Sociedad

¿La caída de un icono feminista?

Por qué la decisión de Lena Dunham no debería sorprendernos tanto

24 de septiembre 2026


Hace una semana, recibí el WhatsApp premonitorio de una amiga. “Se viene puñalada en el corazón”. La puñalada: una fotografía de Lena Dunham, sonriente, sosteniendo a un recién nacido en brazos acompañada de una constatación: “Ha comprado un bebe”. 

Primero, incredulidad. Después, ampliar la imagen para saber más: la fotografía es, en realidad, una captura de pantalla de un post de Instagram de la revista Vogue que anuncia: “¡Lena Dunham es madre! Mientras esperaba con ansiedad el nacimiento de su hija mediante gestación subrogada, Dunham recurrió a lo único que podía controlar: construir el armario de bebé de sus sueños”. En el “link in bio”, un artículo con la firma de Dunham describe ese “particular proceso de preparación para la maternidad”. En mi estómago, una patada. A quien había leído como icono feminista –creadora de una de mis series favoritas, Girls– ha decidido tener un bebé por vientre de alquiler.

Para quien necesite una breve explicación: la gestación subrogada es criticada desde el feminismo y los derechos humanos, principalmente, por la mercantilización del cuerpo de la mujer y la desigualdad sobre la que se construye la relación. Son con frecuencia mujeres en situaciones de vulnerabilidad económica quienes ponen su cuerpo al servicio de personas con una capacidad económica muy superior, lo cual plantea dudas sobre hasta qué punto la decisión es plenamente libre. ¿Te imaginas a Kendall o Kylie Jenner como madres de alquiler? Yo tampoco. La Marea explica bien en qué consiste la industria de la gestación subrogada, un negocio que se basa en la búsqueda de mujeres que accedan a alquilar sus vientres: Especial Gestación Subrogada. La periodista Patricia Simón lo resume en este reel.

Volviendo a Dunham. En 2017, después de una década padeciendo una endometriosis que le provocaba dolores incapacitantes y tras numerosas intervenciones, se sometió a una histerectomía: le extirparon el útero y el cuello uterino. Esta operación acababa con la posibilidad de gestar un hijo, un sueño que Dunham había tenido desde niña. Un año después, publicó un texto en Vogue donde contaba su experiencia y hablaba de las alternativas que tenía para ser madre. “La adopción es una posibilidad emocionante que perseguiré con todas mis fuerzas”, escribió entonces. 

Leer el artículo publicado la semana pasada para anunciar la llegada de su bebé por vientre de alquiler resulta, como mínimo, incómodo. Mientras cuenta con naturalidad su ansiedad por la esperada llegada de su hija, el deseo de controlar cada detalle y su obsesión con la ropa, apenas se detiene en la relación contractual que hace posible que otra mujer geste a su hija. Cuando habla del primer encuentro con la madre gestante, lo describe como un encuentro casual. “Aunque siempre se me ha dado bien hacer amigas rápidamente —en las terminales de aeropuerto, en las consultas veterinarias—, nunca había pasado tan deprisa de un primer café a un procedimiento ginecológico”, dice. Apenas explica la relación con la mujer que ha estado embarazada de su bebé durante nueve meses, excepto para contar brevemente sus encuentros y para describirla como una persona fuerte, que se nota que practica yoga y que sabe conducir un todoterreno por la nieve [sic].

Todo ello, sin embargo, aparece de forma accesoria. El texto se centra en la ropa de bebé que Dunham compra y acumula compulsivamente para paliar la ansiedad por la espera, hasta el punto de que el propio giro del relato pasa por el armario. “Fue entonces cuando las cosas dieron un giro, tanto en el sentido más feliz como en el más obsesivo: descubrí (...) el mundo de Rykiel Enfant. La ropa era sencillamente… perfecta”.  Como queda reflejado en el artículo, la moda ha atravesado la relación de Dunham desde niña con su madre, intuyo que esa obsesión es en realidad una forma de paliar la intranquilidad. “Los paquetes se amontonaban (...) en el apartado de correos de mis padres en cantidades que me avergonzaban (...).” Puro Dunham: admitir sin demasiados reparos una obsesión banal. En este caso, sin embargo, que el pudor aparezca ligado a la acumulación de ropa de marca de un bebé y no a la decisión de recurrir al alquiler de un vientre puede producir escalofríos. 

