Libros

Fin de Feria

Este texto es un llamamiento para que movamos desde dentro ciertas piezas.

16 de junio 2026 · 2 comentarios


1, Acaba de terminar la Feria del Libro y parecen confirmarse los fenómenos de masas de libros como La península de las casas vacías, Comerás flores u Oxígeno, que representan un gran porcentaje de las ventas totales y activan la conversación literaria entre el público general, ponen en diálogo a la gente y dan visibilidad a nuestra literatura.

Un amigo librero describe este momento que vivimos como la configuración de los nuevos best-sellers literarios, y creo que es una descripción muy precisa. Hay un relevo generacional de lo que pudieron ser Antonio Muñoz Molina, Almudena Grandes o Rosa Montero por los escritores treintañeros de hoy. Y es cierto que es un fenómeno muy parecido a aquel de finales de los ochenta y principios de los noventa, cuando el mercado empezó a dirigir las tendencias literarias en este país y el centrismo PSOE se convirtió en la máscara social con mayor validación y consenso.

Los tres libros del momento hablan de temas que interesan y preocupan a la sociedad de hoy: la Guerra Civil, la violencia machista y la vivienda; y respecto de estos temas presentan su discurso y estética (interno y externa) desde un progresismo moderado de corte generalista. Por eso son fenómenos de masas, porque por supuesto todos (o casi todos) estamos de acuerdo con lo que dicen, porque lo que pensamos al leer estos libros es exactamente lo que ya pensábamos antes, y por eso nos gustan, porque nos reafirman. Pero no son libros progresistas, son libros conservadores, que conservan nuestra idea sobre lo que ya sabíamos que pensábamos acerca de cierto tema, nos reafirman en vez de hacernos pensar.

De hecho, el problema de estos tres libros no es que sean malos, sino que son conservadores. De hecho, son libros muy malos precisamente porque son conservadores. De hecho, la calidad literaria solo importa porque también la calidad literaria es un debate político.

Yo entiendo que es provocador llamar conservadores a estos títulos, pero si nos fijamos son libros llenos de tópicos acerca de las cuestiones que tratan, lugares comunes del imaginario colectivo, formulaciones maniqueas de la problemática, estructuras perfectamente conocidas que acomodan el relato oficial y nos llevan por los caminos del pensamiento narrativo a los que estamos acostumbrados para encontrar aquello que ya sabíamos que íbamos a encontrar, es decir, nada nuevo, y frases tan tan tan simples y vacías que de ninguna forma pueden ser transformadoras. Cómo vamos a denunciar, argumentar, ni imaginar nada nuevo con retóricas, sintaxis e imaginarios tan famélicos y repetidos.

Algunos quieren defender este corte de la literatura sencilla como un valor democrático que hace llegar al pueblo la lectura y los discursos importantes, en mi opinión, insultando al pueblo, tratándolo de gilipollas, como si no fuera capaz de leer buena literatura, pensar ideas complejas y leer frases de más de diez palabras. Como si la palabra pueblo significara algo. Parece que la estrategia para recuperar la presencia de la literatura en el debate público es venderse a las lógicas de mercado y aceptar el centrismo conservador. Aunque tampoco es raro, mercado y socialdemocracia nunca estuvieron lejos.

Porque el problema no son estos tres libros, por supuesto que no (ni mucho menos sus autores, a los que de nuevo querría sacar de la denuncia, aunque ya he comprobado que este aviso no suele servir de nada). Estos tres libros son entretenidos y están bien hechos y yo entiendo perfectamente que gusten y que sean un fenómeno de masas. Igual que está bien hecho y es entretenido y gusta el Zara, y el Netflix y las hamburguesas de VICIO. 

El problema es que el sistema literario al completo acepte, calle e incluso celebre esta mercantilización de la literatura. 

Y lo que sorprende es que un sistema literario tan claramente posicionado en contra del liberalismo y de las lógicas de mercado, porque sabe que el liberalismo no trae más libertad sino que deja en manos del poder financiero el timón de nuestros gustos, intereses e incluso pensamiento ideológico, y lo que sorprende, digo, es que luego estos mismos celebren tan contentos esta falsa democratización de la literatura convertida en producto de consumo y sean tan reactivos ante cualquiera que pretenda denunciar la baja calidad de los fenómenos de masas, porque entonces es “un crítico elitista en contra de los libros populares”.

Y lo que sorprende más aún es que este mismo sistema literario se siga llenando la boca autoproclamándose baluarte de la democracia y herramienta fundamental para la construcción de una sociedad crítica y emancipada, porque leer nos hace más libres y más conscientes de nuestra realidad, y no sé cuántas cosas más, y que luego no les importe ni un pelo la calidad de esa supuesta herramienta emancipadora, ni exijan a los textos la fuerza y complejidad necesaria para ser capaces de derribar ese sistema que dicen es tan complejo, y perverso y peligroso, pero cuidado, no te pongas a discutir o problematizar la calidad o estructura profunda de esos libros, porque entonces “eres un snob aristócrata que sigue pensando en términos patriarcales y coloniales de calidad literaria”.

En fin, digo que sorprende, pero la verdad es que no debería. Lo que deberíamos es ir diciendo de una vez que el sistema literario es corrupto, muy corrupto. Y vende una cosa, pero luego hace la otra, concretamente esa: vender. Como sea.

