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Mis naranjas
Pensé en hacer mermelada con ellas, pero están tan buenas al natural que me sentí culpable
23 de enero 2026
Hay una foto que anda por casa de mi padre en la que aparezco, con unos 8 años, plantando un árbol junto a mis padres en San Román (la casa que hicieron mis padres en el pueblo donde nació mi madre y el lugar donde pasamos el verano, punto de unión familiar y el lugar de pertenencia al que siempre volver). La pala en mis manos, un naranjo pequeñito dentro de la tierra, ellos rodeándome, el carretillo y una regadera. Estoy seguro de que este es el primer árbol que planté en mi vida, luego vendrían muchos más. Así que según el dicho, sólo me quedaría lo del hijo; aunque también estaría bien sacar a la luz algo de lo escrito, pero ya se verá.
Uno de esos árboles que plantamos y cuidamos con esmero es otro naranjo, que hasta este año fue dando tímidos frutos, con escaso éxito en cuanto a tamaño y producción, pero de un sabor excelente y peculiar. Sin embargo, este invierno se desató y nos sorprendió absolutamente cargado. Unas naranjas grandes, olorosas y prietas colgaban de sus ramas poniendo a prueba su resistencia. El pasmo y la alegría fueron totales, un hecho que para muchos es una nimiedad, dibujó una sonrisa en nuestras caras. La atención, la protección frente al frío y a la meteorología adversa, y el trabajo entregado tuvieron su recompensa.
Las naranjas tienen una piel dura, muy olorosa y firme; a veces cuesta hincarle el cuchillo y separarla de la pulpa. Su carne presenta un color brillante, tendiendo a tonos cobrizos, con gran cantidad de jugo y carecen de pepitas. El sabor es dulce y refrescante, con un matiz cítrico al final de cada mordisco. Pensé en hacer mermelada con ellas, pero están tan buenas al natural que me sentí culpable por tratar de intervenir y modificar semejante manjar natural, quién soy yo para jugar a ser Dios.
En algunos momentos, pienso si esta ponderación como “manjar” es exagerada y fruto de mi sugestión, así que voy a la frutería y pido naranjas. Lo que pasa es que se produce lo contrario, a cada gajo me reafirmo más en la delicia de las mías.
Ahora, y hasta que no vuelva a por más, administro las que me quedan con sumo cuidado, como ese gran tesoro que son, reservando las piezas para cada mañana, de modo que el placer me atropella, desde bien temprano, en el desayuno: una gran razón que justifica y honra el levantarse cada día.
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