En los últimos párrafos del artículo, Dunham escribe: “Yo estaba sentada en una cama de hospital, entre las piernas de una mujer a la que un año antes ni siquiera conocía, esperando vislumbrar a esa persona que llevaba tiempo esperando con algo parecido a la paciencia, pero también sin paciencia alguna”. Una escena que distintas personalidades del movimiento feminista y el mundo de la cultura dicen que parece sacada de la novela distópica El cuento de la criada. “¿Cómo puede narrar con ese halo de ternura una escena tan terrible? ¿Cómo puede una mujer identificar y denunciar el machismo que la oprime y no reconocer la explotación de otra mujer cuando es ella quien se beneficia?”, escribe la periodista Diana Valdecantos en Artículo 14


Me pregunto lo mismo. Dunham saltó a la fama en 2012 con Girls, una serie que para muchas mujeres convirtió a su creadora en un icono feminista precisamente por llevar a la pantalla algo que hasta entonces parecía que no tenía cabida: cuerpos alejados del canon, deseos contradictorios y experiencias imperfectas, torpes y vergonzosas. Mientras series como Sexo en Nueva York mostraban a una Carrie Shawdawn que ahogaba sus penas amorosas comprando unos Manolo Blahnik de cientos de dólades, Girls seguía por Nueva York, con un sentido del humor locuaz y ácido, a cuatro veinteañeras imperfectas, intensas, insoportables e incómodamente identificables. Hannah, Shoshanna, Marnie y Jessa no fueron concebidas para caer bien, sino para reconocer en ellas lo peor de cada uno, nuestra versión más narcisista e inmadura. Que cuatro mujeres pudieran ocupar el lugar reservado durante años a protagonistas masculinos imperfectos y antipáticos –Tony Soprano y compañía– fue algo revolucionario y sentó un precedente. Sin Girls no existirían series como Fleabag, o a este lado del Atlántico, Autodefensa

Pero, ¿qué tipo de feminismo ha encarnado y encarna Dunham? La directora lleva años siendo cuestionada desde dentro del propio movimiento. Girls fue en realidad tan laureada como cuestionada desde sus inicios. En el episodio piloto (2012), Hannah Horvath, la protagonista, interpretada por Dunham y con quien a menudo se confunde a la propia actriz, le dice a su madre: “Creo que quizá sea la voz de mi generación. O, al menos, una voz de una generación”. La frase, icónica y utilizada a menudo para describir a Dunham, acabaría definiendo lo que mejor supo hacer la directora: capturar el pulso de una generación de mujeres. Pero contiene, al mismo tiempo, una de las principales limitaciones de Girls: convertir la experiencia de cuatro veinteañeras blancas, educadas y de clase media/alta de Nueva York en una experiencia universal. En la serie apenas aparecen personas racializadas. En la segunda temporada, Dunham escribió un novio republicano negro para Hannah, después de haber sido cuestionada por la falta de diversidad en la serie, lo cual levantó  suspicacias sobre su intención de introducir diversidad de una forma algo torpe. 

En un artículo-retrospectiva publicado en 2022, coincidiendo con el 10 aniversario de la serie, la periodista Michele Kambasha señala: “Hannah, Jessa, Marnie y Shoshanna son jóvenes Karens en ciernes. Puede que se consideren jóvenes progresistas y socialmente comprometidas, convencidas de que están transformando la sociedad simplemente con su existencia, pero en realidad son personas profundamente privilegiadas que utilizan sus privilegios para obtener beneficios personales. La conciencia que muestra el guión de Dunham respecto a otras facetas de lo deplorables que son estos personajes sugiere que hay cierta intencionalidad detrás. Pero, aun así, la serie funciona como una radiografía de época de la torpeza irreflexiva del privilegio blanco y de lo omnipresente que este resulta”.

La propia Dunham ha sido tachada de nepobaby, de escribir desde y para el privilegio y de racismo. Ante estas últimas acusaciones, Lena dijo en 2013 que nadie la llamaría racista si supieran cuánto deseaba a Drake (después reconoció que había sido un comentario estúpido), y en 2016, relató que un jugador de baloncesto negro la había ignorado en la Gala Met por no estar interesado en su cuerpo (después reconoció que había proyectado en él sus inseguridades). Además, en 2017, comentó en Twitter que los hombres que se pronunciaban contra Weinstein le resultaban más atractivos –recibió críticas, entre ellas de una de las víctimas de Weinstein, y se disculpó. Pero su mayor choque con el movimiento feminista de la época llegó cuando defendió públicamente a Murray Miller, guionista de Girls, acusado de violación por una actriz. Dunham era entonces una figura pública asociada a la defensa de las mujeres víctimas de violencia sexual –ella misma relata una experiencia de agresión en sus memorias, Not That Kind of Girl (2014)–, pero su defensa de Miller, en pleno estallido del #MeToo, quebró esa imagen.

