía
Mis sueños hacia la libertad creativa en el menú del día se ahogaron en la olla de mi abuela y de mi madre, regresando a sabores muy reconocibles
3 de febrero 2026
Mis sueños hacia la libertad creativa en el menú del día se ahogaron en la olla de mi abuela y de mi madre, regresando a sabores muy reconocibles
Cuando dejé mi trabajo, sabía que recuperaría algo muy importante: comer en casa.
Para muchas personas, comer en casa entre semana puede ser ritual o carrera, lujo o disgusto. La posibilidad y capacidad de elegir qué preparar se nos presenta a diario, al menos a quienes decidimos enfrentarnos a ello, como un momento de pausa y recreación, un recuerdo de nuestras escasas habilidades, un puñal de nuestro trastorno o un simple trámite. Y, aunque a veces no apetece cocinar, siempre apetece comer, porque eso de estar tan ocupado que a uno se le olvida… yo no me lo trago.
No volver a la oficina significaba liberarme de la operativa del táper y, aunque no aspiraba a hacer grandísimos platos, al menos estarían recién hechos y serían recetas que realmente me apetecieran en ese momento, siempre dentro de una normalidad: platos vegetarianos, económicos y, a poder ser, de temporada. Después de varios meses sin haber vuelto a pisar una oficina –más contenta y en consonancia con mis inquietudes, pero con menos dinero–, repasé las fotos de mis comidas de esta temporada y encontré un plato, bueno, una fórmula de plato, que se repite una y otra vez: verdura cocida + huevo cocido. Mis sueños hacia la libertad creativa en el menú del día se ahogaron en la olla de mi abuela y de mi madre, regresando a sabores muy reconocibles y, aparentemente, poco divertidos.
Encontré una realidad propia basada en lo más normal. Una patata cocida con piel, cortada en trozos irregulares o chafada y bañada en aceite de oliva, pimentón y sal en escamas; unos ramilletes de brócoli cocido lo justo para mantener cierta endereza y ese sabor verde con unas gotas de limón; un puerro, dulce, casi deshecho; una zanahoria sencilla, por costumbre; uno o dos huevos cocidos durante 5 minutos con una yema a punto de explotar que bañará la patata, el brócoli, el puerro, la zanahoria y el pan que espera, impaciente, en la mano. Una cucharadita de mostaza o, si el día lo pide, mayonesa.
Este plato se repetía con alguna variante o ausencia: el brócoli podría ser berza, kale o calabacín; el puerro podría ser cebolla; la zanahoria, garbanzos. Para no acabar con un plato de babyfood, cada ingrediente tiene que entrar en la olla a su debido momento: primero las patatas, la zanahoria, el puerro y el tallo del brócoli, después los floretes del brócoli y, a pocos minutos, los huevos. Un toque vanguardista sobre la receta de la abuela.
Aunque todo esto quedaría mucho mejor preparado en el horno, con la silueta de cada verdura caramelizada y el aceite chisporroteando, muchas veces está bien conformarse con la máxima sencillez. No es cuestión de pereza, sino de ser capaz de apreciar una comida sin ningún artificio y saber que eso es suficiente. También me hace pensar en si, bajo esta modesta elección, se encuentra algún motivo íntimo. ¿Encontrar seguridad en un plato familiar? ¿Necesidad de estabilidad en un momento de incertidumbre? ¿Hartazgo de tendencias aún más repetitivas en una cocina cada vez más permeable? ¿Priorizar lo tradicional para preservarlo de lo ‘cool’? ¿Hay que cocinar para evitar la pérdida de la cocina de casa, como espacio y como legado?
Poco después de anunciar el nuevo comienzo de Gourmet –difunta revista de Condé Nast (1941-2009) que promovió una literatura gastronómica que se escapaba de los márgenes de la cocina– en forma de newsletter online, Alison Roman, cocinera y escritora, escribía esto en su estreno en la plataforma:
“I hate to say it, but I must: I’m bored of Nice Looking Food. Delicate leafy herbs scattered over every plate, a little chili crip-esque something swirled into every bowl, sliced meat shingled just so. I’m guilty of all of these practices, of course, but… we get it. In my Old Age, I find myself more attracted to monochrome bowls of soup and beautiful being beans and deeply browned meats cooked a little messily by someone who loves eating food”
Como casi siempre, una encuentra su reflejo en palabras de otra. Qué gusto, ¿no?
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