__MESSAGE__
Ana “la de inglés”
A sus antiguos alumnos me los sé de memoria.
28 de febrero 2024
El pasado lunes me duché en el gimnasio por primera vez. El agua caliente de la ducha es un poco como aquella chica con la que estuve quedando un par de meses. A veces sí y a veces no. Pero es lo que hay. En casa tenemos problemas con el agua debido a un atasco en el edificio, así que decidí ducharme en el gimnasio. Estaba saliendo de la ducha cuando un chaval al que había visto un par de veces por allí se me abalanzó como Sergio Ramos en un córner. “Tú vives en mi calle, ¿no? Además, tu madre fue mi profesora de inglés”. No sé qué respuesta esperaba el bueno de Fernando, llamémosle Fernando, recién salido de una ducha de agua fría y liado en una de esas toallas de microfibra que no secan un pimiento pero son cómodas de transportar porque no pesan nada. “Seguramente te haya dado clase, le ha dado a medio Cádiz” le dije medio mojado y secándome como podía. No le ponía cara a Fernando de primeras, pero poco a poco fui ubicándolo. Me pasa con muchos alumnos de mi madre.
Ana “la de inglés” es mi señora madre, tiene una academia y es conocida así por todos sus alumnos. Es curioso cómo la gente en las ciudades pequeñas es muchas veces reconocida por su oficio o por el nombre de sus padres antes que por su nombre y apellidos. Por ejemplo, Paco de Lucía era conocido así por el nombre de su madre, “Paco el de Lucía”. El hijo de Lucía “la portuguesa”. ¿Esto pasa en toda España o únicamente en Andalucía? Qué más da ¿Qué sería de nosotros como país si no fuese por nuestro costumbrismo?
El caso de Fernando es aislado. Conozco a casi todos los alumnos de mi madre al dedillo. Sus alumnos de ahora se me escapan más, ya no paso mucho tiempo allí, pero a sus antiguos alumnos me los sé de memoria. Es más, podría jugarme mi patrimonio a una rueda de reconocimiento en la que tenga que adivinar el nombre del alumno, a qué hora iba a clase, el colegio al que ha ido, qué ha estudiado y si hizo la selectividad en junio o en septiembre. Hay veces que voy por la calle con mi madre y algún antiguo alumno la saluda, se para con ella a charlar y al terminar me pregunta: “Oye, ¿tú te acuerdas del nombre de este niño?” Un clásico que nunca falla. “Pues claro, mamá. Es Fulanito” Creo que nos pasa a casi todos en casa, le tenemos pillada la matrícula a todos aquellos chavales que han sufrido la tortura de los exámenes de verbos de mi madre y sus llamadas a casa porque no habían traído hecha la tarea. Y ellos a nosotros. El caso de Fernando es uno más. No me caben en las manos las veces que me han preguntado en un botellón si soy el hijo de Ana. Cuando era árbitro de fútbol sala, muchas madres se acercaban antes del comienzo del partido muy cariñosas a decirme “Uy, tú eres el hijo de Ana, ¿no?” Eso sí, nunca me decían adiós al terminar el partido. No sé por qué.
La academia está justo enfrente de casa. Además, en el mismo edificio vive mi abuela y también es donde está nuestro garaje, así que nos hemos criado entrando y saliendo de allí. La academia de mi madre es una habitación más de casa. Obviamente he sido alumno - sigo siéndolo- y he sufrido sus exámenes , los innumerables ejercicios de gramática para aprenderme las condicionales y su famosa lista de phrasal verbs con la que uno alcanza la gloria en las redacciones poniendo alguno de vez en cuando.
Si tuviese que describir a mi madre con una palabra, no sólo como profesora, sería dedicación. Tanto ella como mi padre pertenecen a una generación que se ha empleado en cuerpo y alma a profesar amor a raudales a sus hijos. A darles lo mejor siempre. A ponerlos en primer lugar. Sus alumnos no saben la suerte que tienen de tenerla como profesora. Yo a veces no soy consciente de la suerte que tengo de tenerla como madre.
¿Qué opinas?
Sin comentariosHay que mojarse
Por Álvaro González
Hace una semana me desperté a eso de las cinco de una siesta de verano, sin prisa, y decidí ir a la playa. Así que agarré una toalla, crema, un libro y lo metí todo en la bolsa para poner rumbo hacia la Caleta.
Por aquí todo bien, menos yo
Por Álvaro González
Ni yo soy Bill Murray ni Scarlett Johansson está a tu altura.
La muerte vive en mi calle
Por Álvaro González
La muerte vive en mi calle y pasea un bichón maltés. La veo mínimo un par de veces por semanas. No miento. Camina más que John Travolta en Saturday Night Fever, pero a su ritmo. Despacio. La muerte cojea levemente.
Nombrar el fin del amor
Por María del Mar Ramón
Me llamó la atención la forma de nombrar al fin del amor que tienen en España. Ellos, ellas, nosotros, todos: Lo han dejado. Lo hemos dejado. Pepito y Oepita lo han dejado. ¿Qué han dejado? El amor, supongo. ¿Se han alejado de esa fuerza corrosiva, adictiva y enriquecedora que es amar a alguien y han hecho lo suyo lejos de ese amor que los unía?
Hay que mojarse
Por Álvaro González
Hace una semana me desperté a eso de las cinco de una siesta de verano, sin prisa, y decidí ir a la playa. Así que agarré una toalla, crema, un libro y lo metí todo en la bolsa para poner rumbo hacia la Caleta.
Mi amor de todos los veranos
Por Marta Fernández
Cojo de la maleta mi falda de tenis y, antes de ponérmela, la huelo. Ayer hizo un calor insufrible en Lisboa y me sorprende que no haya acabado acartonada por el sudor.
Abónate a sustrato.
Apoya el trabajo de Álvaro González
Lee a tus autores favoritos y apoya su trabajo independiente y audaz.
VER PLANES