En su reciente biografía Famesick (2026), la autora dice estar harta de dar titulares. Pero más allá de la retahíla de controversias, disculpas y cultura de la cancelación que la han rodeado, las críticas también apuntan a algo más estructural: a los límites de su type of feminism. Posiblemente el mayor exponente de esta crítica sea la ensayista Jessa Crispin, quien durante la promoción de su libro Why I Am Not a Feminist: A Feminist Manifesto, afirmó en 2017: “Lena Dunham no es ni será feminista”. En su ensayo, Crispin critica el “feminismo del empoderamiento” o “feminismo de las famosas”, en el que, según la autora, parece que no tengas que entender la historia, la filosofía o la teoría feminista para ser feminista, que basta con tu propia experiencia para serlo. 

Para Crispin, Dunham –también Beyoncé o Hillary Clinton– representa un mal llamado feminismo centrado en la identidad individual, la visibilidad y la autoexpresión, frente a un feminismo que debería implicar transformación colectiva, reflexión intelectual y cambios materiales. La propia Dunham –que en 2014 dijo “no hay ningún tipo específico de feminismo” y “si el feminismo tiene que convertirse en una marca para impregnar por completo nuestra cultura y generar cambios, no me quejo”– reconoció en abril de este año que durante la época de Girls el feminismo se había convertido en algo poppy (pop) y commodified (de consumo) y subrayó la importancia de incorporar una perspectiva interseccional.

“La cuestión es que [Dunham] no sería tan popular si no conectara con los deseos de muchas mujeres al decirles: «Todo lo que haces es valiente e importante; no tienes que pensar en lo que estás haciendo, ni en las consecuencias de tus actos; no tienes que incomodarte ni hacer el esfuerzo de comprender nuestra historia. Simplemente haz lo que te haga sentir bien, lo que te haga ganar dinero, etcétera. Así que sí, evidentemente, Lena Dunham es un problema”, señalaba Crispin en 2017 en una entrevista a Jezebel

En ese mismo artículo, Crispin ofrece un ejemplo de los límites de ese “feminismo del empoderamiento”. El libro de Rebecca Traister, All the Single Ladies, empuja, según la ensayista, a las mujeres a vivir sus vidas urbanas y perseguir sus sueños. “Habla de cómo la ciudad puede proporcionarte los cuidados que antes proporcionaba una esposa a su marido: puede cocinarte, lavar tu ropa, bla, bla, bla. Pero la ciudad no hace esas cosas. Los inmigrantes son quienes hacen esas cosas”. 


No he encontrado comentarios de Crispin respecto al anuncio de maternidad por subrogación de Dunham, pero me atrevo a decir que no le habrá sorprendido en absoluto, pues su posición cuestiona la idea de que la decisión individual de una mujer se convierta automáticamente en una decisión feminista por el mero hecho de haber sido elegida libremente. Un hecho relevante en la biografía de Dunham es que ha sido activista de los derechos al aborto y trabajó durante años con Planned Parenthood, una de las principales organizaciones estadounidenses defensoras del derecho al aborto y de la salud sexual y reproductiva. Posiblemente, desde su perspectiva liberal, si una mujer tiene derecho a decidir sobre su propio cuerpo, también debería poder decidir libremente cómo gestar para otra persona. Sin embargo –intuyo que diría Crispin– si bien una mujer debe poder decidir si quiere continuar o no un embarazo que ocurre en su propio cuerpo, la gestación introduce otro elemento: otra persona utiliza su cuerpo para llevar adelante el proyecto reproductivo de terceros. Por tanto, no basta con hablar de elección: hay que preguntarse en qué condiciones se produce esa decisión, especialmente cuando intervienen una relación contractual y desigualdades económicas que sin duda afectan la naturaleza de la decisión de la gestante.

He sido, y sigo siendo, fan de Girls desde hace tantos años que ya no recuerdo cuándo la vi por primera vez. Sí recuerdo verla por segunda vez en 2019, y de nuevo en 2022, y otra vez a principios de este año. Y sé que no será la última. Admiro, y también envidio, la locuacidad y el sarcasmo de Dunham y su capacidad para convertir en comedia lo que a otras personas les daría pudor contar. Ella misma ha hablado de su decisión de escribir sobre aquello que la avergüenza, y hay algo valiente en exponerse así, en escribir sin pensar demasiado en la mirada del lector/espectador. Es posiblemente también su talón de Aquiles, pues puede acabar convirtiéndose en irreflexión, en ese hablar sin pensar que, desde su contexto de privilegio, le hace patinar en algunas ocasiones.

La gestación subrogada no tiene que ver exactamente con nada de esto y, al mismo tiempo, resulta coherente con el tipo de feminismo (si es que existen tipos de feminismos, que lo dudo) que Dunham ha representado. Quizá no estemos ante la caída de un icono feminista porque quizá nunca lo fue. Quizá el punto ciego, la miopía, haya sido también nuestra: ponerla en un lugar que, por todo lo que proyectamos sobre ella, terminó pareciendo más grande, más universal, más representativo de lo que realmente era. Quizá esta no sea la caída de Lena Dunham, sino simplemente la constatación de quién es.

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