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Nueve años de MALA-SAÑA
Una de las mejores coctelerías del territorio español celebra nueve años abierta
30 de enero 2026
Hay barras que siempre son verdaderas fiestas del hedonismo y la felicidad; una de ellas es la de MALA-SAÑA, en Oviedo. Siendo absolutamente objetivo —y también sin serlo—, la mejor coctelería de Oviedo, de toda Asturias y una de las mejores de todo el territorio español. Y lo digo con absoluto conocimiento de causa en ese maravilloso mundo, mezcla entre arte y química, que es la coctelería. Además, conociéndolos a ellos y a su equipo, no tengo ninguna necesidad de regalar cumplidos; puedo permitirme, como siempre me permito, ser sincero y decir la verdad.
Allí he tomado los mejores negronis de mi vida, esos capaces de contener un cielo en llamas pintado por Velázquez en unos sorbos; dry martinis, el puñal disuelto siempre afilado, más secos y despejados que una mañana alta de primavera; pocas cervezas y algún espumoso. Uno de esos lugares que siempre dan cobijo, en los que me siento mejor que en casa —«como fuera de casa en ningún sitio», que decía Antonio Gamero— y de los que uno sale siendo mejor, porque es imposible no hacerlo contento.
Ayer celebraron nueve años abiertos: ese es el tiempo que hace desde que Iván y Saúl se iniciaron con una pequeña parte de este local y decidieron que la coctelería también iba a triunfar en Oviedo, que todo lo que habían aprendido —y siguen aprendiendo— se lo iban a entregar a todos los que atraviesan su puerta. El alcohol y los combinados hacen de este mundo un lugar mejor, de esta atroz realidad un tiempo habitable y disfrutable, consiguen que el infierno de la rutina se convierta, por unas horas, en el paraíso de la mundanidad.
Festejamos el triunfo que siempre supone que un local siga abierto y vaya bien: un grupo de clientes y amigos, que viene a ser lo mismo. Y se festejó como se debe, con buen bebercio —yo acompañé la celebración con un mojito, cerveza y cava— y con una mesa pensada para disfrutar sin prisa. Empezamos con lomo Joselito y una gilda de queso con caseína de ajo; siguieron un bombón de sobrasada, queso brie y miel picante y un ajoblanco memorable. Después llegaron un brioche con salsa romescu, puerro confitado y virutas de jamón; un panipuri relleno de bonito y anchoa, pintxo vasco versionado con respeto y desparpajo; un taco frío de sardina ahumada con salsa de guacamole y pico de gallo de mango; una croqueta de La Peral con compota de manzana y un mejillón tigre afinado, reconocible y exacto. Hubo también vitello tonnato sobre focaccia, confirmando que aquí nada es casual, y un tiramisú final para terminar la noche como se cierran las buenas historias.
Da gusto con un equipo así: el local hasta los topes, nadie pasando hambre ni sed, todos atendidos con una sonrisa y con la sensación —cada vez más rara— de que disfrutar sigue siendo un asunto serio.
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