Libros

Jorge Burón: «No leemos para identificarnos, leemos para alterarnos»

Algunos autores me cambiaron la vida y no me importa sonar cursi.

6 de octubre 2026


Jorge Burón escribe contra la comodidad de saber quiénes somos. En Yo. ¿Quién? (Ed. La Caja Books) desmonta ese pronombre que utilizamos como si fuera una certeza y se pregunta cuántas contradicciones caben dentro de una misma persona. Lo hace a golpe de aforismo, reflexión, cita y lectura, saltando de Rimbaud a Pessoa, de Aquiles a Annie Ernaux, para meterse en uno de los grandes asuntos de la literatura: qué queda de nosotros cuando escribimos. Es un libro para leer a cachitos, dejarlo sobre la mesa y volver después a una frase que se ha quedado dando vueltas.


¿Cuántos Jorge Burón coexisten?

Depende del momento, incluso del momento del día. Hay una cita de Pirandello en ‘Uno, ninguno y cien mil’, que lo resume bien: “Somos ese uno que damos por hecho, pero también cien mil según cómo nos perciban o nos percibamos. Y a veces, ninguno”. El libro intenta problematizar esa idea de un ‘yo’ único y estable.


Escribe que una mente de primera calidad es capaz de sostener dos ideas contradictorias. ¿Usted se contradice mucho?

Todo el rato. A veces una idea parece evidente y después la ves de otra manera. He descubierto que no siempre eliges lo que piensas; primero piensas algo y después tomas conciencia de ello. Si aparecen pensamientos contradictorios, hay que bancárselos.


¿Cómo surge este libro tan extraño?

La respuesta más honesta es bastante pedestre. Surgió la oportunidad de publicar con La Caja Books porque el editor me leyó en sustrato. Tenía un ensayo anterior que no conseguía cerrar, ya no estaba de acuerdo con lo que había escrito. Y entonces, ante esto, empecé algo nuevo alrededor de la idea del ‘yo’.


He descubierto que no siempre eliges lo que piensas


¿Todo lo que escribimos siempre lleva una parte del ‘yo’?

El ‘yo’ es la bisagra por la que pasa todo. El texto está atravesado por ese ‘yo’ y el ‘yo’ atraviesa el texto.


¿La escritura está hecha de todo aquello que leemos y no recordamos?

Es una posibilidad fascinante. Si el ‘yo’ está hecho de lo que has leído, vivido y experimentado, la pregunta es qué sedimentos quedan y qué lo constituye.


¿Coincide con Enric González en lo de que cada mesa es un Vietnam?

Cuando escribimos pasan cosas que no controlamos del todo. Una frase acaba casi siempre de una manera distinta a como la habíamos pensado. Como decía Heidegger, “es la mano la que escribe”. También intervienen el cuerpo, el cansancio, el placer. La escritura tiene algo que está fuera de ti.


La máscara también dice mucho de cómo somos.

Yo creo que la máscara es la verdadera identidad. Y detrás hay otra máscara y otra. Intento romper esa dicotomía entre máscara y rostro, entre naturalidad y artificio. Todo es máscara y todo es real.


¿Nos conocemos poco a nosotros mismos?

Poquísimo. Incluso habría que preguntarse si existe una verdad sobre nosotros que pueda conocerse. Tenemos poca conciencia de lo que somos, hacemos y de por qué lo hacemos. Quizá lo único que importe sea lo que decidimos que somos.

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¿Mentimos más a los demás o nos autoengañamos?

Intento ser honesto conmigo mismo y con los demás. Pero creo que si engañas a los demás también te estás engañando a ti mismo. Y al revés.


¿Alguna vez se ha sentido un impostor?

La construcción del yo siempre es problemática. Hoy lo llamamos síndrome del impostor, pero cada época encuentra su manera de nombrar esa distancia entre quién eres cuando te presentas y quién eres cuando estás contigo mismo.


Si engañas a los demás, también te engañas a ti mismo.


¿Por qué escribe?

Es una rutina necesaria. Hay algo de creencia en que la escritura resuelve ciertas cosas. No parece que las esté resolviendo, pero si no las escribiera creo que sería peor. Es un pequeño salto de fe y también una necesidad.


¿El ‘yo’ se diluye en el amor o más bien en la muerte?

No sé si el yo puede aniquilarse del todo. Se disuelve y se reintegra. Materialmente parece más fuerte la muerte, pero como identidad los ‘yos’ pueden ser poderosísimos después de morir.


“Aquiles prefirió un yo eterno a un yo vivo”. ¿Escribe por la necesidad de trascender?

Si dijera que no, sería un poco falso. Hay algo de eso en el origen de la escritura, de dejar algo escrito que nadie te ha pedido y que quizá a nadie le importe. Hoy no creo en la trascendencia a través de la escritura, pero sí en guardar, conservar algunas cosas y desear que puedan importarle a alguien.


La escritura también puede ser un comienzo de la autoconciencia.

La escritura te descubre cosas. Hay quien dice que la escritura terapéutica no es literatura, pero Marguerite Duras hizo una escritura terapéutica toda su vida y es gran literatura. Al escribir aparece una conciencia a la que quizá no llegarías de otra manera.


