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La cuadrilla que te toca. Notas sobre la amistad rural
Hay un estruendo psicogeográfico de la amistad encerrado en las fiestas de los pueblos.
22 de septiembre 2026 · 1 comentario
Es fortuito, aleatorio; casual y causal; predestinado-¿kármico? las amigas como rutina y como hoja de ruta nada más nacer cuando vives en un pueblo de 300 habitantes donde ya se sabe —incluso antes de que llegues al mundo— con lxs hijxs de quién te vas a relacionar, qué chiguitxs van a conformar tu quinta, tu cuadrilla. Probablemente sus progenitores son amigxs o compañerxs de peña de tus progenitores. Y así sucesivamente.
Hace unos días entré en un bar de Cantarranas1 donde sonaba “Piñas van, piñas vienen” y me acordé de mi amigo Héctor y de esa voz grave y rugosa que pone cuando canta la canción en la peña. No hubiera llegado al tema en cuestión si no fuera por él. Está alejado de mis listas de reproducción y mis gustos musicales; otra cosa es que ahora sí forme parte de ellos porque me recuerda a él y me recuerda a las fiestas del pueblo,
justamente ahora
que han terminado.
En ocasiones me pregunto si ese apego a las fiestas patronales es inevitable y universal, categórico, o solo nos posee a unas pocas. Pero comparto en stories de Instagram algunas imágenes de esos días de celebración y me responden lxs más jóvenes con emojis de llorar [así: 😭😭😭] y dicen joder qué pronto terminaron, ojalá volviéramos a ese día, a ese frame, a esa foto, a ese repicante momento en que nos subimos a la tarima de cualquier peña y posamos agarradxs como si fuera una boda y capturamos ese instante que gritaba inmedible pero que se escurrió del todo en nada. Barajo que se trate de cosas de la edad pero luego pienso en la Vanesa, la Caro, la Ana y éstas (pasando los 40) o en la Alfonsa (pasando los 70) y lo descarto, porque esos días están pletóricas y los días previos están pletóricas también y dicen “qué ganas de que lleguen las fiestas” y preguntan a otras peñas “¿tenéis ya hecho el disfraz?”.
Hay un estruendo psicogeográfico de la amistad encerrado en las fiestas de los pueblos. O mejor: hay un estruendo psicogeográfico de la amistad encerrado en el recorrido de peñas del día del pregón2. Reencuentros en una esquina con esa colega que llevabas años sin ver, un baile repentino que te hace entrelazar el brazo con esa persona a la que habías retirado la palabra porque tu familia y su familia no sé qué, un pedir-darse explicaciones con alguna amiga en conversación pendiente, forasterxs que te recuerdan una época juvenil en la que compartisteis confidencias… Y de fondo la charanga tocando la canción de tu peña, un primer chupito, un primer beso, el primer año en que caes en la cuenta de que esa nube esponjosa y atrevida que es el primer día de fiestas configurará uno de tus momentos más rememorados y más esperados del año. Un paisaje emotivo-circunstancial pintado al óleo que funcionará como acompañamiento y filtro contemplativo caminante en los meses de invierno en los que transitas por unas calles donde no se escucha ni media voz pero recuerdas cada una de las que hace unos meses resonaron [con todas sus reverberaciones]. Como escribe Marina Garcés “nunca se sabe dónde empieza una aventura ni cuándo se inicia una amistad”3 y las fiestas de los pueblos van precisamente de ambas cosas.
Cuánto es elegir
En ese espacio para la divagación pausada que trae el verano analizaba con una amiga el gesto de extrañeza que —como a mucha otra gente— nos generan aquellxs que se dedican al arte y a la cultura y solo tienen amigxs del arte y de la cultura. El apartado de Seguidos de Instagram reducido al interés de escalada propio, reels o stories donde la única compañía y veneración de la que se hace escaparate va de gente *del gremio*. Sí, que hay quien solo utiliza las redes sociales de forma profesional, sí, no me he olvidado. También sé que las ciudades son espacios propicios para el edadismo y para los vínculos minuciosamente seleccionados, fichados entre un montón de posibilidades, por lo que puedes crear tu propio Animal Crossing de la manera que más te favorezca, que más cómoda te haga sentir, que más se parezca a ti. Misma línea ideológica, mismos intereses, mismos gustos musicales, mismos lugares a frecuentar. Y es bonito también, sobre todo si saliste del pueblo como síntoma de asfixia; con la sed salvaje de encontrar la tribu de -explícitamente- sobrevivir.
