«Bicimad es la hostia»
Bicimadness, casi sin proponérselo, ha terminado retratando a una generación
10 de marzo 2026
Bicimadness, casi sin proponérselo, ha terminado retratando a una generación
Podríamos decir que ha merecido la pena. Estas dos semanitas de tregua que nos ha dado febrero, con su vuelta a la manga corta y a las Ray Ban y a las cañas al sol de los inviernos de Madrid, y media ciudad tirándose a las aceras con una sed desesperada de comedia y flirteo difícilmente distinguible de una parodia de Pantomima Full. La llegada del buen tiempo conlleva desde hace unos años en la capital la aparición de un fenómeno singular arraigado ya a los usos y costumbres más castizos. La proliferación de Bicimads. Bicimads por todas partes. Por el Retiro, por Madrid Río. Desde Plaza Castilla hasta Legazpi. Por el carril bici o en dirección contraria. Jorge Drexler escribió que ya llegó la primavera, y la maceta enfrente se llenó de brotes, y allá abajo el barrio se llenó de escotes, y sospecho que de haberla escrito hoy hubiese hecho un huequito entre sus versos para mencionar a estas flechas azules, jinetes del apocalipsis con prisas por un semáforo en ámbar, algo de color en un paisaje urbano cada vez más gris debido a la saturación de cabifys y ubers negros y a que los autobuses perdieron ese rojo encendido que le hacía parecer a Madrid una ciudad un poquito más sexy.
¿Son ya las bicimads el elemento más distintivo del tráfico madrileño, como en su día lo fueron los taxis franjirrojos a lo Rayito o los autobuses rojo pasión? No lo sé. Qué voy a saber. Lo que sé es que Bicimad tiene una comunidad detrás. Sus fans encontramos cobijo en uno de los descubrimientos de Instagram del último año: Bicimadness. Sus creadores, dos chavales de Lanzarote, llegaron a las bicis de alquiler por horas de casualidad. «El año pasado, a final de curso, decidimos grabar un vídeo para tiktok, como un edit de skate pero con bicis», cuenta Guille, una de las caras de Bicimadness junto con su amigo Alejandro. Ambos tienen una marca de ropa y están acostumbrados a grabar contenido para darle visibilidad. «De camino al bus, estaba haciendo derrapes con la bici, y de manera natural, como ya tenemos esa influencia del skate, mi colega dijo que hiciesemos un vídeo haciendo el tonto con la bici. Vimos que generaba algo de repercusión, sobre todo negativa», añade.
Y así empezaron. Jugando a ser Tony Hawk. «Otro día, aburridos, lo vimos claro. Dijimos, Bicimadness. Diseñé el logo e hicimos el trayecto desde Pinar del Rey a Sol. Todo ese trayecto fuimos grabando. Luego lo editamos y creamos la cuenta. Fue instantáneo», comenta Guille, quien reconoce haberle pillado de sorpresa todo el revuelo que su hallazgo para promocionar camisetas ha causado en menos de un año. «Empezamos haciendo un vídeo por las coñas y para reirnos un poco. La gente nos pasaba un vídeo cayéndose y nosotros lo subíamos. Con el tiempo nos fue gustando más y fuimos currándonos más los edits», reconoce.
Desde ese trayecto de Pinar del Rey a Sol, 37 minutos en bici según Google Maps, hasta hoy, casi 90 publicaciones que son la perfecta crónica audiovisual de una nueva forma de ir por el mundo, de relacionarse con la ciudad. En sus vídeos, la mayoría de ellos enviados por otros fans, encontramos derrapes, caballitos por La Castellana, algún que otro truco de buscavidas. Mucha calle. Y muchas hostias también. En suma, estética renovada de ese cine kinki tan de Madrid de los 80. Macarrismo cañí en la era de TikTok.
Más allá de la apariencia gamberra de la cuenta, de los leñazos porque sí y de ciertos comportamientos al manillar, digamos, no precisamente edificantes, detrás de Bicimadness encontramos una cierta vocación de servicio. Su filosofía, como afirma Guille, es «alentar a la gente a que la bici sea parte de su vida. Al principio era un concepto muy canalla y destructivo. Es nuestra esencia y tampoco la vamos a dejar de lado. Pero de tanto usar la bici y tanto grabar nos hemos dado cuenta de que es la mejor manera de moverse. Ves la ciudad, no contaminas, es más barato, tardas menos, te lo pasas mejor… me he dado cuenta de que Bicimad es la hostia. Y eso es lo que quiero transmitir».
