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Coloturismo
Viajar no es un derecho, es un privilegio, y si tenemos la suerte de poder ejercerlo somos responsables de hacerlo con respeto.
8 de septiembre 2026
Es agosto en Madrid y la ciudad al fin parece tranquila, muchos de los que viven aquí se han ido de vuelta a sus ciudades, sus pueblos, o cualesquiera que sean sus hogares. La mitad de los madrileños están de vacaciones, huyendo del calor que emana del asfalto y de las hordas de turistas que, en su ausencia, parecen más ligeras.
Y aún, así con los lugareños desubicados, y a pesar del espacio extra, noto más su presencia. La noto al ir a tomarme un café en el barrio y ver que tengo que hacer cola para poder sentarme. Lo veo en el apartamento de enfrente, donde las caras cambian cada semana porque en lugar de vecinos tengo visitantes. Lo percibo en las conversaciones que escucho por la calle, cada cual en un idioma diferente. Y cada vez que veo a una persona parada con cara de confusión en medio de la acera mirando el google maps. Hay más detonantes, la asfixia en el transporte público, las calles intransitables, y los dos euros de más que me cuesta el café que me estoy tomando. Porque, sí, al final he conseguido sentarme en algún sitio.
El chico rubio de rasgos nórdicos que tengo al lado será probablemente uno de los 96,8 millones de turistas que nos visitan anualmente, gastándose cinco de los 134,7 millones de euros que hacen que, como sociedad, se nos hagan los ojos chiribitas. También puede que sea un expat disfrutón de la Ley Beckham, para el que el centro de Madrid es un paraíso asequible.
Hace un par de semanas fui a Mallorca con mi pareja, un local. En el aeropuerto nos recibieron, como hace años que nos reciben, toda clase de anuncios en alemán con eslóganes como "Was auf Malle passiert wird auf Malle beglichen" (lo que pasa en Mallorca se paga en Mallorca) o “Heimkommen statt Ankommen” (volver a casa en vez de llegar), que motivan a los turistas germanoparlantes a los excesos en sus viajes, reivindicando Mallorca como su casa. Cuando todos sabemos que probablemente en su casa no se comportan como muchos lo hacen en la isla.
Un amigo nos contaba que al entrar en un restaurante le hablaron en alemán y, al ver que era de allí, se negaron a servirle, porque solo permitían la entrada a grupos de alemanes. Quisiera ver yo un restaurante en Berlín donde solo se permitiera la entrada a turistas, concretamente grupos de españoles, y se negaran a servir a los locales. No es de extrañar que este año haya habido tanta movilización entre los mallorquines. La rabia se ha vuelto creativa y además de las manifestaciones, han salido a la calle a recuperar sus espacios y vivirlos. Hace unos días los mallorquines se asentaron en las plazas, llenándolas de mesas y sillas, ocupando todo el espacio posible, su espacio, para disfrutar de una cena vecinal al aire libre. Bravo.
No tengo nada en contra del turismo y quienes lo practican, pero creo que la situación se nos está yendo de las manos, que no sabemos gestionarlo. Y francamente, teniendo en cuenta todo lo que nos toca sufrir el turismo como residentes, creo que a nivel individual lo responsable es replantearnos cómo viajamos, y cómo participamos nosotros de la incomodidad de los residentes de los países que visitamos.
Si entendemos el colonialismo como un régimen político y económico en el que un estado extranjero domina y explota un territorio ajeno, tenemos en cuenta la implicación directa que el turismo tiene en la economía y su relación con la política, viendo hasta qué punto se ha convertido en un motivo de malestar para los residentes y cómo condiciona sus vidas, y dejamos de lado la violencia física y las guerras, el turismo se ha convertido en una suerte de colonialismo del siglo XXI. Con la diferencia de que lo ejercemos libremente y de forma individual, no por el supuesto bienestar o crecimiento de un imperio, sino por puro placer personal.
Se nos incita tanto a viajar que lo hemos asimilado como algo habitual, rutinario casi. Me atrevería a decir, por los discursos que escucho afirmando cosas como “yo soy libre de ir a donde quiera”, que muchos lo consideran un derecho. Y ahí está el problema. Nuestra libertad, aunque a algunos les pese, es condicional, no impositiva, y termina dónde interfiere con los derechos de los demás, como el derecho a una vivienda digna o el derecho al descanso y al ocio. O como lo es el derecho a las vacaciones pagadas gracias al cual el turismo es viable.
Viajar no es un derecho, es un privilegio, y si tenemos la suerte de poder ejercerlo somos responsables de hacerlo con respeto. Los países no son “nuestro próximo destino”, no nos pertenecen, y las ciudades no son parques temáticos. Tenemos que quitarnos de la cabeza la idea de que todo está a nuestra disposición. Si viajamos, tenemos que adaptarnos, observar, absorber, pero no pretender ni mucho menos asumir, que todo se adapte a nosotros simplemente porque en nuestra mente sintamos que “nos lo hemos ganado”.
Entonces, ¿qué hacemos?, ¿no viajamos?. No quisiera ser yo una censora de las libertades individuales de nada. Viajemos, pero hagámoslo con conciencia. Si me preguntan a mí diré que en mis próximos viajes me olvidaré de que existe airbnb, no quiero ser la cara intermitente en la ventana de enfrente de nadie, ni promover que las residencias sean temporales y no para los que habitan los lugares que visito, porque, ¿no es parte del encanto de viajar conocer los lugares tal como son?, en su genuinidad y no en su versión comercial adaptada para extranjeros. Un lugar no puede ser genuino si no tiene residentes. Tampoco esperaré colas y evitaré las multitudes y con ellas, lo viral, no quiero ser parte de la imagen disruptora de ningún paisaje urbano o natural. No intentaré estar en todo, a la vez, en todas partes y sacaré menos el móvil, para que cuando esté en un solo lugar, sin una lista interminable de sitios por chequear inmediatamente después, pueda estar atenta, dedicarle tiempo, existir en él y recordarlo. He estado en muchos sitios, he sido la turista ansiosa que quiere verlo todo y, en mi experiencia, eso solo lleva a no recordar nada con claridad, a no acordarse de las sensaciones y pensamientos que acompañan a la experiencia. Quiero viajar lento y siempre dejarme algo para la próxima. Porque también he decidido que prefiero volver, y conocer mejor, a coleccionarlo todo.
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