Costumbres

Dios nos bendiga a todos o ¿qué hago yo viendo la última temporada de Euphoria?

Lo que me ha producido este terrorífico desasosiego no es la exagerada presencia de violencia explícita sino la ausencia de horizonte.

27 de julio 2026


No recuerdo que nadie me preguntara si estaba interesada en ver un pseudo-western sobre la mafia contemporánea disfrazado de drama generacional. Tampoco recuerdo haber manifestado la necesidad urgente de contemplar durante ocho horas una procesión de personajes demacrados avanzando hacia distintas formas de autodestrucción mientras una fotografía impecable convierte cada desgracia en un cuadro barroco. Y, sin embargo, allí estaba. Viendo la última temporada de Euphoria, observando desconcertada aquella crisis de adultez. 

Yo recordaba una serie oscura, sí, pero también divertida. Una serie donde la gente se enamoraba fatal, mentía fatal, tomaba decisiones lamentables y, aun así, conseguía que una sonriera de vez en cuando. Había sufrimiento, pero también había cierta ligereza. Como cuando una amiga te cuenta algo horrible y, a mitad del relato, se desata un combate de carcajadas. Pero la serie parece haberse despertado una mañana de resaca metafísica y con una pistola encima de la mesa. Ahora casi todos pertenecen a una red criminal, están siendo perseguidos por una deuda imposible, se prostituyen, trafican, matan o contemplan matar. La luz sigue siendo preciosa, el sufrimiento también. No estoy segura de cuándo decidimos, como cultura audiovisual, que la profundidad psicológica era indistinguible de la devastación absoluta. Parece que ya no basta con que un personaje esté triste, tiene que estar destruido. No basta con que esté perdido, tiene que habitar una forma de infierno. No basta con que una historia sea oscura, tiene que convencernos de que la salvación es una fantasía infantil. 

La temporada termina con un "Dios nos bendiga a todos". Llevaba días pensando en esa frase cuando ayer escuché al papa cerrar su primer discurso en Madrid con un "Dios bendiga a España".

Parece existir una forma de religiosidad contemporánea que consiste en creer que el próximo contrato nos salvará, que la próxima pareja nos salvará o que la siguiente compra nos salvará. Cambiamos de altar constantemente pero seguimos rezando. Quizá por eso la prostitución aparece una y otra vez en la serie. No solo como argumento sino como metáfora. Intuyo que la serie propone que todos somos personajes prostituidos vendiendo tiempo, atención, energía, deseo o personalidad para seguir participando en esta fiesta extraña del hipercapitalismo.


Creo haber empezado a entender que lo que me ha producido este terrorífico desasosiego no es la exagerada presencia de violencia explícita sino la ausencia de horizonte. La sensación de que la ingenuidad conduce a la decepción y la sensibilidad a la dependencia, de que la adultez consista únicamente en elegir la forma de nuestra esclavitud. Quizás me quedé en mi sofá presenciando aquella debacle por la curiosidad incómoda que me estaba produciendo comprobar hasta dónde estamos dispuestos a aceptar esta visión del mundo. Esa idea de que crecer consiste en renunciar poco a poco a toda esperanza.

Así que Dios nos bendiga a todos, sí. Pero, a ser posible, que no sea porque ya no se nos ocurre ninguna otra salida.




Este es uno de los dos textos ganadores de La Columna, taller impartido por Marta Peirano y Jacobo Bergareche, y que publicamos en calidad de artículos invitados.

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