2, Pero este pretendía ser un texto propositivo, no pesimista ni enfadado. Texto de diálogo y para abrir horizontes. Un llamado para intentar pensar cómo podríamos hacerlo de otra forma. Porque este es un texto para el propio sistema, y pretende activar un debate interno.

El público medio no lee crítica literaria, y hacen bien. Este tema es entre nosotros y, entre nosotros, hemos hablado todos, y todos estamos de acuerdo en que esto ya atufa un poco. Que hay libros mejores que los que nos colocan, que esos son los que deberían ser los libros populares, que es insostenible seguir jugando a la gallina de los huevos de oro, y que nos estamos cargando a las gallinas en general por el camino. Y yo creo que esto se puede cambiar. Que entre editores, libreros, periodistas, críticos, profesores, bookstagramers, agentes y los autores, sobre todo los autores, si queremos, podríamos cambiarlo, podríamos decirlo y activar las discusiones que esto requiere, y conseguirlo. De verdad lo creo.

Este texto es un llamamiento para que movamos desde dentro ciertas piezas, y ya lo he dicho, especialmente los autores, que sois los que tenéis más voz, pero también los libreros, que podéis mover al cliente a mirar otra cosa, pero también los editores diciendo que no a textos malos o trabajando con ellos en mejorarlos en vez de hacerlos más vendibles, los editores grandes no contratando influencers, los editores pequeños no jugando al pelotazo, los agentes no acelerando la voracidad bulímica del sistema con subastas, los promotores culturales no incitando al entretenimiento como consumo amparados en que es “cultura”, los críticos no dictando sentencia en directo y a todas horas de libros que apenas llevan semanas y ni siquiera hemos podido leer ni analizar bien pero nos interesa aprovechar la visibilidad de novedades, los bookstagramers revelando que hacéis publicidad pagada y cuáles son las tarifas, tarifas que los propios editores y autores conocen y aceptan y agradecen con corazones y lagrimitas de emoción en Insta, esos mismos autores anticapitalistas y activistas por un mundo más justo y abierto que luego se enfadan por una mala crítica pero están encantados con que el mercado aupe sus libros sin leerlos, dando golpecitos con las uñas en la portada rugosa vendiendo su libro vía ASMR por mil pavos. Yo, de verdad, creo que se puede cambiar esto, pero si no, el año que viene nos ponemos directamente la camiseta de Caixabank, Repsol, VIPS, Iberia en la Feria y que siga la fiesta.

Tarifas ofrecidas por una agencia de influencers a un autor publicado este año.

Sé que el tono está siendo más de desahogo innecesario y lamento pesimista, y lo siento, aunque es un poco verdad que estoy pesimista, pero aun así creo que se puede. Creo que se le puede dar Dicen de Susana Sánchez Arins (De Conatus) al siguiente que pida otro La Península, y que se le puede dar Perros de caza de Borja Navarro (Malas Tierras) o Perros de pie de Eduard Olesti (Alpha Decay) al siguiente que pida otro Oxígeno, y que se le puede dar Hasta aquí todo va bien de Estela Sanchís (Candaya), o Joi de Ángela Segovia (La Uña Rota), o Apócrifas de Lola Nieto (La Caja Books), o yo que sé, a quien pida otro Comerás flores. No por snobismo, sino porque estos son maquinarias transformadoras y los otros productos de consumo.

No creo estar diciendo algo tan loco. Son libros legibles los que propongo, muy buenos, más complejos, políticamente transformadores, pero ninguna rareza experimental indescifrable. Yo sé que hay una literatura de nicho que no tiene por qué ser generalista, pero sí creo que nos podemos permitir colocar a estas autoras en la primera fila de nuestra literatura, y que sean estos los libros que se traduzcan, y que sean estas las autoras que giren por ferias internacionales. Porque si no, acaba Muñoz Molina dirigiendo el Instituto Cervantes en Nueva York, y a Almudena Grandes poniendo nombre a una estación de tren. Y ya está pasando que es a David Uclés a quien llaman a impartir un semestre en la Universidad de Virginia (donde ya fue Muñoz Molina, claro). La verdad es que uno entiende que la literatura española contemporánea sea tan irrelevante en el mundo.

Y ya está, ya lo dejo. Otro amigo editor al que le contaba estos días en Feria estas ideas me llamó, con ternura y creo que también algo de lástima resignada, ingenuo. Tiene toda la razón, yo pensaba que esto de la literatura era otra cosa. Y seguro esto no va a servir de nada. Pero no me resigno, la verdad. Sigo creyendo que no es tan difícil, o que sí es muy difícil pero que se podría hacer. Esto es un llamamiento para que empecemos a hacerlo, a conversar y discutir y problematizar esto en público, a mover la reflexión y el diálogo hacia otros lugares, más políticos y menos mercantilizados, para entender que la conversación sobre la calidad literaria también es una cuestión ideológica y transformadora, para denunciar la corrupción del sistema (que denunciamos mucho las tensiones externas, y está muy bien, pero igual de vez en cuando las internas falta), y para ir proponiendo un listado, una vanguardia, una humilde propuesta, llamadla como queráis, pero mejores autores y mejores libros que lideren y representen nuestra literatura, entre el público medio, los medios de comunicación, la exportación al extranjero y todos lados. Porque se ha acabado la Feria, muy divertido, ya está, creo que ahora es momento de repensar algunas cosas.

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