Algunos autores me cambiaron la vida y no me importa sonar cursi.


Siguiendo sus reflexiones y citas hacemos un repaso a los clásicos y a la historia de la literatura.

Algunos autores me cambiaron la vida y no me importa sonar cursi. Otros aparecen por un ejercicio de búsqueda. Entre ese recorrido y ciertas pasiones, como Valéry, Pessoa o Susan Sontag, se fue armando el libro. Si dudas tanto del ‘yo’, necesitas apoyarte en otras cosas, y los textos han sido fundamentales.


¿Qué hace cuando escribe? ¿Tiene un método?

No tengo método. Siempre estoy anotando: en el móvil, en una libreta, donde sea. Después llega la composición. Este libro tiene mucho de collage, primero están los materiales y luego hay que encontrar cómo encajarlos.


Rimbaud: «Yo es otro». ¿Y usted?

Es un tópico, pero tiene una fuerza de verdad. Creo que soy varios. Me interesa la contradicción entre el Rimbaud poeta que hemos convertido en mito y el personaje real, mucho más oscuro. Cuidado con romantizar a los escritores.


Al escribir aparece una conciencia a la que quizá no llegarías de otra manera.


Contradice a Annie Ernaux escribiendo del ‘yo’.

Sí, y ella misma mantiene esa contradicción. Me interesan las escrituras del ‘yo’ que no dan el ‘yo’ por hecho. Ernaux construye una obra poderosísima alrededor de él y, al mismo tiempo, insiste en que ahí no está su ‘yo’. Esa tensión me interesa mucho más que una escritura que simplemente cuente lo que le pasó al autor.


¿Le interesan los diarios de escritores?

Tienen una potencialidad literaria enorme. No hablo del diario como simple anotación de la vida, sino de los cuadernos de Valéry, Pessoa o Simone Weil. Ahí se pueden conjugar la vida y la literatura.

¿Eso de una vida pública, otra privada y una propia?

Gombrowicz se preguntaba qué sentido tenía escribir un diario, si es para uno mismo, ya sabe lo que ha vivido y si es para los demás, aparece el fingimiento. Por eso es un género tan difícil. Puede resultar vergonzoso, ridículo o aburrido.


¿Se arrepiente de algo de lo que haya escrito?

De muchísimo, de casi todo. Este libro ya no me gusta tanto como cuando lo escribí. Hay cosas que ahora leo y pienso que no están bien, pero es lo que hay. Mejor seguir adelante.


¿Prefiere leer o escribir?

Escribir. Leo muchísimo más de lo que escribo y soy un lector bastante obsesivo, pero la fuerza activadora está en la escritura. 


El escritor sin lectores es una posibilidad muy real. Yo he estado diez años así.


¿El folio en blanco le da miedo?

Más que miedo, me daba complejo. De adolescente tenía una mitología sobre lo que debía escribir y cuando llegaba al papel no pasaba nada. Todo me parecía vergonzoso. El miedo desapareció cuando entendí que no tenía que escribir por obligación. Cuando tienes algo que decir, lo apuntas. Y si después quieres darle forma, lo haces.


¿Existe el escritor sin lectores?

Yo he estado diez años así, es una posibilidad muy real. Nos angustia porque queremos ser leídos, pero tampoco hay que exagerar.


¿Ve la escritura como un sacrificio, un sufrimiento?

Puede serlo cuando te importa mucho lo que está pasando ahí. Yo lo he sufrido en algunos momentos. Pero si no hubiera placer, tampoco habría continuado.


Las carencias forman nuestra identidad.

Lo que no te sale bien pero sigues intentando hacer acaba formando tu estilo. Si la página en blanco es un problema, escribe lo que puedas. Ahí están tus vicios y tus limitaciones, después toca trabajar sobre ello.


Me gusta mucho eso que dice de “No leemos para identificarnos, leemos para alterarnos” y “No escribimos para calmar, escribimos para confesar”. Hay que huir de ese «me sentí muy identificado» o el absurdo «soy yo, literal».

La lectura basada únicamente en la identificación me carga. Si alguien lee para identificarse y lo pasa bien, perfecto. Pero si creemos que la literatura puede hacernos una sociedad más crítica, tenemos que exigirle conflicto, alteración, algo que nos saque de donde estamos. “Soy yo, literal” puede ser un producto de consumo válido, pero no creo que por sí solo nos haga más críticos o sofisticados.


¿Sabe y reconoce qué es la normalidad?

La normalidad es una norma y una norma prescribe, por tanto, impone. Me interesa la resistencia a la normalidad porque puede abrir otras posibilidades. También la literatura puede funcionar así, como un campo de batalla contra determinados arquetipos y formas de normalización.


¿Seguiría siendo Jorge Burón si pudiera ser otro?

No lo sé. Tengo un vínculo con mi nombre, aunque no sé exactamente cuál. No creo que pudiera ser otra cosa, pero dentro de ese nombre sí puedo zarandearlo mucho más de lo que pensaba, tensarlo, llevarlo a otro lugar e incluso, quizá, conseguir quitármelo. Me interesa más esa tensión que saber cómo se resuelve.

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