Si existe una dinámica alejada del rollo que nos cuentan algunxs propagandistas de que solo puedes crecer* [o llegar a tu mejorversión*] juntándote con personas que eleven tu vibración (todo lo que vaya por debajo es un fracaso), esa dinámica está en el pueblo, ese operativo pasa por los vínculos del rural. Un islote liminal entre la comunidad vecinal y la familia que define la palabra amistad en sus propios términos, en los de cada pueblo, claro, porque cada pueblo conforma una cosmología diferente en la que cinco habitantes más o cinco habitantes menos realmente importan.
Me gusta observar el tablero de juego que acontece dentro de las fronteras del pueblo en la partida relacional. Nos movemos, nos vamos, nos quedamos, mutamos y nos vemos mutar, volvemos o no volvemos nunca más. Nos cambiamos de peña. Regresamos a nuestra peña. Tres peñas, tres, he tenido a lo largo de mi vida. La de las chicas de mi generación y generaciones cercanas (El Desmadre), la de los chicos de mi generación y generaciones cercanas (El Kuesko) y la anárquica y anti-generacional actual (Los Kolgaos). Es cierto que el nombre de esta última se puso con connotaciones narcótico-festivas pero también pienso en el otro significado, el de “persona burlada o frustrada en sus esperanzas y deseos” que dice la RAE (como a la deriva, como cuando te quedas fuera*, queriendo o sin querer), porque nuestra peña está compuesta por personas que venimos de otras, que dejamos nuestra *peña de nacimiento* por una que elegimos después y con la que nos sentimos más representadxs o tenemos más afinidad o hacemos más horas durante el invierno. Y eso puede pasar a cualquier edad, la ruptura con la peña que te toca puede darse en cualquier momento (también en la infancia), pues así de desabrigadas vamos por la vida.
La amistad y lo común
Se sabe todo. ¿Cómo no se va a saber todo entre 300 personas? Pues no, todo no se sabrá cuando nosotrxs todavía tenemos que responder por la calle a la pregunta de con quién hacemos la peña. No estamos dentro de nuestra cuadrilla generacional y para aumentar el despiste no hemos tenido un uniforme completo (peto, camiseta, sudadera) hasta el año pasado. Teníamos una camiseta y una sudadera que mezclábamos con ropa de nuestros anteriores uniformes. Porque te puedes ir de tu peña pero en realidad nunca te acabas de ir del todo. Y no solo porque el peto de las previas siga en el cajón de los hatos de las fiestas, sino porque cada calle y cada esquina y cada chupito del primer día de fiestas están impregnados de todo ese emocional acumulativo que comenzaba a brotar cuando apenas tenías uso de razón.
La continuidad y la proximidad atraviesan nuestros significados de la amistad, que en muchas ocasiones tienen más que ver con un bien mayor, con un común o comunal que no podemos perder de vista. Cuando veo algún meme o escucho a alguien decir que ni de coña tiene relación con personas que votan a determinados partidos políticos, pienso que detrás de la afirmación tiene que haber alguien de ciudad, o al menos de pueblo grande.
Voy a ser —quizás— un poquito naïf y voy a decir que veo un gran potencial en esa especie de estar obligadxs a entendernos. También hay frustración, por supuesto, o demasiada rabia o muchísima tristeza (especialmente en picos de tragedias como la migratoria actual en la que una no da crédito de la instrumentalización y la maldad).
En el pasado encuentro Bagaudas de Terra Levis algunos colectivos culturales que trabajamos en el rural debatíamos sobre la convivencia territorial de proyectos alternativos y críticos o revisionistas con otras iniciativas o agentes cuyo objetivo es recuperar las tradiciones de una forma literal, desconectada del presente, menos empática y más violenta. Nos preguntábamos cómo hacerlo, cómo estar, de qué forma operar… y supongo que ahí, en ese diálogo, surge una clave.