Como a tantos otros, a Guille la fascinación enfermiza por Bicimad le llegó por necesidad. «Yo antes de crear la cuenta no cogía la bici prácticamente nada. Estaba puteado en el metro, puteado en el bus, puteado en los atascos… y con la bici interactúas con la ciudad. Eso en el metro eso no ocurre. La bici hace de la ciudad tu patio de juego. Yo ahora me sé las calles. Conozco la ciudad de verdad», presume.
Viéndolo en perspectiva, la decisión de pasarse a las bicis municipales ha sido la mejor posible para conocer la inabarcable ciudad en la que vive desde hace dos años. Digámoslo claro. No hay mejor elemento para descubrir Madrid que Bicimad. Bicimad como principal fuente de conocimiento de la capital. Para los que residimos en la villa y corte, Madrid es un concepto etéreo limitado a lo que sucede de la almendra central hacia dentro, al barrio propio y a si acaso a alguno aledaño. El resto, es decir, el 90% de la metrópoli, es territorio desconocido. El madrileño, si no es por necesidad, no turistea por los barrios de su ciudad. El madrileño cree conocer, pero ignora mucho más de lo que domina. Vive en la caverna de Platón versión castiza. Para uno de Carabanchel el Barrio de la Concepción le suena más o menos como le puede sonar Seúl, como el que tiene un conocido que se fue a vivir allá, mientras que para los norteños de Chamartín Entrevías debe ser lo que hay un poco antes de llegar a Córdoba.
Con Bicimad esa desconexión entre barrios desaparece. Más si cabe para personas como Guille, auténticas adictas a los pedales de alquiler. «Igual cojo Bicimad ocho veces al día. La cojo para cualquier trayecto. Para ir a correos, para ir al estanco, al metro, al súper», nos dice. En su caso, la parada de metro más cercana, Campamento, se encuentra a unos diez minutos andando de su casa, mientras que en su misma calle encuentra una estación de Bicimad. Lo cual, entre otras muchas comodidades, le permite una de las conductas más placenteras que cualquier joven puede experimentar, la sensación mágica de volver de fiesta en Bicimad, con Madrid vacío, ni un coche a la vista y el auricular tontorrón convirtiendo un paseo al amanecer en un videoclip. De acuerdo, no es la más ejemplar de las costumbres, pero los placeres prohibidos son así, gramitos de culpabilidad a veces necesarios para recordarle a uno la pasada que es sentirse vivo.
El propio Guille desmitifica ese aura de gamberros que puede existir a su alrededor. «La calle es nuestro patio de juego, nos caemos y nos la pela… esas son nuestras raíces. Pero luego tenemos espíritu cívico. Los vídeos de skate tienen una filosofía más destructiva», resume. Todo en Guille es buen rollo y cercanía, excepto cuando le sacas un tema espinoso para él: los coches. «Hay mucha hostilidad, la gente es muy pesada y agresiva», confiesa. He tenido un par de movidas con los coches. por eso los odio tanto. ACAB: All cars are bastards. Eso lo tenemos grabado».
Coches aparte, estos creadores de contenido tienen muy claro cuál es el propósito de su irreverente cuenta; cuidar el servicio y hacer un uso responsable. Prueba de ello fue la quedada ciclista que organizaron el pasado octubre, a la que se presentaron más de 30 personas. «Moló porque conocimos a gente de nuestra comunidad. Hay varios chicos que están super volcados con nosotros y fue un placer conocerles. Nuestro objetivo es rodar en comunidad y concienciar. No somos tan destructivos como se nos pinta», concluye.
Bicimadness, casi sin proponérselo, ha terminado retratando a una generación. La de quienes ya no sueñan con comprarse el coche más caro, sino con llegar antes, gastar menos, contaminar poco y vivir la ciudad de forma activa. Una manera distinta de moverse, de mirar y de relacionarse con Madrid. Y también, ahora que no hay autobuses rojos y todo son ubers negros, de devolverle a esta capital cada vez más gris y homogénea algo de color y diversión.
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