La cuadrilla que te toca es también el pueblo en el que naces. Y —en caso de que optes por quedarte (porque en ningún lugar hay que quedarse pagando determinado precio; no romantizar el abuso/la violencia)— la manera en la que vas a jugarlo. Hay niveles: de tolerancia, de juego y también de la propia palabra Amistad y sus políticas. Cuando una de las vecinas de Mendialdea que participan en la investigación de Ixone Fernández de Labastida sobre la amistad rural femenina4 dice:
(…) nos hace ilusión en invierno ver las luces encendidas en las casas. Y eso a mí no me pasaba. Y eso a mí no me pasaba en la ciudad, o sea y que alguien se alegre porque tú has llegado a casa y has dado la luz de la cocina y sabes que alguien ha visto tu luz y se está alegrando por ver tu luz y tú por ver la luz de otra casa,
entiendo que esto es otra práctica de la amistad, que puede no identificar a esas vecinas como “amigas” en el uso clásico y urbano del concepto pero sí como una derivación, otra partida en la que puede que también haga fuerza el sentido de pertenencia propio del rural que en algunas ocasiones o en determinadas etapas es verdad que es más ansia (de amor) que sentido.
Línea de tiempo rural
Cada verano en el pueblo resulta una especie de mapa (re)configurativo de la amistad. Individual y colectiva. Una nueva cuadrilla adolescente que empieza a juntarse con la tuya, unas amigas muy mayores que coinciden en el paseo con otras menos mayores, una vecina que no te cae bien pero que te hace reír de repente en alguna actividad de la semana cultural. Alguien que se ha enterado de algún problema de salud que te afecta y por el cual también pasó. Una persona que ha leído el mismo libro que tú o va al bar o a la piscina a la misma hora que tú. En el pueblo los chispazos de la amistad son inseparables de lo cotidiano, no se buscan, aparecen. Como en otra vida pero en el mismo escenario.
Y ahí también lo del entenderse, establecer los límites de intimidad, los afectos a abrir, las ideas a explorar, los temas a tocar, los debates a cruzar con más o menos ímpetu. A veces la decisión pasa por el componente alcohol, hasta dónde y con quién abrirse en canal (especialmente en generaciones mayores y en sectores masculinos donde la vulnerabilidad no se nombra ni las lágrimas se contemplan). A veces se necesita un empujón de embriaguez para soltar lo que quieres soltar, para construir un cerquito de secretos y confesar, para pedir perdón o perdonar5. A veces es complejo confesar en un lugar donde muchas personas saben más de ti o de tu linaje que tú misma. A veces es complejo confesar delante de personas a las que vas a ver al día siguiente y al siguiente. A veces nos hacemos las duras solo por el qué dirán, y a veces —en algún punto del camino y sin saber muy bien por qué motivo— nos empieza a dar del todo igual el qué dirán.
Hablamos muchas veces de ese amor al compañerx sexoafectivx (en términos monogámicos) que muta con el tiempo, que pasa de ferviente deseo a otra cosa, y luego a otra cosa. Y todas son válidas. No sé si en la amistad estamos siendo tan benevolentes, tan adaptativos.
Desde el balcón del ayuntamiento, hace algunas semanas, Sandro, uno de los flagrantes quintos de 18 años de estas fiestas, pronunciaba las siguientes palabras hablando de su propia cuadrilla (la Peña Inestables):
Al ser tantos en la peña, haciendo honor a nuestro nombre, tan inestables fuimos que hubo divorcio. Al final, entre divorcios, broncas y alguna que otra pareja, hemos resultado ser una peña y un grupo de amigos del que estar orgulloso.
Esas fluctuaciones de una peña son a la vez las individuales. Y pueden verse como catástrofes o como oportunidades (a pesar de / sobre todo cuando tienes 18 años). La amistad como una línea temporal de afectos y arraigos cambiantes, con la que tenemos que lidiar. Y eso sí que es crecimiento personal.
1 Zona de fiesta ubicada en Valladolid y ligada a la historia cultural alternativa de la ciudad.
2 En algunos pueblos de Castilla es habitual llevar a cabo la actividad del “recorrido de peñas” que consiste en ir de peña en peña con una o varias charangas entrando a tomar algo en cada una de ellas.
3 Garcés, Marina (2025): La pasión de los extraños. Un filosofía de la amistad. Galaxia Gutemberg, Barcelona. Pág. 118. *La filósofa utiliza aquí el término “aventura” como juego, nada que ver con lo sexo afectivo.
4 Fernández de Labastida Medina, Ixone; Urquijo, Miren (2026): “Performatividad rural de la amistad” en Antropología Experimental nº 26. Texto 10, págs. 133-147. Universidad de Jaén.
5 A veces me alivia que nos perdonemos sin pedirnos perdón y a veces me desespera; esa formade esquivar el lenguaje que quiebra, el diálogo íntimo, la presunción de vulnerabilidad. Menos mal que las nuevas generaciones vienen con otros códigos (y más self awareness).
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